(Crédito: JACK GUEZ/AFP/Getty Images)

Nota del editor: Camilo Egaña es el conductor de Encuentro. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor.

(CNN Español) - La última oleada de violencia entre israelíes y palestinos cumple este jueves tres semanas con un saldo que da grima: docenas de muertos, cientos de heridos y un odio que no cede.

El desencuentro es tal que los silencios crispan tanto como el vocerío. Hasta un gesto puede conmocionar al avispero.

Por eso me parece formidable la iniciativa del ‘’Hummus Bar”, un restaurante israelí ubicado en la ciudad de Netanya y que ofrece un descuento del 50% a los judíos y árabes que compartan mesa. La idea es que tirios y troyanos compartan como si nada el “hummus árabe” y el “falafel judío”.

El experimento, o como quieran ustedes llamarle, parece estar funcionado. Y yo que no rezo pido que siga así porque no hay nada que una más a la gente que un buen plato de comida en la certidumbre de la amistad.

Una noche en La Habana, hace más de veinte años, vi en un paladar -un restaurante privado que entonces comenzaba en la árida estepa de económica centralizada del socialismo-, a unos diplomáticos estadounidenses compartiendo mesa con un grupito de cubanos entre los que sobresalían varios nombres egregios del arte y  la cultura. Y yo, que había crecido en un país en guerra permanente con su vecino del norte, me pareció aquello un milagro. Y no lo era. Ahora entiendo que tras las grandes palabras y los silencios más espesos está la gente.

Y luego, muy luego, los que esgrimen las banderas.

El experimento, o como quieran ustedes llamarle, parece estar funcionado. Y yo que no rezo pido que siga así porque no hay nada que una más a la gente que un buen plato de comida en la certidumbre de la amistad.

Camilo Egaña