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11S

Los hombres de blanco del 11 de septiembre

Por Patricia Ramos, CNN

Había un olor a ácido y el polvo lastimaba los ojos. Fue como llegar a otro planeta, donde no había nada. Ni voces, ni comida, ni agua, ni amigos… solo destrucción.

Había personas cubiertas de polvo y tierra de los pies a la cabeza, parecían fantasmas. No hablaban, no miraban, solo deambulaban, con su tristeza y desconsuelo a cuestas.

Los restaurantes y edificios parecían abandonados desde hacía mucho tiempo.

Una alfombra de papeles tapizaba las calles, había muchos, muchos papeles. Levanté un pedazo, era un documento de negocios. La desolación calaba el alma.

Eran las 6 de la mañana del 12 de septiembre de 2011, en los alrededores de lo que fue el World Trade Center de Nueva York.

La llegada

Manejé toda la noche por una carretera fantasmal desde Atlanta, me acompañaron la obscuridad y el desconcierto.

Al llegar, fui directo a la llamada “Zona cero”, logré entrar con mi camioneta. Me estacioné y miré a mí alrededor. Sentí un vacío. No estaban ahí las monumentales Torres Gemelas. Me pareció increíble y se agolparon los recuerdos.

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Mira aquí el especial 11S, quince años después

Comencé con mi equipo de grabación a recorrer calles, a ejercer mi labor informativa. Fue difícil apartar mis emociones personales.

Al día siguiente, entre más caminaba, más percibía a flor de piel lo sucedido. Vi edificios, calles y locales comerciales completamente vacíos. Era un escenario lúgubre. Al llegar a un parque me encontré con una serie de juguetes abandonados. Me sentí como si fuera la única sobreviviente sobre el planeta.

Seguí andando, caminé mucho y llegué hasta la punta hacia el sur del bajo Manhattan.

Desolación

Vi una gran carpa blanca, de esas que se arman para los grandes eventos, comencé a acercarme. La atmósfera daba terror. Presentí que quizá en ese lugar las autoridades comenzarían a guardar escombros o probablemente cadáveres. Decidí alejarme.

Estaba completamente sola.

La batería de mi celular había dado de sí, ningún teléfono público servía, obviamente no había transporte público o automóviles circulando.

Eran como las 6 de la tarde, pronto oscurecería y comenzaba a soplar un viento frío.

Entendí que tenía que emprender el regreso hacia donde hubiera vida, de lo contrario mi único albergue sería el escalofriante entorno de la tragedia.

Con la poca energía que me quedaba, caminé en sentido contrario, no había andado tanto nunca,  y pensé en los inmigrantes cuando cruzan la frontera. Sin duda, la fortaleza humana es increíble. Se sacan fuerzas de no sé dónde.

Finalmente pude llegar a una calle de Chinatown, vi gente, vi movimiento, di gracias a Dios.

Los hombres de blanco

Mientras todo esto pasaba, no dejaba de transmitir y transmitir, casi sin descanso para la cadena mexicana de radio Monitor y también informé para CNN en Español, sobre esta tragedia que sin duda cambió el rumbo de la historia.

Alistando mis equipos vi algo que me dejó helada.

Unos hombres completamente cubiertos, con escafandras, guantes, botas y todos de blanco, bajaban de camiones del mismo color mediante rampas herméticas. Vinieron a mi mente imágenes de la película Outbreak (en español Epidemia).

Inmediatamente lucubré: los aviones podrían haber traído armas químicas.

Pensé en la muerte. Sufrí por mi familia.

Acordé con mi conciencia intentar no salir del área, porque no quería esparcir un horrendo mal, quizá ébola.

Decidí seguir trabajando hasta que pudiera y me consolé al imaginar que daría mi último aliento trabajando en lo que ha sido mi pasión. Pero sentí miedo ante la posibilidad de una dolorosa agonía.

El hospital

Busqué sobrevivientes, entré a lugares obscuros y polvorientos y llegué así a un hospital.

Me encontré con un hombre en silla de ruedas, con la mirada extraviada, me di cuenta que era un bombero. Me acerqué con cautela y discreción y le pregunté: ¿Qué le pasó?

Me dijo con voz baja: "Soy un sobreviviente, una de las torres se me vino encima".

Estaba entrevistándole cuando inmediatamente llagaron policías a sacarme del lugar, estaban muy enojados con mi presencia. Se preguntaban unos a otros cómo había llegado yo hasta ahí.

El caos fue mi aliado y en una distracción abandoné el lugar a toda prisa.

Para todos era un momento muy difícil, había confusión y mucho temor.

De pie

Me quede más días, fue un arduo e inolvidable trabajo, que me marcó en muchos sentidos.

Palpé de cerca el odio del terrorismo, sentí miedo a morirme, encontré a un sobreviviente —hoy sin duda héroe— y aprendí sobre la increíble entereza de nuestra especie.

Durante mi estancia de más de 10 días sonreí por primera vez al ser testigo de cómo un gran grupo de personas aplaudían con orgullo a los equipos de rescate a lo largo del río Hudson y al acudir al reinicio de actividades de la bolsa de valores en Wall Street.

Nueva York comenzaba a ponerse de pie.

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