La batalla de los baños: ¿deben entrar las personas transgénero al baño que quieran?

Estados Unidos es conocido por su poder militar y por la gran cantidad de guerras que ha librado en tierras lejanas; pero en estos días, una peculiar “guerra” se hace cada día más peligrosa en sus fronteras.

Se trata de la “guerra de los baños”, batallada entre quienes apoyan y quienes rechazan que los individuos transgénero puedan entrar al retrete que escojan para hacer sus necesidades. Es decir, que alguien que nació como hombre entre a un baño femenino porque se identifica como mujer y viceversa, que quien nació como mujer use un retrete masculino porque cree que ese es su sexo.

Como puede imaginarse, es una guerra muy delicada, sobre todo en los sistemas escolares, adonde también ha llegado. El controvertido derecho de los niños transgénero, masculinos o femeninos, a ir al inodoro que deseen en las escuelas, es enérgicamente apoyado por el Gobierno del presidente Barack Obama. Un “derecho” que otros consideran una promiscuidad que amenaza a sus hijos.

Si algo bueno o malo tiene este país es que prácticamente todos los días hay una polémica diferente, y a veces muy rara. Esto se debe a la influencia de los llamados intereses especiales, que no solo representan al gran dinero, sino a aquellos que buscan cambiar la fisionomía tradicional de la sociedad. Y muy a menudo tienen éxito, aunque representen los intereses de una minoría ––a veces ínfima como la de los transgénero, que se estiman en un 0,3% de la población adulta–– frente a una mayoría que no lo es.

Es cierto que la minoría debe tener su derecho y su justicia, pero es innegable que la mayoría también… Y en este caso, pienso que se la quiere aplastar en el campo de batalla de los servicios sanitarios.

Por eso una pregunta se impone: ¿Deben entrar las personas transgénero al baño que quieran? ¿Qué piensa usted?

Es cierto que la minoría debe tener su derecho y su justicia, pero es innegable que la mayoría también… Y en este caso, pienso que se la quiere aplastar en el campo de batalla de los servicios sanitarios.

Jorge Dávila Miguel