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Paz en Colombia

Cómo es acampar hasta que llegue la paz

Por Laila Abu Shihab, CNN

José Arturo Gil es abogado y trabaja con el Estado. Vive en Bogotá pero nació en la costa norte de Colombia, en una pequeña población del departamento del Magdalena llamada Buritaca, enclavada en una zona donde por muchos años los dueños del territorio fueron los grupos paramilitares.

El pasado 10 de octubre, aprovechando que su hijo de 8 años tenía una semana de vacaciones por el receso escolar que se realiza en Colombia por esta época, decidió empacar un par de cambios de ropa, desempolvar una vieja carpa que hace años no usaba y unirse al Campamento por la Paz en la Plaza de Bolívar.

“No me puedo quedar todo lo que quisiera, tengo que trabajar y mi niño tiene que ir al colegio, pero este poco tiempo acá sirve para demostrar que me interesa que mi país le diga adiós a la guerra”, le contó Gil a CNN en Español sentado en un pequeño butaco de plástico afuera de su carpa, en la que no caben más de dos personas. Al lado, su hijo David Santiago hacía dibujos alusivos a la paz en pequeños papeles que ahora decoran el campamento.

Gil llegó a la capital desplazado por la violencia, en 1994. Votó sí en el plebiscito del pasado 2 de octubre, en el que por un margen muy apretado los colombianos rechazaron los acuerdos de paz logrados entre las FARC y el Gobierno. “Me duele la forma en que este país se ha partido en dos bandos, no podemos seguir divididos. Apoyamos esta causa porque esto es histórico, hay que apoyar el proceso”.

En total, padre e hijo durmieron tres días en la plaza más importante de Colombia.

‘De aquí no nos vamos sin acuerdo’
La llegada de Gil al llamado Campamento por la Paz es la última de una serie de señales sobre la diversidad de personas que desde el pasado 5 de octubre acampan en la Plaza de Bolívar, para presionar por un cese del fuego bilateral y definitivo y cerrar ya acuerdo de paz con las FARC.

En el campamento hay jóvenes -los que primero llegaron e inspiraron al resto- pero también adultos mayores, profesionales como José Arturo que al mismo tiempo son víctimas de la violencia, hay indígenas, hay artistas.

“Este pequeño campamento es una Colombia en miniatura. Es una felicidad, una maravilla”, comenta Manuel Llano, líder y vocero del movimiento y el que primero puso su carpa esa noche del 5 de octubre, tras una gigantesca marcha de casi 30 mil personas que se unieron en un solo grito que se ha vuelto tendencia en todas las redes sociales: #AcuerdoYa

Esa primera noche Llano simplemente improvisó. Tenía mucho dolor y se sentía impotente frente a lo que ha sucedido desde el día del plebiscito –reuniones entre líderes de la campaña del no y miembros del Gobierno que todavía no han llegado a ningún puerto para sacar adelante los acuerdos para desarmar a la guerrilla más antigua de América Latina- y decidió que una forma de sanar esa herida abierta era dormir con un par de amigos esa noche en la Plaza de Bolívar.

Fueron 3 carpas, ese día. Hoy son casi 80.

“Lo que más nos ha sorprendido es la solidaridad y la actitud positiva de la ciudadanía. Aquí ya somos como 150 personas pero detrás está el esfuerzo de al menos 500 personas que vienen y nos apoyan. Hace cinco minutos, por ejemplo, pasó una señora y me regaló unos chocolates para que tuviera energía y pueda seguir adelante, eso es muy bonito”, narra.

“Ahora tenemos cobijas, aislantes para luchar contra el frío, comida, hasta baños portátiles conseguimos gracias a personas que supieron lo que estábamos haciendo por redes sociales”, le explica el líder del campamento a CNN en Español.

Cuando el campamento comenzó a crecer, Llano y algunos de sus ahora amigos decidieron crear un sistema de gobierno propio -las decisiones sobre cualquier cosa que suceda allí adentro se toman en una asamblea en la que todos los ‘habitantes’ votan- y se dividieron por comités.

Hay comité de logística, de cultura, de seguridad, de reciclaje y basuras (“somos la parte más limpia de la Plaza de Bolívar”, dice con orgullo Llano al hablar de los logros de la organización del campamento), de comunicaciones, de convivencia. “Nuestro gobierno es democrático y participativo”.

Incluso, hace un par de días pensaron en hacer un diseño del campamento, porque siguen llegando personas y carpas y el horizonte político no parece del todo despejado, todavía.

