La intervención militar en Afganistán fue denominada la guerra justa, luego la guerra interminable.

Nota del editor: Nick Paton Walsh es un corresponsal internacional senior de CNN que ha reportado desde Afganistán de forma frecuente durante los últimos 10 años.

(CNN) - La situación ahora está peor en Afganistán que lo que alguna vez me pude haber imaginado. Y yo era un pesimista.

El cansancio fue siempre el factor decisivo. El Occidente se cansó de los horrores que sus tropas vieron, y de la violencia causada diariamente sobre los mismos afganos. El cansancio del costo financiero, en donde una central eléctrica que apenas fue encendida alguna vez, le costó al Tío Sam decenas de millones de dólares.

Y el otro cansancio –el que sintió el movimiento Talibán– el que se caracterizaba, en su mayoría, por su ausencia; ellos solo sintieron lo incansable de su causa.

Algunas veces la sacudida ocasional le recuerda al mundo que la guerra está todavía en desarrollo. El conflicto, que comenzó inicialmente para derrocar a los talibanes que resguardaban al jefe de Al Qaeda, Osama Bin Laden, después de los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, ha cobrado la vida de más de 3.500 miembros de la Coalición y decenas de miles de civiles afganos.

Esta semana, las tropas afganas, después de meses de furia por los escasos suministros y la baja moral, emprendieron la retirada desde dos posiciones vitales en la volátil provincia de Helmand. Esto deja a Lashkar Gah y a Sangin como las principales fortalezas que el gobierno todavía mantiene, y una sensación de aprensión de que la región sur, rica en opio, finalmente pertenecerá por completo al movimiento talibán.

La guerra también se replegó hacia su enfoque hace tres semanas, con la muerte de Wasil Ahmad. Wasil aprendió a usar armas de fuego y estuvo brevemente al mando de una unidad de combatientes anti talibanes, antes de que pistoleros talibanes en una motocicleta lo acribillaran mientras compraba comida para su madre y sus hermanos. Wasil solo tenía 11 años.

Antes de que llegara la Coalición

Conocido como el "cementerio de imperios", Afganistán tiene la reputación de humillar a los posibles conquistadores. Tanto los soviéticos, en la década de 1980, como los británicos, durante el siglo XIX, se vieron obligados a batirse en retiradas sangrientas desde Afganistán, privados de lo que parecían ser, en papel, victorias fáciles.

El tiempo ha cambiado la definición de lo que las personas hoy en día llaman un "imperio", pero no esta percepción. Al ejército de Estados Unidos le gustó sentirse sabio a medida que repetía la máxima de que ellos tenían el "reloj de lujo, pero que los talibanes tenían el tiempo". En realidad, el reloj estadounidense se quedó sin baterías, y dejó a los talibanes en posesión del aforismo y del reloj.

El ascenso de los talibanes antes del 11-S se debió en gran parte a las diferencias étnicas del país. En la guerra civil que siguió a la retirada de las tropas soviéticas en 1989, las fuerzas pastunes hicieron una entrada triunfal desde el sur hacia la capital, Kabul, y presionaron a los tayikos de regreso al norte.

Las fuerzas especiales estadounidenses aprovecharon el lado de los perdedores en esa guerra civil y a otros caudillos adquiribles para expulsar al movimiento talibán de Kabul. Allí instalaron al suave y carismático Hamid Karzai como presidente, quien salió adelante a través de un cúmulo de complejidades del país con la finalidad de integrarlo. Bin Laden se había fugado y también los del movimiento talibán, algunos de ellos estaban escondidos en Pakistán... por un poco de tiempo.

El tiempo pasó; Estados Unidos invadió a Iraq en 2003; el movimiento talibán se afianzó nuevamente. Estados Unidos empezó a involucrarse en Iraq. La insurgencia se levantó y el gobierno afgano empezó a perder terreno. Para 2008, esta era una emergencia intensiva y Estados Unidos se dio cuenta –incluso desde la posición liberal contra la guerra del presidente Obama– que esta era la "guerra justa" que tenía que luchar.

