Nota del editor: Courtney E. Martin es escritora, columnista y conferenciante del TED. Algunas partes de este artículo son una adaptación de su nuevo libro "The New Better Off: Reinventing the American Dream", publicado este mes por Seal Press. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) - Hillary Clinton cortejó el voto de los 'millennials' esta semana con un discurso en la Universidad Temple, una aparición en el programa "The Tonight Show with Jimmy Fallon" y un artículo dirigido directamente a los votantes más jóvenes en la publicación Mic (creada por y destinada a los jóvenes). La esencia de su mensaje no sorprende: Voten por mí, porque yo entiendo cuán diversos son y las carencias económicas que muchos de ustedes sufren.

Aunque el mensaje de Clinton suene fresco, especialmente en contraste con el tono retrógrado de la campaña de Donald Trump, no toca las fibras más sensibles de los votantes 'millennials'. Estamos reescribiendo las reglas sobre lo que realmente significa el éxito.

La recesión económica obligó a que más y más estadounidenses se cuestionaran si hemos estado adorando a los dioses correctos. ¿Es el éxito un trabajo con un nombre sofisticado?, ¿una cuenta bancaria con más ceros?, ¿un jardín bien cuidado? Resulta que ninguna de esas cosas te da automáticamente seguridad o felicidad, y algunas incluso ponen en riesgo tu salud.

La gente necesita trabajo, necesita vivienda y atención médica. Cuando estas necesidades básicas no se cumplen – y así sucede para muchos estadounidenses – nuestra calidad de vida está legítimamente en peligro. (Y nos deja vulnerables a la manipulación por personas como el tempestuoso Trump.)

Pero más allá de estas necesidades básicas, hay toda una serie de ilusiones sobre el sueño americano que la generación del milenio rechaza sistemáticamente: eligen el transporte público en lugar de tener coche propio, viven en comunidades muy unidas en lugar de comprar grandes casas, inventan trabajos freelance en lugar de sucumbir a la monotonía del cubículo.

Lo que nos hace preguntarnos a qué aspira verdaderamente esa generación, a diferencia de la generación boomer como Clinton. Dos tercios de los padres no creen que sus hijos vayan a estar "mejor" que ellos, según el Pew Research Center. Es una opinión compartida por ricos y pobres, jóvenes y viejos, hombres y mujeres. Pero "mejor" es una cuestión de interpretación.

¿Cómo repercute esto en nuestra vida?

Yo apenas estaba cobrando conciencia, paseando en los andenes del metro a las 2 a.m. y soñando sobre la persona en que me convertiría, cuando, de repente, ya era esa persona. Era un adulto. Tenía un marido (algo que nunca pensé que tendría). Tenía una hija (algo que siempre pensé que tendría). Tenía un trabajo. Bueno, en realidad, varios trabajos. Y me llenaba de frustración cuando el vecino adolescente ponía su música demasiado alta en la noche de un día hábil (para ser justos, era música bastante mala).

Y tenía un problema. No era que no quisiera hacerme adulta. No me asusta el compromiso. El problema era que yo no quería convertirme en adulto si eso significaba conformarme y alinearme. No quería un grillete de oro, ni reír con mis amigas, ni tomar vino barato hablando sobre la ausencia de sexo en mi matrimonio. No quería zafarme bajo el pretexto de que el activismo es para los jóvenes o dejar de tener conversaciones filosóficas. No quería tener un buen trabajo, una casa con una cerca blanca, 2,5 hijos, y luego simplemente… adormecerme.

Y resultó que el buen trabajo y la casa con cerca blanca estaban fuera de mi alcance de todas formas (más allá del alcance de muchas personas). Cuando la economía se hundió en 2007, despojó a muchos estadounidenses, sobre todo los jóvenes, de algunas de las experiencias que, hasta ese momento, eran los pilares de una vida adulta exitosa.

La adquisición de vivienda se encuentra en su nivel más bajo desde 1995, y la tasa más baja se da entre los millennials. La seguridad laboral se está convirtiendo en un extraño concepto del viejo mundo; la persona promedio cambia de trabajo cada 4,4 años y solo 1 de cada 10 pertenecen a un sindicato (frente a 1 de cada 3 en la era post-Segunda Guerra Mundial). Y para la mayoría de los trabajadores estadounidenses, los salarios reales, después de ajustarse a la inflación, se han estancado desde el año 2000.

