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Terremoto en México

El corazón de una de las zonas más afectadas por el sismo en Ciudad de México late más fuerte que nunca

Por Adrián Estañol, Expansión

Tan pronto escuchó el estruendo del desplome del edificio de Edimburgo y Escocia, en la colonia Del Valle, María Luz, que estaba en el colegio con sus hijos, sólo pensó en salir a ayudar.

“Nos trasladamos desde la hora uno, donde no había ningún policía ni nadie de Protección Civil, y llevamos ya aquí dos días”, recuerda esta guionista y escritora que no para de caminar y responder a las preguntas de las personas que están sobre el eje vial Eugenia, y que ayudan en esta zona de la Del Valle.

María Luz, una de las voluntarias del terremoto en CDMX. (Crédito: Expansión/ Diego Álvarez)

“Llegamos a un edificio desplomado de cuatro pisos. Escuchamos a los del cuarto piso que nos gritaban: ‘Somos del cuarto piso, estamos bien’”, relata la madre de familia, que se encarga de coordinar lo que se necesita adentro, en la llamada zona cero, y lo que recolectan en el centro que se instaló en las inmediaciones del Soriana.

Algunos vecinos se fueron por miedo, pero otros, como ella, empezaron a recoger piedra por piedra. “En un momento volteé y ya la cola era enorme, ya nos estábamos organizando con cubetas que las señoras pedían de sus casas. Muy impresionante el apoyo de los vecinos de la Del valle”, comenta María Luz.

Miles de voluntarios civiles se han sumado a las tareas de remoción de escombros y ayuda humanitaria en todo México. (Crédito: Expansión/Diego Álvarez)

En ese momento, recuerda, pudieron sacar a un par de perros, un shnauzer y un labrador. Pero al momento de cuestionarle sobre el rescate de personas, corta la conversación: “No te puedo dar información de eso”.

María no puede perder más tiempo en la entrevista, y al preguntarle qué le diría a aquellos que aún no salen a ayudar, suelta: “Si no se han movido, es que ya son de piedra”.

El médico que lo hace todo

Es médico de profesión. Pero estos días, al doctor especialista Francisco de Jesús Cabral Castañeda le ha tocado desde dirigir el tráfico hasta llevar aguas, café o tortas a los policías y militares que ayudan en la zona de Eugenia, entre Nicolás San Juan y Gabriel Mancera.

“Ese día (el 19 de septiembre) no había nada organizado, porque la gente salió de corazón. A lo mejor estorbábamos, pero cuando la gente entendió lo que teníamos que hacer cada uno, se organizó una cadena desde División del Norte hasta acá (Nicolás San Juan). Cientos de gente pasando agua, medicamentos, lámparas, lo que se necesitara. Eso fue gran ayuda”, relata el médico que, junto con su esposa, ofrece ayuda desde el martes pasado en la Del Valle, donde viven.

Francisco de Jesús Cabral Castañeda médico voluntario. (Crédito: Expansión/Diego Álvarez)

Cabral, quien trabaja en el Instituto Nacional de Perinatología, se encarga ahora de curar a los voluntarios que resultan heridos, al pasar los escombros de los derrumbes. Los atiende ‘in situ’ o en un módulo improvisado que está en el centro de acopio en Nicolás San Juan, a unas cuadras del edificio colapsado en Edimburgo y en Gabriel Mancera y Escocia.

“Lo que quisiera destacar es lo que sale del verdadero mexicano de corazón. Mucha gente piensa que hay que venir a sacar piedras, pero hay otro tipo de ayuda humanitaria”, comenta.

Como este médico, llegan otros grupos de doctores sobre la avenida Eugenia y a las zonas con edificios derrumbados: médicos generales, especialistas y hasta pasantes se forman para poder relevar a los que están dentro de los filtros de seguridad.

El mando francés

El odontólogo francés Maurice Piolle coordina todo lo que necesitan los rescatistas que están trabajando sobre Edimburgo 4, así como a los voluntarios que entran y salen.

“Estamos coordinándonos de forma paralela con personal de Marina y de Sedena, pero no tenemos contacto con los altos mandos. En la ‘zona cero’ están personas haciendo labores de rescate: Topos, especialistas en construcción y especialistas en rescate. Ellos dan la instrucción y nosotros coordinamos toda la cadena para suministrar lo que ellos requieran”, explica Maurice, quien lleva ocho años viviendo en México, precisamente en la Del Valle, aunque aún mantiene su acento francés.