Y luego, la guerra aumentó

Durante aproximadamente tres años, hubo una intensa concentración. Primero vino el levantamiento, hasta 100.000 tropas estadounidenses (como parte de las fuerzas de la OTAN) en un punto, apretándose dentro de los valles más oscuros del movimiento talibán. Contener la tierra... gastar millones cada mes con la finalidad de mantener una presencia en diminutos pueblos polvorientos en lugares lejanos como Kandahar para mostrarle a la insurgencia que Estados Unidos tenía la determinación.

Pero eso jamás iba a durar. De hecho, esa fue siempre una parte publicitada del plan: Estados Unidos y la OTAN mantendrían la tierra durante unos cuantos años –hasta que consideraran que las tropas afganas estaban listas– y luego ellos se retirarían. El movimiento talibán tuvo que tener la esperanza de que los afganos no estarían listos, y solamente esperarían. Parece que así lo hicieron.

En segundo lugar, vinieron los presupuestos: 110.000 millones de dólares gastados en el esfuerzo de reconstrucción más grande en la historia de Estados Unidos... algunos nuevos caminos que hicieron que la vida en algunas poblaciones fuera viable de nuevo, pero también edificios que siempre se mantuvieron vacíos y una inyección de dinero en efectivo en Kabul tan poco realista, sin precedentes y absurda que el costo de vida se volvió casi insensato.

En un momento, el Banco Mundial insinuó que más del 90% del presupuesto total de Afganistán dependía de la ayuda. (Recibí una llamada muy rápida de la Embajada de Estados Unidos en la que me decían que esto no era cierto... no dieron ninguna cifra alternativa). La vivienda para los afganos se hizo más costosa... algunas rentas han caído ahora casi hasta la mitad. Desde atrás de los muros de concreto en donde vivían principalmente los extranjeros, una lata (pequeña) de cerveza Heineken en el mercado negro en un punto costaba 10 dólares. Estados Unidos no tenía escasez alguna de efectivo, solamente escasez de maneras viables para gastarlo, lo que resultó en algunos proyectos tontos y en un breve bolsillo de un desequilibrio total de la economía afgana.

En tercer lugar llegó el liderazgo. En 2009, el secretario de Defensa, Robert Gates, despidió al comandante militar de la misión de seguridad dirigida por la OTAN en Afganistán, la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF, por sus siglas en inglés), David McKiernan, y lo reemplazó con Stanley McChrystal, un veterano de las fuerzas especiales.

La sombría evaluación de la guerra de McChrystal fue lo suficientemente condenatoria como para sugerir que las Boinas Verdes conocían el alcance del desafío. Él tenía un plan... y este se filtró lo suficientemente rápido como para forzar a la Casa Blanca a una situación que implicó un gran compromiso de recursos. Esto se trataba de hablar con los afganos y ganarlos. Las tropas salían y se encontraban con las personas y, por un momento, pareció que funcionaba.

Entonces lo extraño sucedió... El volcán Eyjafjallajökull en Islandia hizo erupción  y las cenizas se dispersaron en el aire, lo que dejó a los aviones en tierra. McChrystal y su equipo se encontraban entre los que quedaron retrasados, junto con un reportero de la revista Rolling Stone. Expresaron sus opiniones, quedaron impresas, fueron publicadas y McChrystal fue despedido. A partir de ese punto, se sintió como si la guerra hubiera cambiado... para siempre.

David Petraeus hizo una entrada triunfal en ese año como el sucesor de McChrystal... una carrera general, consciente de que el reloj avanzaba sobre el levantamiento. La campaña se centró en el mensaje y en el reloj. Petraeus fue sucedido por otro veterano de Iraq, John Allen, cuya función era la limpieza. El aumento de efectivos casi había funcionado, pero había sido interrumpido, sorprendido, y ahora Estados Unidos estaba saliendo.

Entre enero y mayo de 2012, cada día parecía traer una nueva calamidad para la presencia militar estadounidense. Desde coranes quemados, aparentemente por error; hasta los cadáveres de los combatientes talibanes orinados por los Marines que se filmaron a sí mismos mientras lo hacían; hasta una matanza a manos de un soldado estadounidense en un pueblo de Kandahar. Incluso el portavoz más estable de la OTAN pareció perder la esperanza.

Entonces, ¿qué fue lo que se logró?

