(CNN) - De todo lo que está en juego en la disputa de Turquía con Europa, tal vez nada es más frágil que el orgullo del presidente Recep Tayyip Erdogan.

Él cumple a cabalidad un papel global determinante por estos días y cualquier pizca de humillación en cuanto a la disputa con Holanda no sentará bien en su país, donde él gana sea como sea.

Cuando fue desairado por Alemania hace una semana y media y por Holanda esta semana, acusó a ambos países de tener inclinaciones nazis.

Sus incendiarias palabras generaron una aguda reprimenda por parte de ambos países, especialmente del lado holandés, desde donde se le recordó que los nazis mataron a 200.000 ciudadanos.

Este fin de semana, sus ministros debían dirigirse a los turcos expatriados en Holanda para obtener su apoyo en un referéndum turco que transferirá y consolidará los poderes en la persona de Erdogan.

Pero al intentar eclipsar aún más la democracia en su país, Erdogan parece haber pasado por alto las elecciones inminentes de Holanda, donde la inmigración es un tema clave. Holanda, donde a su ministro de Relaciones Exteriores y a su ministra de Asuntos Familiares se les negó el permiso para pronunciar discursos, acude a las urnas este miércoles.

El primer ministro holandés, Mark Rutte, dijo que no cree que Erdogan esté dispuesto a interferir en las elecciones holandesas, sino que sus ministros trataron de forzar la entrada en su país en contra de los deseos directos del gobierno holandés.

Según Rutte, su gobierno estaba negociando con el ministro de Relaciones Exteriores, Mevlet Cavusoglu, para que este hablara en una pequeña reunión en Rotterdam. Durante las negociaciones, Cavusolglu amenazó con una acción no especificada si no se salía con la suya. Para Rutte era una línea roja: "dejamos de hablar cuando el ministro de Relaciones Exteriores de Turquía empezó a amenazarnos con sanciones". Fue entonces cuando a Cavusolglu se le negó el permiso para aterrizar en el aeropuerto de Rotterdam.

Manifestantes agitan banderas turcas a las afueras del consulado holandés en Estambul, el 11 de marzo.

Horas más tarde, sin inmutarse, otro de los miembros del gabinete de Erdogan trató de llegar a Rotterdam para dar un discurso. La ministra de la Familia, Fatma Betul Sayan Kaya, fue trasladada desde Alemania pero posteriormente fue escoltada de vuelta a la frontera por la policía holandesa.

El populista nacionalista Geert Wilders, que hace campaña con una agenda antimusulmana, ha estado en un cabeza a cabeza con el Partido Popular para la Libertad y la Democracia de Rutte. Durante el fin de semana, trató de sacar provecho de la discordia, dirigiéndole un mensaje vía Twitter a la ministra de Familias para que se fuera y no volviera y para que se llevara "a todos sus fanáticos turcos de Holanda, por favor".

Si pudiera, Wilders sacaría a Holanda de la Unión Europea y cerraría sus fronteras abiertas, lo que le permitió a la ministra de Erdogan conducir sin obstáculos a Holanda desde Alemania.
En cualquier otro momento esto podría haber sido una pequeña escaramuza diplomática, pero este no es un tiempo normal.

Luego del brexit y de la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, Europa enfrenta una serie de elecciones en las que nacionalistas populistas como Wilders se crecen en temas como la inmigración y plantean una amenaza existencial a la Unión Europea.

Erdogan ha surgido como un líder cada vez más influyente, un socio mundial clave en la lucha contra el terrorismo, un aliado necesario para Estados Unidos en Siria, así como un nuevo socio para Rusia en el mismo conflicto, por no hablar de una compuerta vital que evita que se esparzan millones de refugiados en Europa.

Todo esto en un contexto de creciente inquietud europea por las reformas políticas de Erdogan en Turquía que a muchos diplomáticos europeos le parecen que sólo lo benefician a él y a sus compinches, alejándolo de su objetivo declarado de pertenecer a la Unión Europea.

Desde el intento de golpe de Estado en julio pasado, Turquía ha cerrado cerca de 140 medios de comunicación, arrestado a 41.000 personas y despedido a unas 100.000 personas de sus empleos.
Ahora que el escenario se ha ajustado de forma paulatina, Erdogan tiene sus manos sobre palancas que ya están provocando temblores en todo el continente, no obstante la inconformidad que esto genera en los gobiernos europeos.

Los impulsores del brexit ganaron en el referendo haciendo uso del tema de la inmigración, alimentado por imágenes de refugiados que se trasladaban a Europa y con el agravante de los temores de ataques terroristas radicales islámicos.

Hoy en día, los mismos temores alimentan el relato populista en todo el norte de Europa. No sólo por Wilders en Holanda, sino por la candidata presidencial francesa Marine Le Pen, cuyo país acudirá a las urnas el próximo mes, y donde ella también se ha comprometido a sacar al país de la Unión Europea en caso de ganar.

En toda Europa en los próximos meses más países acudirán a las urnas, y la mayoría de los partidos tradicionales se enfrentan a una erosión del apoyo en pro de los populistas nacionalistas en una forma u otra.

Poster gigante del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, en una calle de la ciudad de Rize. (Crédito: Chris McGrath/Getty Images)

Hasta cierto punto, Erdogan es la clave del statu quo de Europa: para detener a los refugiados que cruzan Europa desde Turquía (aunque como resultado de un acuerdo de 6.000 millones de euros con el bloque continental) y cooperar en torno a la lucha contra el terrorismo que provoca la insidiosa incursión de ISIS en Europa para así mostrar su fortaleza.

Sin embargo, en su manejo de esta reciente crisis diplomática, Erdogan parece mostrar un lado quebradizo de su personalidad. Sus acciones refuerzan las preocupaciones europeas de que se está volviendo cada vez más autocrático.