Por Ethan Nadelmann y Tony Newman

Nota del editor: Ethan Nadelmann es fundador y director ejecutivo de la Alianza para las Políticas sobre Drogas (DPA, por sus siglas en inglés), la principal organización de Estados Unidos que promueve alternativas a la guerra contra las drogas. Tony Newman es director de relaciones con los medios de la DPA.

(CNN) — La gente llora la trágica muerte por sobredosis del actor Philip Seymour Hoffman, a quien encontraron el domingo solo en su departamento de Nueva York, con una jeringa en el brazo y unas bolsas de heroína vacías.

Cuando una celebridad querida como Hoffman muere a causa de una sobredosis, la noticia llega a la primera plana. Pero su pérdida nos recuerda que 105 personas mueren a diario en Estados Unidos de una sobredosis de heroína u opiáceos farmacéuticos. Con más de 30.000 muertes al año, las sobredosis accidentales han superado a los incidentes automovilísticos como la principal causa de muerte entre personas de 25 y 64 años.

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Los cientos de miles de millones de dólares gastados en la guerra contra las drogas no sirvieron para evitar el radical aumento en las muertes por sobredosis; de hecho, es probable que esas mismas políticas incrementaran la cantidad de personas que mueren de una sobredosis.

Algunas personas consumirán heroína o jugarán con opiáceos farmacéuticos sin importar lo que digamos y sin importar lo que el gobierno haga. El verdadero reto es qué podemos hacer para ayudar a que la gente siga viva.

Estas son siete medidas que pueden ayudar:

1. Facilitar el tratamiento a quienes lo quieren y lo necesitan: Es trágico que tantas personas que necesitan tratamiento no puedan recibirlo. Es indignante que los contribuyentes paguemos en promedio 30.000 dólares al año (unos 390,000 pesos) para encarcelar a alguien que tiene un problema de drogas, pero que escatimemos en programas de tratamiento que son menos costosos y más eficaces para reducir el consumo de drogas ilegales y otros delitos. Muchas personas que quieren tratamiento son rechazadas con la excusa de que no hay espacio.

2. Ofrecer metadona y buprenorfina a quienes tienen una adicción a los opiáceos: Ambos compuestos han sido el mejor tratamiento para las adicciones a los opiáceos durante décadas. Estas terapias de reemplazo pueden permitir que la gente lleve una vida normal sin los altibajos de la heroína y otros opiáceos ilegales.

Tenemos que eliminar los obstáculos para que estos medicamentos que salvan vidas sean más accesibles y acaben con el estigma que desanima a la gente al buscar un tratamiento más eficaz.

3. Informar honestamente sobre las drogas: Urgimos a los jóvenes a mantenerse alejados del alcohol, el tabaco y otras drogas, pero la realidad es que muchos experimentarán con sustancias a toda costa. Debemos mostrarles los riesgos y las consecuencias del consumo de drogas.

La mayoría de las muertes por sobredosis son resultado de la mezcla de opiáceos con alcohol, pero la mayoría de la gente lo ignora. Cualquier persona que reciba una receta para un analgésico sabe que una persona que hace mal uso de la heroína o de otros opiáceos o una persona a la que le interesa mantener viva a la gente tiene que conocer los enormes riesgos de mezclarlos con alcohol.

4. Implementar leyes más gratificantes para quienes llamen a los servicios de emergencias: La mayoría de las personas que tienen una sobredosis no morirán. Sin embargo, las probabilidades de sobrevivir a una sobredosis, al igual que las de sobrevivir a un infarto, dependen en gran medida de lo rápido que reciban asistencia médica. Desafortunadamente, la gente teme llamar a los servicios de emergencia porque no saben si la policía que atienda el llamado se concentrará más en arrestar a quien esté presente que en salvar la vida de alguien.

En 14 entidades de Estados Unidos y en el Distrito de Columbia han aprobado leyes que animan a la gente a llamar para pedir ayuda sin temor de ser arrestados. Aunque al parecer Hoffman estaba solo cuando tuvo la sobredosis, otros miles de personas no lo están. La gente necesita llamar para pedir ayuda. Nunca debería ser considerado un delito la acción de llamar a los servicios de emergencia para ayudar a salvar una vida.

5. Poner al alcance la naxolona, el antídoto para una sobredosis:La naxolona es un fármaco no narcótico seguro, genérico y barato que funciona rápidamente y es fácil de administrar. Ha salvado cientos de miles de vidas y podría hacerlo con muchas más.

En muchos estados han comenzado a tomar importantes medidas para poner la naxolona al alcance de más personas, entre ellos las autoridades y los trabajadores de los servicios de emergencias. Cualquier persona que consuma opiáceos por cualquier razón debería tener naxolona a la mano y sus amigos y familiares deberían saber cómo administrarla.

Sin embargo, no hay una buena razón para que estos antídotos solo puedan conseguirse con receta médica. Si realmente queremos salvar vidas, los farmacéuticos deberían venderse a quien la necesite.

6. Crear sitios de inyección supervisada: En decenas de ciudades de todo el mundo existen este tipo de lugares: la gente puede inyectarse sus drogas en un sitio limpio y seguro con médicos certificados a la mano. Estos sitios eliminan las muertes por sobredosis, reducen las prácticas riesgosas de consumo de drogas así como la incidencia de VIH y hepatitis C, minimizan la perturbación pública por el consumo de drogas en sitios públicos y prácticamente se pagan solos al reducir la necesidad de recurrir a los servicios de justicia penal y de emergencias médicas. Han sido particularmente exitosos en Canadá.

El consenso científico que demuestra los beneficios de estos sitios debe culminar con la apertura de uno en alguna parte de Estados Unidos. Ya es hora.

7. Tratamiento asistido con heroína: Los tratamientos convencionales no sirven para muchas de las personas adictas a los opiáceos que quieren dejar de consumirlos. Por eso, en más de media docena de países en Europa y Canadá han desarrollado una opción alterna: el tratamiento asistido con heroína.

Con este tratamiento, la heroína farmacológica es administrada bajo controles estrictos en un ambiente clínico a aquellas personas que no han tenido éxito con otros tratamientos. Casi todas las evaluaciones publicadas sobre esta alternativa han demostrado resultados extremadamente positivos: importantes reducciones en el consumo ilícito, en los delitos, las enfermedades y las sobredosis; mejoras en la salud, bienestar, reintegración social y permanencia en el tratamiento.

Nadie puede saber a ciencia cierta si Philip Seymour Hoffman seguiría vivo si se hubieran implementado estas siete medidas, pero podemos estar seguros de que habría menos muertes accidentales por sobredosis si así fuera.

Mientras continuamos llorando su muerte, necesitamos informarnos sobre cuáles son las mejores políticas y prácticas para reducir estas trágicas pérdidas. Algunas de estas ideas nos incomodan, pero tenemos que adoptarlas lo más pronto posible. Nuestros hijos e hijas, hermanos y hermanas cuentan con ello. El costo de tener una curva de aprendizaje lenta es demasiado grande.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a los autores.