Nota del editor: David Gergen es analista político de CNN y ha sido asesor de la Casa Blanca para cuatro presidentes. Se graduó de la Escuela de Derecho de Harvard, da clases de Servicio Público y es uno de los directores del Centro de Liderazgo Público de la Escuela Kennedy de Harvard. Síguelo en Twitter en @david_gergen.

(CNN) - Mientras los analistas nos sumergimos en las entrañas de las votaciones del supermartes (y nos preguntamos, por ejemplo, cómo fue que muchos luteranos de 24 años participaron en el caucus en Minnesota y por quién votaron), no deberíamos pasar por alto el significado general del momento crucial de este año.

Fuimos testigos de cómo se escribía la historia este supermartes: por primera vez en la historia de Estados Unidos, una mujer está a punto de asegurar la candidatura presidencial de un partido político importante y, por otro lado, un renegado absoluto se acercó a la nominación presidencial del partido contrincante. Los historiadores recordarán estos días durante mucho tiempo.

Claro que desde el punto de vista matemático, Bernie Sanders sigue teniendo posibilidades de arrebatarle la candidatura demócrata a Hillary Clinton, pero la victoria de ella en siete estados le ha dificultado las cosas notablemente. La mejor razón por la que Sanders avanza en otros estados no es ganar la corona, sino una mayor influencia para la facción de Sanders y Elizabeth Warren en el Partido Demócrata.

Las similitudes entre los discurso de victoria que pronunciaron el pasado martes por la noche ilustran lo mucho que le ha ayudado; piensen en el poder de negociación que Sanders podría tener sobre la plataforma y la convención demócrata.

Pero para la mayoría de los demócratas, Clinton se llevó la noche. Después de un comienzo de campaña accidentado en Iowa y particularmente en Nueva Hampshire, ha logrado varias victorias impresionantemente importantes (por una docena de puntos o más). Ya sea que gane o pierda en noviembre, Clinton está dejando huella para las generaciones futuras de mujeres.

Por otro lado, Donald Trump logró varias victorias convincentes el supermartes, mismas que lo han llevado más cerca de la candidatura de su partido que a cualquier otro líder empresarial desde la época de Wendell Willkie. En la década de 1940, Willkie arrasó con la convención republicana; perdió ante Franklin D. Roosevelt en las elecciones generales, pero se lo recuerda por la ayuda bipartidista que ofreció a Roosevelt cuando estalló la guerra.

Ningún líder empresarial ha cautivado la imaginación del público de la misma forma. Mitt Romney también era director ejecutivo, pero no se llevó la nominación en 2012 porque hubiera tenido éxito como gobernador ni por su experiencia empresarial. De hecho, su liderazgo corporativo fue objeto de controversia y no un punto a favor.

Pero Willkie tampoco era Trump: era director de una empresa de servicios públicos, que es algo parecido a ser contador. Trump es todo lo contrario y rompe alegremente todos los convencionalismos con su grandilocuencia, su narcisismo y su aparente indiferencia ante las complejidades de dirigir un gobierno poderoso y complicado.

He ahí a Trump, con 10 triunfos en los primeros 15 estados en votar. Sigue siendo difícil imaginarlo como candidato del Partido Republicano, pero es aún más difícil imaginar quién podría derrotarlo a estas alturas. Tal vez algún día los historiadores se pregunten quién influyó más para moldear el paisaje político de Estados Unidos: la primera candidata a la presidencia por un partido o el primer empresario-celebridad que tomó las riendas de un partido.

Ni Clinton ni Trump han asegurado la corona, pero después del supermartes, ciertamente deberían sentir todo el peso de la responsabilidad. Uno espera que en los momentos de tranquilidad, escudriñen su corazón y se pregunten no solo si pueden hacer historia… sino lo más importante: cómo pueden cambiar las cosas para lograr un mundo mejor.