Sí, los más pequeños también pueden sufrir depresión. De hecho, según indican los especialistas, se trata de una enfermedad psiquiátrica bastante frecuente en niños y adolescentes.

Actualmente se calcula que entre un 0,4 al 2,5% de los niños y hasta un 8% de los adolescentes presenta síntomas depresivos que interfieren con su día a día. Aunque la frecuencia de la depresión es igual en los niños y las niñas antes de la pubertad, a partir de esta etapa, las chicas tienen el doble de riesgo de sufrir depresión.

“Los niños y adolescentes presentan problemas psiquiátricos similares a los que sufren los adultos, pero al expresarlo de manera diferente, es más complicado detectarlo precozmente", explica el Dr. Soutullo, director de la Unidad de Psiquiatría Infantil y Adolescente de la Clínica Universidad de Navarra.

Así, en ocasiones, pueden presentar un menor rendimiento académico, debido a una falta de atención y de interés que les hace dejar de esforzarse. Estos síntomas son comunes a otras circunstancias no relacionadas con la depresión, si bien la alarma debe dispararse cuando se produce un cambio de conducta —no necesariamente muy brusco—, respecto a su estado normal.

“A lo largo de unas semanas un niño con depresión empieza a estar muy cansado, con problemas físicos, o expresa ideas que connotan una autoestima muy baja”, explica Soutullo. Alteraciones físicas, problemas para dormir, cambios en el apetito —tanto a menos como a más—, y un estado de humor triste, irritable o de desinterés (falta de satisfacción ante cosas que antes les gustaban) son algunos de los principales rasgos depresivos en menores.

“Otra señal de alerta es cuando el niño deja de salir con compañeros y se pasa mucho tiempo en casa sin hacer nada, con sensación de apatía”, añade el galeno.

En definitiva, son jovencitos que presentan un humor alterado, mantenido y prolongado en el tiempo, con falta de energía, desgana y con ideas negativas sobre ellos mismos.

Sin embargo, menos de la mitad reciben un tratamiento adecuado ya que, según muestran los estudios, en muchos casos los padres subestiman la intensidad de la depresión de sus hijos. A pesar de que la causa aún es desconocida, se sabe que tiene un fuerte origen biológico.

Los genes que heredamos de nuestros padres y que están influenciados por las experiencias que tenemos en nuestra vida (o cómo percibimos los acontecimientos vitales estresantes) pueden predisponernos a padecer depresión. Los pequeños que sufren un fuerte estrés o que tienen una pérdida significativa en la familia; o niños con problemas serios de atención, del aprendizaje, de la conducta, ansiedad y con fracaso académico tienen más riesgo de sufrir depresión.

El especialista indica que hay que tener en cuenta también otros problemas como abuso de sustancias (alcohol o marihuana, por ejemplo) con frecuencia acompañan o preceden a esta enfermedad. Una historia de depresión en familiares cercanos (aunque haya sido hace tiempo o el familiar no conviva con el niño) es un riesgo genético para que el niño también la sufra.