Nota del editor: Michael D'Antonio, el autor de The Truth About Trump, está escribiendo Trump Watch, una serie de columnas sobre el presidente electo para CNN Opinion. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas de su autor.

(CNN) - Este miércoles, el exgobernador Jon Huntsman aceptó el ofrecimiento del presidente Donald Trump de ser el embajador de Estados Unidos en Rusia. Habiendo trabajado previamente como embajador en China, Huntsman puede sentirse preparado para la tarea encargada, pero es probable que se convierta en el último empleado de Trump que enfrente la vergüenza profesional en los días y semanas por venir.

Basta con mirar a Sean Spicer avergonzarse y escabullírsele a las preguntas sobre las indignantes denuncias del presidente Trump, algo que el portavoz de la Casa Blanca ha tenido que hacer muchas veces desde el Día de la Posesión. Spicer, alguna vez un profesional altamente considerado, se ha convertido en la Prueba A en un creciente cuerpo de evidencia que sugiere que las personas serias con reputación valiosa trabajan para el presidente por su propio riesgo.

Michael D'Antonio

En su anterior trabajo, como director de comunicaciones del Comité Nacional Republicano, Spicer fue respetado como un fiero partidario que, sin embargo, era digno de confianza. No obstante, antes de que se instalara en su nuevo cargo en el Ala Oeste, el secretario de prensa se vio obligado a defender, a pesar de las pruebas fotográficas, la afirmación de Trump de que su posesión fue acompañada por enormes multitudes.

A menos de una semana en su nuevo puesto, Spicer se convirtió en el blanco de chistes interminables y su credibilidad fue tan dañada que la especulación sobre su despido dio muchas vueltas en los medios de comunicación. En California, un exsecretario de prensa del gobierno le ofreció piedad, pero también tuvo un consejo para con él: "No hay oportunidad de luchar ahora por una relación de confianza (entre Spicer y la prensa), porque ha sido muy maltratada", dijo Kevin Eckery, secretario de prensa del exgobernador republicano Pete Wilson.

Desde entonces, Spicer ha afirmado muchas más falsedades, asegurando que el decreto que Trump calificó como una "prohibición" contra los inmigrantes musulmanes no era tal, que nadie en la campaña de Trump tuvo contacto con funcionarios rusos y, más recientemente, que el teléfono de un periodista de Fox News había sido interceptado mientras el expresidente Barack Obama estaba en el cargo.

Debido a que su moneda de cambio es la credibilidad, Spicer tomó un gran riesgo cuando aceptó ser el portavoz principal de un presidente con una relación tan dispersa con los hechos. (De las 372 declaraciones de Trump verificadas por Politifact.com, sólo quince han sido calificadas como completamente "verdaderas".). Y Spicer no es el único que ha experimentado humillación en el gobierno de Trump.

El secretario de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, en su primera declaración en la sala de prensa luego de la toma de posesión de Trump. (Photo by Alex Wong/Getty Images)

Los hombres designados para dirigir varias agencias de inteligencia asumieron el cargo sabiendo que el nuevo presidente había hostigado a su base durante meses, cuestionando la conclusión ampliamente afirmada de que Rusia había tratado de influir en las elecciones del 2016 a favor de Trump. El ahora presidente continuó demeritando a la comunidad de inteligencia incluso después de su juramentación. Mientras la moral se desplomaba, las fugas de información a la prensa revelaron que los profesionales de la inteligencia estaban incómodos con el liderazgo de Trump. Luego vino la renuncia del Consejero de Seguridad Nacional Michael Flynn, quien se vio obligado a dimitir porque mintió sobre sus propios contactos con el embajador de Rusia en Washington, Sergey Kislyak.

La debacle de Flynn plantea serias dudas sobre el juicio del presidente como constructor de equipos. Notoriamente impulsivo, Flynn fue presuntamente expulsado del mismo trabajo por el gobierno de Obama por ser cáustico e ir en contra de la política presidencial.