15 minutos después de que ocurrió el sismo, Maurice salió de su centro de diagnóstico para ayudar. Desde el pasado martes llegó a relevar a quien estaba a cargo de la logística y el abasto de materiales y voluntarios en Eugenia y Nicolás San Juan, en donde hasta la tarde del miércoles 21 de septiembre aún había labores de rescate y búsqueda.

La labor de este voluntario de origen francés es coordinar la ayuda que requieran los rescatistas. (Crédito: Expansión/Diego Álvarez)

"Estoy coordinando que entren voluntarios organizando las brigadas, y también consiguiendo los materiales que no tenemos aquí o los que nos sobran, para que sean movidos a otros puntos que hacen falta”, dice el colono de la Del Valle, a quien se le ve hablar con personal de Protección Civil, Marina y Sedena mientras sale y entra de los cordones de seguridad que resguardan marinos.

“Tenemos un grupo de Whatsapp donde se lanza una alerta pidiendo los materiales o pidiendo el recurso humano para un punto específico. Cuando el apoyo llega al punto directamente, se da la orden en el lugar de acceso para que se permita la entrada de los vehículos, ya sea con material o con voluntarios”, explica.

Este grupo de Whatsapp trata de integrar a los centros de acopio de la Ciudad de México, así como la aplicación Zilo de Protección Civil, que transmite en tiempo real todas las peticiones de esos centros en el país.

El olfato canino, al rescate

Janet Ficachi y Nala, el llamado binomio canino, empezaron labores de búsqueda desde el 19 de septiembre en el edificio colapsado en Chimalpopoca y Bolívar, en la colonia Obrera.

El miércoles pasado, Nala, el perro del Erum con dos años de experiencia en búsqueda en edificios derrumbados, ladró al pasar por los escombros del edificio de cinco niveles.

Los perros rescatistas han sido de vital importancia en las labores humanitarias. (Crédito: Expansión/Diego Álvarez)

“¿Hay alguien ahí?”, gritó Janet, quien pertenece a la escuadrilla de rescate general desde hace más de 20 años.

“¡Auxilio!”, fue la réplica a su pregunta.

Janet siguió su labor: “¡Márqueme con un golpe con algo que tenga a la mano cuántas personas hay ahí!”. Escuchó tres golpes.

“Márqueme con una piedra, una por cada hombre, dos por cada mujer”, volvió a gritar.

“Y marcó uno (un golpe), dos (un golpe), tres (dos golpes). El tercero era ella”, narra afónica, lo que no detiene su relato. “Primero sacaron a los dos hombres, que habían fallecido, y después a ella, viva. Está en la Cruz Roja”, agrega.

En ese edificio, el perro Nala hizo cinco detecciones en puntos donde sacaron siete persona. Sobrevivieron dos.

(Crédito: Expansión/Diego Álvarez)

Ahora, Janet y Nala llegan a la Del Valle a prestar una vez más su voz, su oído y su olfato para encontrar a más personas.

Sólo pide una cosa antes de pasar el filtro de seguridad: “Aquí nos ha complicado la gente que se acerca a ver el perro, y el perro no puede hacer búsqueda efectiva. El perro tiene que tener un radio limpio para poder escuchar y olfatear”.

El recuerdo del 85

A sus 21 años, el bombero de Jalapa Miguel Ángel Salgado Hernández sabe que es su turno para ayudar en un desastre natural, como lo hizo su papá en el mismo mes hace 32 años.

“A mi papá le tocó venir al terremoto del 85. Estuvo en Cruz Roja y era parte del Grupo de Alta Montaña. Viene de familia. Ya le tocó estar a él aquí y ahora me toca a mí”, dice el veracruzano, que forma parte del cuerpo de Bomberos de Jalapa.

El papá de Miguel Ángel Salgado Hernández, este bombero de 21 años, estuvo en las labores de rescate del terremoto de 1985. (Crédito: Expansión/Daniel Álvarez)

El grupo que acompaña a Miguel Ángel está conformado por socorristas que llegaron en la madrugada del pasado 20 de septiembre. Brindaron apoyo en varias delegaciones que sufrieron daños bajo la coordinación de Protección Civil de Veracruz.

“Estuvimos en Tlalpan y Taxqueña, donde quedaron siete personas sepultadas. Se pudo sacar a dos”, comenta este joven que porta su uniforme de bombero, sin dar más detalles, pues llegó en relevo después de ese momento.