El inflado sueño americano

En otras palabras, cuando la economía colapsó, se le salió el aire al ego sobre-inflado del llamado sueño americano. Tuve miedo de lo que la edad adulta le haría a mi alma. Podía quedarme atrapada persiguiendo símbolos del éxito en lugar de crear condiciones para la justicia, la alegría, el sentido, pero el destino quiso que los símbolos nos rebasaran a todos.

Entre nosotros, los que mejor se han adaptado no están guardando luto, sino reevaluando su vida. Muchas personas están rechazando oportunidades laborales que son prestigiosas pero no sostenibles; se estima que casi la mitad de la fuerza laboral estadounidense será freelance en 2020, algunos de forma voluntaria (atraídos por la mayor flexibilidad) y otros por la fuerza (arrastrados por la ola de la economía ‘gig’ de los trabajos ocasionales). Las personas se adhieren en masa a las comunidades de co-working o trabajo cooperativo y parece que así son más felices. La lucha por el "equilibrio trabajo-familia" ya no es exclusiva de la mujer; incluso los chicos de alto perfil como Mark Zuckerberg demuestran su deseo de ser profesionales y padres a la vez.

Estamos reconstruyendo las comunas. Sesenta millones de nosotros vivimos en hogares multigeneracionales a pesar de las narrativas dominantes de los medios de comunicación. La demanda y el interés por las comunidades de co-housing (donde se decide colectivamente el modelo vecinal) se han disparado entre las personas de un amplio rango de edades. Los estadounidenses están rehaciendo el tejido de nuestros barrios con una comida colectiva a la vez.

Nuestra inseguridad actual nos mueve a regresar a algunas de las preguntas más básicas: ¿Cuánto dinero es suficiente? ¿Cómo queremos gastar nuestra energía finita y nuestra atención?

Vamos en pos de la versión parchada del sueño americano – cosemos los retazos, poco a poco – en lugar de adorar el rascacielos más alto. Pero para no caer en la misma trampa de todos los que idealizan la autosuficiencia, hay que recordar que “mejor” no consiste solamente en tomar valientes decisiones individuales, sino en la transformación estructural.

Pensadores, agitadores, diseñadores, esos estadounidenses hartos que realmente sienten el “ardor” (juego de palabras que alude a la expresión feel the burn y al mensaje del otrora candidato Bern Sanders) se preguntan: ¿Cómo se vería un Estados Unidos donde se cumplieran las necesidades básicas de todas las personas, donde más personas pudieran permitirse el lujo de elegir el tipo de trabajo que realizan, el tipo de viviendas que ocupan, los tipos de familias que crean?

Las autoridades en las que solíamos depender para guiarnos hacia la vida buena ya no existen. La composición demográfica de este país está cambiando de manera profunda: las mujeres son ahora la mitad de la fuerza laboral. Para 2044, los blancos, la fuente de la mayoría de nuestras narrativas más dominantes y tóxicas sobre el éxito, serán una minoría racial. Muchos de los caminos sencillos han sido demolidos o han quedado perdidos bajo la maleza. La red de seguridad se ha rasgado. La cerca blanca fue arrancada. La escalera al éxito se ha venido abajo. En otras palabras, ante las cambiantes circunstancias exteriores (globalización, recesión, etc.), nuestras expectativas internas están cambiando, y eso no es tan malo.

Centrarse en la reconstrucción

La tarea por delante es rechazar la retórica de un infernal periodo de campaña empeñada en manipular nuestra sensación de que algo valioso se nos está escapando, y en su lugar abrir los ojos a lo que está siendo construido.

Vivir en Estados Unidos, en este momento de desigualdad y caos, puede romper tu corazón. Pero no tiene que romper tu espíritu. Es tan interesante, tan fértil, tan lleno de oportunidades. Se está desintegrando y reconstruyendo y recalibrando.

Depende de nosotros construir vidas, comunidades, sistemas y políticas que soporten esas vidas, de las que podamos estar orgullosos. Podemos empezar rechazando las desgastadas narrativas sobre el éxito y crear nuevas que no tengan como protagonistas héroes excepcionales sino comunidades creativas. Clinton misma reconoció este sentimiento en su artículo de opinión en Mic, donde escribió: "Muchos de ustedes me han compartido que sienten como si estuvieran solos, sin nadie que cubra sus espaldas. No debería ser así".

Ella ofreció cubrirnos las espaldas en la Casa Blanca, algo que está muy bien, pero somos nosotros los que tenemos que cuidarnos y ayudarnos unos a otros. El nuevo “mejor” se construye mediante la cotidiana comunidad, no con héroes políticos.

Ante las cambiantes circunstancias exteriores nuestras expectativas internas están cambiando, y eso no es tan malo

Courtney E. Martin