Nota del editor: Peniel Joseph es miembro de la cátedra Barbara Jordan en Valores y Ética Política y es director fundador del Centro para el Estudio de la Raza y Democracia en la Escuela LBJ de Asuntos Públicos de la Universidad de Texas en Austin, donde también es profesor de Historia. Es autor de varios libros, y el más reciente es "Stokely: A Life". Las opiniones expresadas aquí pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) - El martes por la noche, frente a una multitud de entusiastas partidarios en Chicago, el presidente Barack Obama pronunció una emotiva despedida política que, de forma simultánea, pulió su legado, imaginó un futuro político más esperanzador y captó esa clase de altísima retórica política que lo ayudó a convertirse en una supernova política hace doce años.

La democracia demostró ser el tema más importante de la noche: cómo los estadounidenses debaten y discuten sobre ella, cómo a veces desconfían y la malinterpretan, y cómo con demasiada frecuencia la dan por sentado.

Al hablarle a los más de 65 millones de ansiosos votantes estadounidenses que no apoyaron al presidente electo, Obama urgió por un consenso nacional basado en "una base común de hechos" para que la gente pueda estar en desacuerdo sin impugnar el carácter, el patriotismo o ciudadanía del otro.

Tras la campaña presidencial más divisoria en la historia reciente estadounidense, Obama ofreció un plan retórico para forjar un consenso de las cenizas de la creciente división racial y económica de la nación. Al desechar la noción de "un Estados Unidos post-racial" como poco realista, Obama rechazó la falsa elección de enmarcar la desigualdad económica como "una lucha entre una clase media blanca trabajadora y las minorías no merecedoras". Señaló que tal marco permitió convenientemente que los ricos "se retiraran más a sus enclaves privados".

Barack Obama tras su discurso de despedida en Chicago. (Crédito: Bilgin Sasmaz/Anadolu Agency/Getty Images)

Barack Obama tras su discurso de despedida en Chicago. (Crédito: Bilgin Sasmaz/Anadolu Agency/Getty Images)

El futuro de la fuerza de trabajo estadounidense, argumentó Obama, tiene su base en los niños morenos de inmigrantes que merecían una educación de calidad.
"En el futuro, debemos defender las leyes contra la discriminación, en la contratación, en la vivienda, en la educación y en el sistema de justicia penal, porque eso es lo que la Constitución y nuestros más altos ideales demandan", le recordó Obama a todos.

El presidente evocó el personaje literario de Atticus Finch, el héroe de la novela clásica de Harper Lee Matar a un Ruiseñor, para afirmar que la empatía o la habilidad camina con los zapatos de otros, como clave para que los negros, los blancos y los residentes del campo y la ciudad tengan un entendimiento más comprensivo el uno del otro.

Las palabras de Obama reflejaron el hecho de que la política es a menudo personal, tal vez más de lo que la mayoría reconocería y que la opresión racial sigue profundamente arraigada en la incapacidad de muchos de ver a los negros y otras personas de color como totalmente humanos.

Sin embargo, el presidente no se detuvo a discutir la base institucional de la desigualdad racial. En su lugar, imploró a los afroestadounidenses que conectaran sus luchas por la justicia con la difícil situación de la clase obrera blanca, los refugiados, los inmigrantes y otros.

"Para los estadounidenses blancos, eso significa reconocer que los efectos de la esclavitud y las leyes de Jim Crow (de segregación por decreto) no desaparecieron repentinamente en los años 60", dijo Obama en una de sus frases más candentes de la noche.

Tampoco terminaron con la elección del primer presidente negro de la nación.

La discusión del presidente sobre la injusticia racial y la ansiedad económica giró en torno al debate sobre las cada vez más agudas divisiones políticas, aumentadas por burbujas aisladas de amigos afines, vecinos y redes sociales que han amenazado con socavar el tejido mismo de la democracia estadounidense al dejarle a cada uno escoger los hechos, la ciencia, las noticias y la realidad. La democracia estadounidense demostró ser lo suficientemente resistente como para sobrevivir durante 240 años debido a la gran capacidad de cambio del país, creando una tierra donde los demonizados inmigrantes del siglo XIX se convirtieron en líderes políticos y empresarios del siglo XX y donde los antiguamente esclavizados afroestadounidenses transformaron la misma estética de nuestra democracia mediante una resistencia creativamente desafiante que ayudó a remodelar los vastos contornos políticos, culturales y económicos de la nación.

Obama se hizo eco de la advertencia de Franklin Delano Roosevelt contra el miedo, señalando que las amenazas externas de terrorismo y extremismo religioso no podrían socavar la democracia estadounidense tanto como el miedo al cambio, la transformación política y el progreso. "Es por eso que rechazo la discriminación contra los musulmanes estadounidenses", dijo el presidente, en una línea que trajo consigo una ovación de pie por parte de la gran multitud.

Obama terminó su discurso desafiando a los estadounidenses a asumir las asombrosas responsabilidades de la ciudadanía, ya que "nuestra democracia se ve amenazada cada vez que la damos por sentado".

Este punto final podría haber sido dirigido hacia los más de 80 millones de ciudadanos habilitados para votar en estas elecciones pasadas y que no lo hicieron. Los estadounidenses no podían permitirse ni el cinismo que se apoderó de gran parte de la nación antes de su presidencia ni el sentido de complacencia que se percibió después de su elección.

La ciudadanía requiere encontrar inspiración en los esfuerzos de los estadounidenses comunes para cambiar el mundo, luchas que produjeron movimientos por los derechos civiles, el feminismo, los derechos de los LGBTQ, el medio ambiente, los sindicatos y mucho más, incluyendo la propia elección de Obama.

El presidente Obama concluyó su discurso pidiendo una vez más a la nación que creyera, no tanto en la capacidad de él como dirigente "para lograr el cambio", sino en la "suya".

Fue un acto de bravura, un discurso con fuerza testicular, que incluso casi lo hizo llorar cuando elogió los esfuerzos de la primera dama, Michelle Obama, por abrirle la Casa Blanca a todos en el proceso de hacer "un país más orgulloso".

Al final, al dirigir a la multitud en un último canto de su lema "sí podemos" que lo catapultó hacia la presidencia y el mundo, en un breve momento de euforia que podremos algún día compartirlo con nuestros hijos y nietos, Obama recapturó brevemente parte de la magia que hizo que muchos creyeran que Estados Unidos era, como señaló en la noche de su elección hace ocho años: "un lugar donde todas las cosas son posibles".