Los bomberos también han ayudado a la prevención de incendios y en casos de fuga de gas.

“Encontraron una playera. Es mía"

Antonio Acevedo es una de las personas que habitaba el edificio de siete pisos en Edimburgo, en la colonia Del Valle, y que ahora no tiene hogar.

“Encontraron una playera. Es mía”, dice, y mira hacia la playera tendida en el piso del centro de acopio que se instaló en Eugenia y Nicolás San Juan, a unas cuadras del edificio colapsado.

Antonio Acevedo estaba en la plaza de Patio Universidad cuando tembló en la capital mexicana. Una hora más tarde pudo sacar su auto del estacionamiento, pues no le permitían el ingreso al centro comercial.

“Ya me había enviado un mensaje un amigo de la Universidad que decía: ‘Oye, me acaban de avisar de que en Gabriel Mancera y Escocia están caídos varios edificios’”, recuerda el colono de la Del Valle, quien lleva una playera, pants y una especie de sandalias. Es la ropa que le quedó.

El aviso de su amigo se confirmó al llegar caminando por Eugenia y doblar en Edimburgo.

La casa de Antonio Acevedo quedó totalmente destruída por el terremoto. (Crédito: Expansión/Daniel Álvarez)

“El shock fue brutal. Haz de cuenta como que se te pone en pausa la cabeza. Vi a Arturo, nos abrazamos. Era del 501, yo era del 504”.

Su edificio se hizo polvo

“Me quedé en la calle, pero tampoco me voy a poner a llorar”, dice Arturo Pérez, quien vio su edificio hecho polvo tras el sismo. Él trabajaba en su despacho en Escocia, enfrente de Edimburgo número 4, uno de los al menos cuatro edificios que se vinieron abajo en la colonia Del Valle.

“Todavía no terminaba de temblar cuando abrí la puerta de la calle y el edificio de nosotros ya se había caído. Lo único que vi fue un buró muy resistente, ese buró es mío”, recuerda Arturo, quien mientras habla tiene la mirada perdida.

Escenas como estas son comunes en varios lugares de Ciudad de México donde cientos de voluntarios, policías y rescatistas trabajan contra reloj buscando más víctimas del terremoto. (Crédito: Expansión/Daniel Álvarez)

Una vez que se asentó el polvo que envolvió las calles, corrió para verificar que no estuviera su auto, porque eso significaba que su esposa no se encontraba dentro del edificio. Media hora después, un mensaje de su hija le confirmó que había podido comunicarse con ella y que estaba bien. “Lo único que se quedó ahí (en el edificio) fue mi perrita, pero la pudieron rescatar después”, apunta el diseñador y fotógrafo, que vive ahí desde los 80.

Ese mismo día, Arturo Pérez abrió en su despacho un centro de acopio, desde donde estuvo ayudando hasta las 12 de la madrugada. Ahora permanece cerrado por las labores de rescate que hay en la zona. “Ahí hay mucho material, agua, palas, extintores, pero los soldados son muy cerrados, no me quieren dejar pasar para entregárselos”, señala el habitante del que era el departamento 501, y que guardaba allí sus libros artísticos.

“Ahorita me tengo que calmar. Todavía no aterrizo. Cuando me llegue la cruda va a estar canijo, pero tengo que echarle ganas”, agrega.

Desde la calle

Germán Vázquez Neve llegó con un grupo de cinco personas para ayudar a las zonas afectadas, igual que otros cientos que recorren las calles de la Del Valle.

Pasaban de un lugar a otro porque ante tantos voluntarios sobraban manos. Pero eso no les impedía seguir buscando. “Desde el martes llegamos a Petén y Zapata para recoger escombros, víveres y comida, y ahora estamos aquí recorriendo otras zonas en la colonia”, explica este hombre quien vive en la Narvarte, una colonia aledaña a la Del Valle.

Germán Vázquez es otro de los miles de voluntarios que están ayudando a recuperar la ciudad que quedó colapsada tras el terremoto 7,1 que sacudió a México. Más de 250 muertos dejó este sismo. (Crédito: Expansión/Daniel Álvarez)

Uno de los lugares en donde ayudaron él y su grupo fue en el edificio que colapsó en Petén y Zapata. Ahí levantaron escombros, llevaron comida y proporcionaron transporte

“Es una sensación horrible ver los edificios, pero a la vez fue un sentimiento muy bueno saber que todos los vecinos estaban al pie del cañón”.

 

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