“Somos una demostración ciudadana pacífica, no violenta, que ha crecido muy rápido y como al principio esto no tuvo ninguna planeación, pues ya por fin nos sentamos a diseñar bien el campamento... hasta espacio para parqueadero de bicicletas tenemos. Con esto no quiero decir que nos vamos a quedar a vivir en la Plaza de Bolívar, pero sí que hacemos lo posible por ser comunidad organizada y contenta, un modelo de paz que queremos se replique en Colombia y que funcionará hasta lograr nuestros objetivos”.

Que el cese bilateral del fuego sea una realidad hasta que las FARC se desarmen y que se concrete ya un acuerdo de paz con esa guerrilla “que no implique retrocesos en derechos humanos ya acordados previamente” son sus dos grandes metas.

No dinero, no alcohol, no sexo
Cada carpa del campamento ha sido numerada y tiene el nombre de una ciudad o pueblo afectado por la guerra en Colombia: Quibdó, Miraflores, San José del Guaviare, Bahía Solano, Arauquita.

Las dos carpas más grandes, blancas, pertenecen al Comité de Logística. Allí se guardan todas las provisiones de comida, ropa y elementos varios para hacer más llevaderos los días en el campamento, en una ciudad a 2.600 metros de altura en la que la temperatura promedio se mueve entre 7 y 18 grados y en la que ha llovido con fuerza los últimos días.

Cualquier persona puede ir y donarles desde una lata de atún o un jugo hasta un paquete de toallas higiénicas, bloqueador solar, una cobija o un abrigo. Lo único que no reciben es dinero en efectivo.

Lo que más falta les ha hecho estos días son bolsas para basura, desodorantes, jugos en caja, exprimidor, cepillos de dientes, jamón, queso y frutas como manzanas y bananos.

“Nos han dado pan, galletas, todo tipo de alimentos no perecederos, sillas... Nos donaron hasta un portátil, alguien que no lo usaba en la casa vino y nos trajo un computador viejo”, recuerda Arié Kapella, de 37 años, miembro del comité de logística. “Incluso una señora muy amable nos trajo mucha comida y un garrafón de licor para que no nos muriéramos del frío, pero le explicamos que aquí tenemos la regla de no consumir alcohol dentro del campamento. Es que han venido con cosas raras, hasta una lata de chipotle nos trajeron. La generosidad de la gente es infinita”, agrega Kapella, “uno de los locos que acampan desde el primer día”.

Ese tema, el de las reglas de convivencia, ya está muy bien definido. “Este no es un campamento para la diversión sino para mandarle un mensaje al mundo en este momento histórico y es que que no podemos permitir que el acuerdo de paz con las FARC se dilate hasta las elecciones presidenciales del 2018”, aclara Juan David Ojeda, miembro del comité de cultura y quien llegó el 6 de octubre al campamento, tras enterarse de su existencia por las redes sociales.

Y como no es para la diversión, dice, están prohibidas las sustancias psicoactivas y el alcohol, no se puede tener sexo y no se puede hacer propaganda política.

De la preparación de la comida se encargan en el comité de logística aunque a veces hay ángeles que caen como del cielo. El pasado 11 de octubre, por ejemplo, el chef de un pequeño restaurante en un barrio del centro de Bogotá llamado La Macarena se acercó con una olla gigante y les solucionó el problema de la cena.

“Tenía tiempo y mucho mercado en casa, así que decidí coger una estufa de gas, una pipeta y una olla gigante y venir a poner mi grano de arena”, cuenta Nando Calderón, dueño del restaurante Mestizo. Cocinó platos típicos de la India, pensados para compartir entre muchas personas.

Y aunque en redes sociales no han faltado las voces de personas molestas porque “el campamento afea” la plaza más emblemática y turística de la capital de Colombia, los casi 150 ciudadanos que ahora duermen allí cada vez se sienten más empoderados, más decididos.

“Esto ha mostrado la indignación, el profundo sentimiento de dolor que tenemos. El 2 de octubre amanecimos con la gran esperanza de salir adelante con estos acuerdos, aunque fuéramos blancos, negros, lo que fuera, pero teníamos un esquema claro para salir de la guerra y de repente quedamos en el limbo. Eso no es justo y la solución no es quedarnos como si nada en la casa, indiferentes”.

Eso lo dice Manuel, de 28 años, quien estudió Diseño Industrial y Bellas Artes y también es psicoterapeuta. Su novia lo ha acompañado algunas de estas noches.

Su carpa se llama Valledupar, ciudad de la costa caribe colombiana también enclavada en una zona dominada por los guerreros, los violentos. Muy cercana a Buritaca, de hecho.

 

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