Jon Huntsman, nuevo embajador estadounidense en Rusia. (Crédito: Leigh Vogel/Getty Images for Concordia Summit)

Flynn se ganó la confianza de Trump cuando se convirtió en uno de los primeros partidarios de su campaña. En la Convención Nacional Republicana, él gritaba "¡Tienen la razón!" mientras la gente coreaba "¡Enciérrala!", en referencia a la candidata demócrata Hillary Clinton. Al nombrar a Flynn, Trump dio a entender que la lealtad personal importaba más que el temperamento y el juicio.

Cualquier persona con alguna duda sobre el desafío de trabajar para Trump sólo tiene que considerar que la selección del presidente para reemplazar a Flynn, el vicealmirante Robert Harward, lo rechazó. La razón oficial de Harward, según la cual no podía dedicar toda su atención al trabajo, se parecía mucho a la excusa de "estoy renunciando a pasar más tiempo con mi familia". Según The New York Times, la verdadera razón de Harward era el "estilo impredecible de Trump y el nivel de caos en que se ha sumido la Casa Blanca".

La creciente evidencia de un gobierno en caos incluye la retirada de los hombres designados para dirigir el Ejército, la Marina y el Departamento de Trabajo. A medida que se alejaban de los prestigiosos nombramientos, estos nominados parecían, en un nivel, haber fracasado. Sin embargo, también es cierto que pueden habérsele escapado a algo peor. Considere la experiencia del escogido de Trump para ser secretario de Estado, el exjefe de ExxonMobil Rex Tillerson. Poco después de asumir el cargo, Tillerson fue humillado públicamente cuando Trump se negó a permitirle escoger a Elliott Abrams para ser su segundo. Trump también demeritó al secretario cuando no lo consultó sobre el cambio de la política estadounidense de larga data a favor del Estado palestino.

Aunque el cargo de secretario de Estado es ampliamente considerado como el más prestigioso en cualquier gabinete, Tillerson ha sido superado por el yerno de Trump, Jared Kushner, de 36 años, y por su estratega jefe, Steve Bannon. Trump también tomó la muy inusual decisión de agregar a Bannon al grupo de directores del Consejo de Seguridad Nacional, una posición nunca antes concedida a un asesor político de la Casa Blanca.

Al igual que Spicer, Tillerson está en el lado perdedor de una negociación que hizo con un líder que puede no entender. Esta circunstancia ayuda a comprender el trabajo del psicólogo Dan P. McAdams, de la Universidad Northwestern, quien ha estudiado las personalidades de los presidentes, incluyendo a Trump, a quien considera un ejemplo extremo del estilo de dominación mostrado por los chimpancés alfa. El liderazgo por dominancia es más primordial que el otro tipo principal de liderazgo, que se basa en la experiencia.

Aunque los anteriores presidentes han mostrado una mezcla de estos dos estilos, Trump es el exponente mayor del dominio. Es probable que las personas que rechazaron sus ofertas de trabajo sintieron la falta de respeto del presidente por su experiencia y la calidad condicional de su apoyo. Los líderes extremadamente dominantes consideran la lealtad como una calle de una sola vía y abandonarán a los socios a favor de un mejor trato. Presencien el destino de Michael Flynn.

El modo de dominancia explica la fanfarronería de Trump, el matoneo y la tendencia a despedir a las personas que tienen experiencia genuina. Tal como McAdams me dijo esta semana, Trump "no tiene respeto o interés en la experiencia de ningún tipo, rechazándola como debilidad y la previsión de las élites". Esta es la mentalidad que llevó a Trump a poner algunas agencias, como la de Protección Ambiental, el Departamento de Energía y el Departamento de Educación, bajo el control de personas que sabían poco de lo que estas organizaciones hacían o, en algunos casos, eran hostiles a sus misiones.

Entre los primeros nombramientos de Trump, Spicer puede haber poseído la mayor experiencia relevante combinada con la menor medida de comportamiento de dominación. Presenciar su lucha es atestiguar la dinámica que podría causar el caos en todo el gobierno. Las instituciones modernas, incluida la Casa Blanca, requieren experiencia.
Y en las colonias de chimpancés, de las que señala McAdams "no tienen instituciones democráticas", el modo de dominación viene con un caos garantizado. "Las cosas siempre terminan mal para el chimpancé alfa", quien atormenta a sus subalternos hasta el momento en que es derrocado, según su opinión.