Cannes, Francia (CNN Español) – Admito que no fue el cine sino algo muy diferente lo que me tenía expectante desde mi llegada a Cannes, balneario francés que por estos días celebra la edición número 70 de su prestigioso festival de cine.

Se trataba de una experiencia única y exclusiva dentro del marco del festival y que de hecho sí tenía alguna relación con el cine debido a que sus creadores son dos de los más consagrados realizadores de México: el director Alejandro G. Iñárritu y su fiel director de fotografía, el maestro Emmanuel Lubezki.

Ambos han vuelto a crear algo sin precedentes dentro del mundo audiovisual.

La describen como una experiencia de realidad virtual y además como una “instalación de arte inmersa” que, en mi opinión, podría estar sembrando una primera semilla de lo que el cine interactivo hoy quisiera ser.

Visitar esta instalación titulada 'Carne y Arena (Virtualmente Presente, Físicamente Invisible)' solo se logra por invitación, una invitación que quizá sea una de las más difíciles de obtener durante el festival.

Así quedó demostrado cuando algunos colegas me preguntaban cómo había logrado yo el acceso a ella o él que mientras esperaba el automóvil que nos llevaría a una locación apartada —sede de la misma—, algunos pidieran, de forma infructuosa, información sobre cómo visitarla.

Instalación 'Carne y Arena' de G. Iñárritu en Cannes, Francia. (Cortesía: Emmanuel Lubezki/Instagram)

Al llegar a nuestro destino, un hangar acondicionado para la instalación, nos hicieron firmar un documento donde básicamente uno mismo se responsabilizaba por cualquier mala experiencia que pudiéramos sufrir y que incluía lesiones físicas, náuseas o convulsiones.

Dudo mucho que ello le ocurra al visitante común, pero todo sea por curarse en salud.

Lo que aquí nos presenta G. Iñárritu es la posibilidad de vivir en carne propia (por ende el título de la instalación) lo que un migrante sufre en su intento por cruzar el desierto y llegar al país del norte (Estados Unidos), exponiendo su propia vida debido a las duras condiciones del terreno o al miedo que le produce la posibilidad de un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad (patrulla fronteriza).

Antes de ingresar a un inmenso cuarto cuyo suelo está cubierto de arena, a los visitantes se nos pidió quitarnos los zapatos y una vez adentro, dos personas nos colocaron tres objetos: un morral, unas gafas de realidad virtual y unos audífonos.

Luego de ello, entramos en este mundo virtual de pleno desierto donde rápidamente un grupo de migrantes nos alcanza en su intento por cruzar la frontera y escapar de las patrullas.

El espacio es inmenso y por ello nos permite caminar libremente en ese mundo que si bien es inhóspito, también lo es de una claridad impresionante. Los “actores” están a pocos pasos de nosotros pero igual podemos alejarnos de ellos gracias al vasto territorio que se nos presenta ante los ojos.

La guardia, al interceptar al grupo de migrantes, lo intimida con órdenes y cuando ya todos están en el suelo, hay que resistir el deseo de hacer lo mismo en señal de solidaridad o porque así nos lo pide el instinto de supervivencia.

G. Iñárritu ha dicho que su intención es crear empatía con este grupo de personas que lo arriesgan todo con el fin de alcanzar esa ‘mejor vida’.

En otras palabras, poner nuestro propio pellejo a un situación que se ha deshumanizado con tanta estadística en las noticias y donde los migrantes han ido perdiendo su rostro para ser reemplazados por cifras de éxito o fracaso en ese intento.

Además del experimento sociológico y personal que esta instalación nos propone, me pregunto si estamos acercándonos a una nueva experiencia cinematográfica donde la inmersión es tal que puede llegar a intimidarnos cuando un agente nos ordena levantar las manos o tirarnos de rodillas al suelo.

Sin duda alguna, los creadores de esta experiencia nos han hecho reflexionar tanto en lo artístico como en lo humano y en ese sentido, Carne y Arena es hoy uno de los puntos a destacar de este festival.