La figura de Mao prevalece mientras el comunismo chino cambia de líder
Para muchas personas en China, Mao es todavía un símbolo de fuerza.
6 noviembre 2012
06:34 PM ET

La figura de Mao prevalece mientras el comunismo chino cambia de líder

Por Stan Grant

Beijing (CNN) — Para muchas personas en China, Mao Zedong es el eterno padre del país. "Sin Mao, no hay China" es el mantra que a menudo repiten sus defensores.

Un gran retrato del líder pende de la puerta de la Ciudad Prohibida en la antigua Beijing. Miles se congregan para mirar su cuerpo embalsamado en un mausoleo de la plaza de Tiananmen.

Su imagen aparece orgullosa en muchas casas de China. Para esas personas, Mao es todavía un símbolo de fuerza, un hombre que nació en un entorno campesino —aunque confortable— y llegó a liderar al ejército del pueblo del Partido Comunista y a unificar a un país en guerra.

Ahora, a más de tres décadas de su muerte, Mao ha resurgido como la cara de la resistencia. Los jóvenes chinos llevaron su imagen durante las protestas contra Japón por la disputa de unas islas de la región.

Una joven del pueblo natal de Mao en la provincia de Hunan lamentó la fragilidad de los líderes chinos actuales. Ella argumenta que si Mao estuviera vivo, China simplemente se apropiaría de las islas.

A pesar de esta veneración, el legado de Mao es imperfecto. Por aquellos que ven fortaleza en su imagen, otros recuerdan el temor, la paranoia, la hambruna, la brutalidad y decenas de millones de muertes.

China sufrió con campañas de alto perfil introducidas por Mao, tales como el Gran Salto Adelante, cuando millones de personas murieron de hambre o por las persecuciones en un intento catastrófico para modernizar a China entre 1958 y 1961.

Otro periodo desastroso, conocido como la Revolución Cultural, comenzó en 1966 con la intención de revivir el espíritu revolucionario del comunismo. Pero durante la década siguiente, millones de jóvenes fueron obligados a dejar las ciudades para aprender de los campesinos —considerados por Mao como modelos ideológicos— lo que provocó disturbios sociales masivos y una convulsión económica.

En las calles de Beijing, cuando mencionamos el nombre de Mao para saber qué opina la gente, algunos son precavidos.

"¿Por qué me pregunta esto?", dije una mujer mientras escapaba de las cámaras. "¿Dónde está su identificación?, no debería estar hablando de esto", advirtió.

Otra mujer joven fue más directa: China no necesita más de Mao.

"Creo que Mao fue una persona extrema. Realmente no necesitamos a personas tan extremistas. En cambio, necesitamos a personas que puedan conectar a China con la comunidad internacional. A largo plazo, esto sería mejor para China", dijo.

Pero muchos añoran la retórica revolucionaria.

"Los líderes actuales deberían ser tan fuertes como Mao", dijo un residente de Beijing. "Para el pueblo de China, él representa la creencia, un gran hombre”, dijo otro.

Mientras el Partido Comunista prepara su décimo octavo congreso nacional, que iniciará este jueves con la consigna de designar nuevos líderes, se refleja un país irreconocible para Mao. China ya no es la nación de ciudades grises con habitantes en bicicleta. Ahora, sus residentes pueden adquirir un Audi y vestir con trajes Armani.

El país que no podía alimentar a su gente es ahora la segunda economía más grande del mundo y una superpotencia emergente que rivaliza con Estados Unidos. La revolución campesina de Mao ha dado lugar al "socialismo con características chinas".

Pero Mao sigue presente, no solo en la mente de la gente nostálgica, sino en el centro mismo del Partido Comunista.

Bo Xilai, alguna vez considerado como el futuro presidente del país y cuyo padre fue asistente de Mao, lanzó una audaz apuesta para reformar el partido a imagen de Mao.

Como jefe de la metrópolis de Chongqing, Bo lanzó una especie de revolución cultural; instó a cantar las canciones populares durante la revolución cultural y las consignas de la era de Mao.

Bo ganó el apoyo de la gente común, pero a medida que aumentaba su popularidad, se desvanecía su poder dentro del partido. Según personas cercanas a él, Bo jugó con fuego.

"Creo que fue un gran desacierto de Bo. Volver al rumbo de Mao definitivamente no es una opción. Ha demostrado ser un camino sin salida. Mao llevó al país a la ruina”, dijo a CNN Wang Kang, académico de Chongqing.

Ahora, Bo se encuentra en desgracia y nunca tuvo la oportunidad de predicar su “Biblia de Mao”. Fue alejado del partido y enfrenta persecuciones tras un escándalo político mientras su esposa, Gu Kailai, está en prisión acusada del asesinato de un empresario británico.

Este escándalo retiró el velo de secreto en torno al partido. Y todo esto sucede en un año de transición política con una generación liderada por Xi Jinping, el actual vicepresidente, quien se prepara para tomar el timón.

Al igual que Bo, Xi es un “principito”, hijo de uno de los miembros del círculo íntimo de Mao.

Xi heredará un partido diferente. Ya pasaron los días de un líder supremo, según el analista Mike Chinoy.

"Es un sistema que se basa en el consenso, ya no está estructurado en torno a una figura dominante como Mao Zedong o Deng Xiaoping", dice Chinoy.

Sin embargo, Xi debe también andar por el “laberinto de Mao"," ya que es tan hijo del pasado chino como líder de su futuro”.

Como todos los chinos, Xi verá la imagen de Mao y sabrá del poder de su simbolismo; sin embargo seguirá adelante y sabrá que el destino de su país depende, quizás, de un cambio aún más grande del que Mao pensó para China.


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