(Expansión) - Un grupo de reporteros se concentra esta tarde. Pero esta vez no los convoca la búsqueda de la noticia, sino la tragedia. Los convoca la indignación y la rabia por la impunidad derivadas de hechos cada vez más cotidianos: uno de ellos dejó de "dar la noticia" para convertirse en ella. El periodista Javier Valdez fue asesinado en Sinaloa.

Reporteros, fotógrafos, columnistas, activistas, editores, videógrafos, analistas y ciudadanos agraviados por el homicidio de este cronista de la violencia, esa que México padece hace ya más de una década producto de la guerra contra el narcotráfico, acuden este martes en la tarde a la Secretaría de Gobernación (Segob) con un solo clamor: justicia para Javier y para todas las víctimas que él mismo relató en sus “malayerba”, su libro y su columna, y en sus textos para el diario La Jornada y la agencia internacional de noticias AFP.

Decenas de integrantes y de solidarios con el gremio reclaman a las autoridades en la trastienda del antiguo Palacio de Cobián, sede de las máximas autoridades encargadas de la seguridad en México. Es la respuesta capitalina a la ola de protestas ocurridas este martes en Sinaloa —donde los periodistas increparon a las autoridades—, en Jalisco, Quintana Roo, Baja California, Guerrero, Morelos.

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Más allá de la noticia

Son más de las 7:30 de la noche. ¿Vienen de trabajar o están trabajando? ¿Entrevistan a los asistentes o abrazan a los compañeros de cobertura? ¿Fotografían o agradecen a los activistas? ¿Hablan sobre los 'gajes del oficio' como es cotidiano o hablan sobre la situación de inseguridad también cotidiana? ¿Comentan sobre el calor persistente en la Ciudad de México o sobre la violencia también persistente a lo largo y ancho de México?

Los oradores piden ir más allá de la nota del día a día, hoy es un día para reflexionar sobre el oficio y las implicaciones de ejercerlo en México.

“Hemos dedicado nuestra vida a reportear, a documentar la vida de las y los otros, y sin querer hemos tenido que documentar nuestra vida también, después de ser perseguidos”, dice Lydia Cacho, quien entre otros ‘demonios’ reveló los abusos de la pederastia y la trata de mujeres.

La periodista da voz a Javier con una cita, con la que, a su vez, buscó dar voz a los periodistas.

“Reportear en el abismo, tener un pedazo de voz, lo suficiente para decirle al lector o la lectora que también esto es la vida, que en el desierto o la costa, en la gran ciudad y las fábricas, los baldíos y las avenidas, queremos un país mejor”. Son las palabras de Narcoperiodismo, su libro editado el año pasado.

“¡Justicia!”, exclaman los asistentes y el clamor para Javier se convirtió en clamor de justicia para Miroslava Breach, para Regina Martínez, para Max Rodríguez, para los desaparecidos, para los defensores de derechos humanos. Justicia para México. “¡Justicia!”.

Un clamor que no ha encontrado respuesta. La impunidad por los crímenes contra periodistas en México es prácticamente absoluta. Desde 2010 a la fecha, las autoridades federales han obtenido sentencia contra los responsables de tres casos, entre más de 800 agresiones a comunicadores. De ahí las rechiflas al gobierno.

En lo que va corrido del 2017 han sido asesinados 6 periodistas, y durante este gobierno son ya 33 los comunicadores que han muerto en el ejercicio de su profesión.

Jorge Meléndez, periodista que investiga las agresiones contra su gremio desde el asesinato del mítico columnista Manuel Buendía en 1984, reclama que las autoridades no encuentren otra salida que la de revictimizar a quienes debieron y fallaron en proteger.

“Entonces, las personas que estaban en la Secretaría de Gobernación nos dijeron lo mismo que nos dijeron hoy los de la Fiscalía: Los periodistas asesinados son asesinados por drogadictos, por borrachos, por andar en malos pasos, por andar con mujeres. Han pasado 33 años y las autoridades siguen el mismo guión, culpabilizando a los ciudadanos y a los periodistas de su ineptitud”, recapitula Meléndez.

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Javier Valdez, periodista mexicano. (Crédito: HECTOR GUERRERO/AFP/Getty Images)

Aunque algunos portales informativos realizaron una huelga simbólica, al solo publicar noticias relacionadas con los atentados a la libertad de expresión, los reporteros hacen lo que saben: prenden sus grabadoras, apuntan sus teléfonos para transmitir videos, alzan las cámaras para tomar las placas, anotan los detalles. ¿Es para compartirlo en redes sociales, para reportarlo en el periódico del otro día, para recordar?

“No al silencio”, es otra de las consigas recurrentes.

“Tenemos, los que se supone que usamos la palabra, que convencer a la sociedad de que esto es importante. Tenemos que convencer a la sociedad de que la muerte de un periodista es la muerte de la sociedad, es la muerte de nuestras libertades, es la muerte de un intento de democracia y de vivir en armonía”, reitera Carmen Aristegui.

“Una sociedad que debe salir del pasmo y entender que si no hay quien informe, si no hay quien cuente la verdad, si no hay quien cuente lo que ocurre, esta sociedad no puede ser”, remata la periodista, que ha vivido el ser silenciada de los medios tradicionales.

Al caer la tarde, es hora de encender las velas y las antorchas. Esa luz, ¿es la lámpara de una cámara de televisión o es una vela prendida para los muertos?

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'Limpia' ritual

En los muros traseros de la Segob se proyecta el discurso con el que Javier Valdez recibió el Premio Internacional a la Libertad de Prensa, otorgado por el Comité para la Protección de los Periodistas.

El trabajo de los caricaturistas que han dibujado los rostros de los periodistas y activistas violentados también pinta estos muros burocráticos. “Hoy, el retrato de México tiene cara de periodista, de periodista asesinado”, apunta Aristegui.

Ya es de noche. La noticia recorre el mundo. Afuera de Gobernación se escuchan los envíos de adelantos en español, en inglés, en italiano. ¿Qué más queda por hacer?

“En México, ejercer un periodismo crítico, distante de los poderes, es hoy una amenaza de muerte, muchas veces cumplida. Eso lo saben todos los que en diferentes partes del país ejercen un periodismo limpio, no sesgado, no manipulado”, comenta en entrevista colectiva Julio Hernández, columnista de La Jornada.

―Cuídese ―le dice una periodista tras el ‘chacaleo’.

―Qué más queda ―responde.