El presidente Raúl Castro y Barack Obama posan para las cámaras luego de una reunión bilateral durante la Asamblea Nacional de la ONU. (Crédito: Anthony Behar-Pool/Getty Images)

Nota del editor: Arturo López-Levy es catedrático en la Universidad de Texas y experto en política latinoamericana y estadounidense. Fue analista político del gobierno cubano entre 1992 y 1994, cargo al cual renunció. Es consultor de la fundación New America y del Diálogo Interamericano sobre temas de Cuba y política estadounidense hacia Latinoamérica. Las opiniones expresadas en este artículo corresponden exclusivamente a su autor.

El esperado anuncio de un próximo viaje del presidente Obama a La Habana es expresión de la voluntad en la Casa Blanca de consolidar la nueva política hacia Cuba como legado histórico de la administración. Los mayores paralizantes del cambio en la política estadounidense hacia Cuba desde la rama ejecutiva son hoy la falta de prioridad del tema en la burocracia intermedia, cuando queda menos de un año para el cambio de gobierno, y el carácter limitado de la apertura que el presidente ha ido aprobando para desmontar el curso de aislamiento y hostilidad. Una visita del presidente Obama a Cuba atendería de manera sustantiva esos dos problemas.

A nivel legal, el gobierno de Obama ha desmontado estructuras del embargo/bloqueo ofreciendo sustanciales incentivos a diferentes sectores de la sociedad estadounidense para acercarse a Cuba, presionando al congreso por cambios de fondo. Las licencias anunciadas el último 26 de enero por ejemplo, abren avenidas importantes al comercio y los viajes entre los dos países pues aflojan la premisa de denegación de estas actividades que ha caracterizado la política estadounidense. Las órdenes ejecutivas presidenciales ya autorizan un espectro amplio de transacciones con Cuba en tanto las ventas “respondan a las necesidades del pueblo cubano” según lo decida el Departamento de Comercio.

Aunque todavía persisten importantes distancias del ideal de un comercio bilateral de dos vías, es posible ya usar crédito privado en transacciones con Cuba, y vender a las empresas del estado cubano, que son piezas importantes de este rompecabezas pues controlan el comercio exterior de la isla. Una excepción a estas licencias es la venta de productos agrícolas a Cuba que aunque crecieron en la década pasada, han decaído pues los créditos están prohibidos para esta específica transacción bajo la ley de Reforma a las Sanciones Comerciales y de Expansión de las Exportaciones.

En términos de viajes a Cuba, una gran limitación para los contactos pueblo a pueblo siguen siendo los costos de los paquetes organizados en grupo, un requerimiento legal que sigue presente. Si esa regulación cambia y la licencia general para viaje no turístico se extiende a iniciativas individuales, el potencial de viajeros a la isla se dispararía, forzando una aceleración de la apertura al sector privado y la inversión extranjera allí. Ya hoy, con el aumento de viajeros a Cuba, no hay suficientes bares para tomar mojitos en La Habana, ni tríos para cantar la Guantanamera, ni habitaciones hoteleras para el aluvión de turismo que llega. Algunos alimentos han aumentado de precio a pesar de no haber caído su oferta ni producción. La explicación podría ser que el mayor poder adquisitivo de los turistas dispuestos a pagar más, esta halando hacia servicios a los mismos parte de la producción disponible.

Si el presidente Obama quiere ayudar a la reforma de la economía cubana, debería mover ficha en el área de los viajes. Ya esta tarde para la vacación de primavera, pero si cambia las regulaciones para Mayo-Junio, podría poner al gobierno cubano ante el dilema de abrirse mas como respuesta ante un shock positivo o cerrarse y pagar el costo político. El impacto en EE.UU. también seria sustantivo pues tras la visita presidencial, muchos norteamericanos querrán conocer la isla de primera mano, poniendo mayor presión contra las sanciones económicas y prohibiciones de viaje vigentes.

El viaje del presidente Obama a Cuba también puede acelerar el desmontaje de las sanciones financieras. El Departamento de Tesoro tiene todavía mucho que cambiar en términos de su aplicación de multas a bancos extranjeros. La Casa Blanca puede crear una licencia general que autorice el uso del dólar en las transacciones con Cuba para todas las instituciones financieras estadounidenses. Sin un cambio de esa envergadura muchas de las nuevas dinámicas se quedan cortas, y bajo la espada de Damocles de una sanción no prevista.

Sin rebajar la importancia de esas limitaciones, y que EE.UU. se ha abierto muy poco a potenciales exportaciones desde Cuba, el hecho más relevante es que la administración ha abierto un importante boquete de mercancías elegibles para vender a Cuba legalmente y ha ampliado la posibilidad de viajar para miles de estadounidenses. Sin embargo, tales cambios legales requieren de un espaldarazo político que altere la inercia de los funcionarios, empresarios y consejeros legales corporativos todavía paralizados en la premisa de denegación de comercio, como piedra angular de la política hacia Cuba, antes del 17 de diciembre de 2014. Es allí donde la visita del presidente Obama puede marcar una diferencia sustancial.

Más acicate que culminación

El viaje del presidente Obama a Cuba es entonces más acicate para el cambio de política que su culminación. Contrario a los que recomendaron al presidente Obama ir al final de su mandato, tras culminar el ciclo electoral, la Casa Blanca ha decidido usar la relevancia en política exterior que todavía la primera magistratura tiene en el último año de su mandato. El presidente Obama sabe que el desmontaje del embargo es una tarea a medio terminar, y que si no le da impulso al curso de política adoptado, no lo podrá hacer irreversible frente a las posiciones de varios candidatos republicanos con probabilidades de alzarse con la nominación, como Marco Rubio, Ted Cruz, o incluso Jeb Bush.

Sería a finales de marzo, antes del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, magno conclave de la elite dominante, donde se deciden los cursos políticos para los próximos cinco años, mientras se gestiona la primera transición intergeneracional en la cúspide posrevolucionaria. La lógica de Obama es notificar a las nuevas generaciones en las elites y la sociedad cubana, que la cooperación entre Cuba y EE.UU. es posible. La visita es un reconocimiento a la resistencia nacionalista cubana contra la política de embargo/bloqueo y un anuncio de que sectores de poder estadounidense conciben la posibilidad de acomodar al nacionalismo cubano dentro de un orden internacional liberal bajo liderazgo norteamericano.

La visita tiene también una proyección al interior de los Estados Unidos pues llegará justo después de las elecciones primarias de la Florida, bañándolas con el tema cubano, un área en la que la política del presidente es muy popular entre el público norteamericano. No se trata de una visita como la de Nixon a China, pues el presidente no tiene el pedigrí de furibundo anticomunista de su antecesor, pero, como en aquella ocasión, se proyectará una imagen distinta sobre Cuba a la prevaleciente en las coberturas de hostilidad. Visitas como estas han dado un espaldarazo desde el poder a los llegados a última hora, y cambia-casacas a sumarse al carro del acercamiento. Huelen negocios y menores riesgos de castigos por parte de los pasionales de la hostilidad. La imagen de Obama en Cuba notificará de su derrota a los adversarios del acercamiento, sembrando un mayor desasosiego en sus filas. Es de esperar que eso reduzca sus capacidades de obstrucción al fin del embargo.

En política, lo primero que se pierde es la voluntad de vencer. Obama, con este viaje, le está quitando a los grupos pro-embargo, la poca esperanza que les quedaba.

El tiempo de la visita es relevante en los relojes de la política cubana y estadounidense.

Arturo López-Levy