Confesiones de un ama de casa mormona
Jill Strasburg, aquí con su esposo, Dave, cuenta en un blog cómo es su vida familiar.

Nota del editor: Jill Strasburg es miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, esposa y una escritora que reflexiona sobre la vida, el amor y la fe en su blog La Familia Strasburg. El siguiente episodio de "This is Life With Lisa Ling" (Esto es la vida con Lisa Ling) explora el azote del abuso de los medicamentos recetados en Utah y dentro de la comunidad mormona a las 10 p.m. TE/TP domingo en CNN.

Por Jill Strasburg, especial para CNN

(CNN) - Caí enferma de muerte a los dos meses de casada y durante mi larga recuperación apenas podía comer o tomar algo. Sin duda no podía hacer los quehaceres diarios en la casa y me quedaba en pijama la mayoría de los días.

Durante este tiempo, algo notable sucedió: Algunas mujeres de mi congregación que jamás había conocido antes comenzaron a llegar a mi casa.

Yo era nueva en el área, acababa de unirme a la iglesia mormona local, y aquí estaban esas mujeres en mi casa con un regalo, una comida para mi esposo, una sonrisa, un abrazo y un oído comprensivo. Ellas no esperaban nada a cambio. Yo podía sentir el amor que me tenían porque ellas lo irradiaban.

Sin embargo, eso no fue lo único que sentí.

Comencé a sentirme insegura con mi apariencia y el estado de mi casa. Esto no se debía a algo que estas increíbles mujeres dijeran o hicieran. Cuando venían a visitarme, se venían completamente "arregladas", y empecé a pensar que eran perfectas.

Así que dejé de abrir la puerta. No quería que me vieran enferma o que vieran que la casa no estaba limpia. Los pensamientos que tenía, de alguna forma, me hicieron sentir que era menos mujer.

Me empezaba a dar cuenta que estaba viviendo en una cultura que quería conquistar la perfección. Además empecé a preguntarme ¿por qué tantas mujeres mormonas se esforzaban por lograr la perfección?

Aun cuando no soy historiadora, profesora o representante oficial de la iglesia SUD, pienso que esta obsesión con la perfección está arraigada en los valores y tradiciones históricas de la iglesia.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días fue fundada en la década de 1830 y el rechazo que sufrió de parte de la extensa comunidad de norteamericanos cristianos llevó a los miembros de la iglesia a confiar fuertemente entre sí. Esto creó fuertes lazos y unidad dentro de la comunidad.

Las mujeres con frecuencia se reunían en un grupo que conocían como General Relief Society (Sociedad de Asistencia General). Ellas se reunían como amigas, compartían su hermandad y realizaban acciones caritativas de servicio para los necesitados.

Adicionalmente, las mujeres seguían los roles tradicionales de su condición como mujeres. Ellas definitivamente estaban muy ocupadas. Eran madres y esposas, amas de casa, vecinas y amigas. Trabajaban duro para sus familias mientras que hacían las tareas requeridas como mujeres pioneras en la década de 1880.

A menudo, sus esposos se iban en misiones proselitistas para la iglesia, lo cual las dejaba haciéndolo todo para sus familias. Los himnos SUD modernos todavía cuentan historias de las dificultades que las mujeres enfrentaron, y su capacidad para sonreír de manera sincera y ser felices desde el principio hasta el fin.

La iglesia SUD promueve los valores tradicionales de estas fuertes y destacadas mujeres. Y creo que, como mujeres SUD modernas, estamos tratando de seguir adelante en el mismo espíritu de nuestras predecesoras.

Sin embargo, los roles tradicionales siempre están cambiando en nuestra sociedad moderna.

Por lo tanto, como mujeres SUD, aceptamos nuestras nuevas funciones entretanto intentamos hacer lo mejor posible para mantener las tradiciones que ayudaron a formarnos como las personas que hoy somos. Esto a menudo puede parecer como perfección.

He aprendido que la fachada de perfección es solamente eso, una fachada. Las mujeres SUD lo reflejaban mientras caminaban a lo largo de las planicies. Su calmada dignidad ayudaba a fortalecer a los demás a su alrededor. Pero, tal como yo lo viví, esta fachada de perfección también puede ser increíblemente dañina.

En la medida en que iba recuperándome de mi enfermedad, mis amistades continuaron prosperando, y pude salir a visitar los hogares de mis nuevas amigas. Sé que algunas personas no pueden tolerar el hecho de que "te presentes sin avisar" pero me gustaba llegar sin avisar para poder compartir mi amor con las mujeres que me querían.

Sin embargo, esto tendía a ser un riesgo que podía degenerar en un caos.

En lugar de sentarme y hacerles una visita, mis amigas inmediatamente se disculpaban por lo sucia que estaba la casa o la apariencia que tenían ese día. Luego empezaba el inevitable desfile de excusas. Siempre intentaba enfatizarles que no me interesaba o que su apariencia no era ni remotamente tan mala de lo que ellas pensaban, pero, sinceramente, entendía por completo la manera en que se sentían.

Así que me prometí que iba a enfocarme en mis visitantes en lugar de hacerlo en las cosas por las que antes me había preocupado. ¡Los platos sucios podían irse al infierno!

Como resultado, mis relaciones se hicieron más sólidas, más sinceras y amorosas, y se sentían auténticas. Específicamente, mis amigas abrían su corazón en cuanto a sus pruebas, temores, deseos y penas. En mi casa se sentían seguras y libres para ser sinceras por completo. Ellas se daban el lujo de ser la gente imperfecta, lo cual las hacía ser hermosas.

La ilusión de la perfección se había ido.

Todos sabemos que la perfección no se puede conseguir, pero aún así, debemos esforzarnos cada día por ser lo mejor que podamos ser. Si en realidad pudiéramos ser perfectos, no habría nada por qué esforzarnos. No habría nada más que ganar en esta vida que vivimos. Nos perderíamos de las cosas hermosas a nuestro alrededor.

Sé que algunos días lo mejor que podía hacer era solamente abrir mis ojos y agradecerle a Dios por otro día.

En lugar de intentar probarle al mundo que somos perfectas, nosotras como mujeres –en especial las mujeres SUD– debemos dejar ir esa necesidad y abrazar las imperfecciones que nos hacen las increíbles mujeres que somos.