Cannes, Francia (CNN Español) – Técnicamente hoy es el segundo día del Festival de cine de Cannes pero para este diarista se trata de la primera jornada en la cual he podido entrar en materia viendo dos de las primeras películas en competencia que se exhiben a la prensa.

Antes de las 8:30 de la mañana, cuando se proyectó la primera de ellas, ya el ejército de periodistas que cubre el festival (un total que supera los 4.000) y también miembros de la industria hacían diversas filas intentando ingresar a la legendaria sala Lumière.

En mi opinión, el mejor lugar de proyección para una película que jamás he disfrutado en mi vida.

La fila avanzaba lenta, muy lentamente y eso se le atribuye al que este año las autoridades locales y los mismos organizadores del festival hayan querido reforzar la seguridad y los puestos de vigilancia alrededor de Cannes, evitando el que se presenten actos terroristas como los que Francia ha sufrido en años anteriores.

Mientras hacía fila, a mi lado tenía a uno de los críticos más reconocidos del mundo de habla hispana, el español Carlos Boyero, quien no ahorraba calificativo con otro compatriota suyo para despotricar de cineastas y películas por igual.

Al final, cuando ya no pude contener la risa ante algunos de sus ácidos comentarios, él entendió que yo hablaba su lengua pero por respeto a esa conversación que él creía privada en medio de la multitud jamás la revelaría ni en éste, mi confidente diario.

Volviendo al cine, esa primera película que madrugué a ver fue Wonderstruck, del director estadounidense Todd Haynes y quien también fue invitado a la competencia de Cannes con su anterior trabajo (Carol, 2015).

En aquel entonces obtuvo un par de distinciones pero no la codiciada Palma de Oro.

Wonderstruck es un relato de búsqueda y anhelo, contado por dos personajes infantiles que aunque en diferentes épocas del siglo XX (los separan unos cuarenta años), parecieran estar conectados por un mismo deseo o meta.

Al final de la proyección, la sala aplaudió esta original propuesta narrativa de Haynes, pero coincido con alguien de la industria que la describió simplemente como una buena película familiar.

En lo personal, Wonderstruck no logró moverme fibra alguna y solo me hizo recordar con gran aprecio a una cinta como Un monstruo viene a verme (2016), del español J.A. Bayona.

La segunda cinta de mi agenda, la rusa Loveless de Andréi Zviáguintsev, sí me hizo vibrar, indignar ante su retrato de una sociedad cada vez más desconectada de la idea del prójimo —incluso si se trata del ser más querido por vínculo filial— y más conectada con la autosatisfacción y culto a la individualidad.

Zviáguintsev no desaprovecha la oportunidad para hacer crítica a la sociedad y al sistema sociopolítico que la sostiene, pero aquí se va por algo más tangible para el espectador como lo son los lazos familiares y el resquebrajamiento de los mismos.

En otras palabras, es una historia donde los niños también son protagonistas, pero en este caso por el abandono que ellos sufren.

En momentos Loveless podría confundirse con uno de esos programas de televisión del tipo “procedural”, donde un caso se expone y se resuelve en la misma hora, pero Zviáguintsev lo presenta con una economía de emociones y un rico cuidado de la fotografía que lo convierten en algo muy reflexivo para el espectador.

Es esa sensación que solo el cine es capaz de despertar y la razón por la cual —aunque de vacaciones— hoy estoy en Cannes.