Pues bien, en un momento dado, se dijo que lo que quedaba de Al Qaeda eran unos cuantos cientos en Afganistán... escondidos en las colinas orientales. Bin Laden había sido asesinado en Pakistán. Unos cuantos miles de afganos se hicieron absurdamente ricos en presencia de Estados Unidos. Muchos miles más (no existe una cifra real y confiable) murieron o resultaron heridos.

Por un breve momento, los programas de ayuda e ideales occidentales les permitieron a las mujeres pensar en su vida fuera del hogar, en donde pudieran florecer. (Ellas todavía pueden pensar en eso, pero ahora se arriesgan más que nunca a crueles represalias de parte de los conservadores). El Occidente inundó el país con dinero y armas hasta el punto en que ahora es una tierra de caudillos con esteroides.

El ejército afgano se hinchó brevemente, pero nunca pudo mantener la tierra que mantuvo la OTAN. Los asesores de la OTAN jurarían ciegamente que tú estabas equivocado, que las destartaladas unidades que viste podrían derrotar a una insurgencia local hambrienta y enojada. Sin embargo, se hizo evidente que estaban malinformados, que un malestar interno –corrupción– se encargaría de deshacer las Fuerzas Afganas de Seguridad Nacional, cuyo mantenimiento le ha costado a los contribuyentes estadounidense más de 60.000 millones de dólares, y cuyas valientes pérdidas continúan ahora a una velocidad sin precedentes.

Dos historias sobresalen de los afganos que no están en donde Occidente les dijo que estarían. La primera es Gulnaz, la mujer que fue violada y luego encarcelada por adulterio pues su atacante estaba casado, y luego le dijeron que ella tendría que casarse con él. La presión internacional llevó a que la liberaran y la dejaran en un refugio para mujeres, pero tres años después la encontré viviendo con su atacante y casada con él... la única manera en que el mundo retrógrado de Afganistán puede encontrar para reconciliar el delito en su contra.

La segunda historia es de Wahid. Él estuvo al mando de una unidad del ejército afgano, combatiendo ferozmente en Kunduz en contra del movimiento talibán. Ellos tenían poco apoyo, afirmó, incluso municiones, y los cuerpos muertos de sus compañeros caídos fueron dejados en su base sitiada hasta que se pudrieron. Así que huyó... esquivó balas en Irán, tomó un barco hacia Grecia y soportó gases lacrimógenos cerca de Hungría. Él es exactamente el tipo de afgano a quien el Occidente le prometió un futuro y le dijo que necesitaba quedarse en donde estaba... para defender a su país. Lo encontramos comiendo un muffin en una cafetería en Múnich, Alemania.

¿En dónde estamos ahora?

La disconformidad en las filas del movimiento talibán ha llevado a que ISIS se convierta en una alternativa radical, brutal y atractiva para la juventud privada de derechos del país, para quienes la antigua insurgencia no se está moviendo lo suficientemente rápido

Según el Inspector General Especial de Estados Unidos para la reconstrucción afgana (SIGAR [por sus siglas en inglés]... la autoridad encargada de vigilar el dinero del gobierno estadounidense allí), el movimiento talibán mantiene más territorio ahora que en cualquier otro momento desde el 2001. Quedan alrededor de 10.000 tropas estadounidenses, las que pueden cazar a los extremistas, pero no tomar un territorio. Y tal parece que, a veces, tampoco el ejército afgano puede hacerlo; está perdiendo rápidamente en Helmand; perdió temporalmente Kunduz en octubre. Si sugeriste que cualquiera de estas pérdidas eran remotamente posibles hace dos años, la mayoría de los asesores de la OTAN te acusarían de una demencia leve.

En términos de objetivos occidentales... las cosas están justo donde empezaron: con necesidad de mantener a Afganistán libre de extremistas y como un país viable para su pueblo. Sin eso, el resultado son miles de refugiados en Europa y que ISIS consiga un nuevo lugar seguro. Lo que queda es un país en el que Occidente está desacreditado como indispuesto a mantener el rumbo; en donde la mayoría de los combatientes son más malos, están mejor armados y son más caóticos de lo que eran en 2001; y cuyo nombre hace que los formadores de opinión en Occidente intenten y cambien el tema.

Esta fue denominada la guerra justa, luego la guerra interminable. Ahora muchos quieren que sea la guerra olvidada.

Pero sigue siendo una guerra, y Occidente posee una gran cantidad de ella.