Nota del editor: Camilo Egaña es el conductor de Encuentro. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor.

En París me tocó un baño unisex y créanme que no resulta nada fácil hacer lo que hay que hacer en un sitio como ese mientras una señora con un bebé espera y otra parece deshojar la margarita entre irse o cantarme La Marsellesa. Cuando termina mi “tour de forcé”’, le pido una explicación a la camarera y la chica me dice: “¿Qué pasa, mon chéri, tienes problemas con este tipo de baño?”. No recuerdo lo que respondí porque mi francés es muchísimo peor que mi inglés, si cabe.

Lo que algunos medios han etiquetado como "La guerra de los baños" es una polémica que se encona cada vez más en Estados Unidos.

La controversia estalló cuando Carolina del Norte exigió a cada uno que debe usar los baños según el sexo con que nació y no con el sexo con el que se identifique.

El gobernador republicano se mantuvo en sus trece pese a las amenazas de represalia de grandes corporaciones y estrellas del espectáculo. el vocerío se disparó luego de que el presidente Barack Obama advirtiera a todos los distritos escolares del país que exigirá a las escuelas públicas que permitan a sus alumnos transexuales usar los baños de acuerdo con el sexo con el que se identifiquen; de lo contrario podrían ir olvidándose del dinero que reciben del gobierno federal y hasta preparados para posibles acciones judiciales.

A esta hora, no parece haber ni una pizca de entendimiento entre los detractores de la iniciativa y quienes la defienden como un avance social, humanitario y lógico.

Los sectores más conservadores arguyen que se está creando un problema donde no lo hay; sostienen que se está discriminando en nombre de una minoría. Tal argumento se lo escucho incluso a personas que suelen ser muy tolerantes y reflexivos. Una minoría, repiten sin tener en cuenta que en este mundo nuestro mucho de lo que se ha ganado términos de derechos civiles, se debe a una minoría.

Y que una sola persona atormentada es una inmensa minoría. “Cuando un individuo se mantiene en situación de inferioridad, el hecho es que se vuelve inferior”, dejó dicho Simone de Beauvoir, que era tan lucida como su marido y menos aburrida.

No parece haber ni una pizca de entendimiento entre los detractores de la iniciativa y quienes la defienden como un avance social, humanitario y lógico.

Camilo Egaña