Nota del editor: Zoë Chance es profesora asistente en el Yale School of Management e hizo parte de Yale Public Voices Fellow, en 2015, con The OpEd Project. Síguela en @zoebchance. Las opiniones expresadas en este comentario son únicamente de la autora.

(CNN) - Si la violencia aún no te ha tocado a ti o a algún ser querido, puede que pienses que esto sea un problema de alguien más: un problema de estados republicanos, un problema de barrios desfavorecidos o un problema de salud mental.

Yo pensaba igual. Soy una madre y profesora universitaria que vive en el vecindario más seguro en una ciudad universitaria de un estado azul (o demócrata). Estadísticamente, soy menos propensa a la mayoría de estadounidenses a encontrar armas. Sin embargo, la violencia de las armas y los tiroteos masivos tocaron mi vida e hirieron a mis seres queridos, repetidamente, durante décadas.

Mi tío estaba trabajando en el comando de la Marina de Estados Unidos, en 2013, cuando un hombre armado abrió fuego allí. Mientras sus compañeros de trabajo fueron masacrados en sus escritorios, él estaba abajo y sobrevivió por casualidad.

Él estaba físicamente sano, pero no pudo regresar al trabajo, y por supuesto, por mucho tiempo no estuvo bien. Y no fue el único. Toda mi familia sufrió con él y se sintió culpable por nuestro alivio: gracias a Dios no fue él.

Newtown, Connecticut, está más o menos a una hora de mi casa. En 2012, recibí una llamada de mi niñera Ashley, cuyo primo estaba en primer grado en la escuela primaria Sandy Hook. Allí hubo un tiroteo y ella me preguntó si yo podía ir a casa para que ella estuviera con su familia mientras esperaban que su primo saliera. Pero él nunca salió.

A media noche, Ashley sería la única que identificaría su cuerpo, que recibió un disparo a corta distancia en la cara. Lloré mucho abrazando a mi pequeña hija mientras ella dormía, avergonzadamente agradecida: gracias a Dios no había sido ella.

Ese mismo día mi amiga Deb, que vivía en Newtown, estaba dando clases a un grupo de niños de primer grado en New Heaven. Los propios hijos de Deb habían ido a la misma escuela, al primer grado y habían ido al mismo salón donde el primo de Ashley y otros 19 niños fueron asesinados. Como mi tío, ella luchó para hacer frente a la tragedia y terminó dejando su trabajo. E incluso ahora, cinco años después, las secuelas de la matanza son dolorosas para la comunidad de Newtown. La última vez que conduje allí, avisos de “se vende” estaban por todos lados.

En 1999, cuando los estudiantes de la escuela secundaria de Columbine fueron asesinados por sus compañeros, yo estaba dándole clases a algunos de sus amigos a algunos kilómetros de distancia. Escuchamos que había un tiroteo en curso y que Columbine fue cerrada, pero nadie tenía celulares en ese entonces para comunicarse o tener noticias sobre el hecho.

No supe qué hacer. Yo tenía en ese entonces 24 años. ¿Cómo consuelas y le enseñas a un grupo de niños que sus amigos están muriendo? Recuerdo que intenté ser graciosa para animarlos. Me causa escalofríos pensar en lo que hice.

Mi hermana, mi mamá y mi papá, en ciudades diferentes, habían sido amenazados por asaltantes con armas, o que decían que tenían armas. Mi hermana, mi mamá, mi papá, mi madrastra y mi hija tuvieron que resguardarse en Cambridge, Massachussetts, durante un tiroteo entre la Policía y el atacante del maratón de Boston, en 2013. Mi hija tenía tres años.

Mencioné que vivía en el vecindario más seguro de una ciudad universitaria. Sin embargo, un hombre recibió un disparo en el patio del frente de mis vecinos. Esos vecinos eran mis amigos, y se mudaron. En un parque cercano donde suelo correr, tres estudiantes fueron asaltados y apuntados con armas de fuego a las 10 a.m., un domingo. Dejé de correr durante seis meses. Me sentía terrible. Volví a correr otra vez. Pero aún así me sentía terrible.

Y hace menos de quince días, estaba en Las Vegas por tres días. Me encontré con mucha gente. ¿Fueron ellos algunas de las casi 500 personas contra las que disparó un hombre cerca de donde yo había estado? No lo sé. Me sentí aliviada de haber salido de allí, pero la bilis de la culpa del sobreviviente me plagó otra vez: gracias a Dios no había sido yo.

Solía pensar que las armas eran divertidas. Solía disparar rifles y armas de mano en un campamento de verano con mi papá y mi tío Danny. Cuando trabajé como gerente de marca en Mattel, la compañía fabricante de juguetes, no me sorprendía saber que las niñas disfrutaran “el patrón de juego de proyectiles” como muchos niños lo hacían. Era excitante dispararle a cosas. Nunca podría juzgar a nadie que quiera tener un arma. Por el amor de Dios, cuando estaba embarazada y me casé en Las Vegas, fuimos a disparar armas semiautomáticas vestidos con el traje de bodas.

Pero ahora, ya no creo que las armas sean algo divertido para nada. Si tienes un arma, tal vez pienses, “Oye, idiota, no tengo un arma por diversión, sino por mi propia seguridad”. Y entiendo. Yo también estoy preocupada por mi seguridad.

Pero no se trata solo de los heridos por armas y víctimas que causan titulares lo que nos está desangrando, sino también los efectos indirectos devastadores de la violencia. Toda la gente amenazada y aterrorizada, los problemas de salud y de salud mental, el costo de esos problemas y la pérdida del trabajo, el miedo, la ansiedad, la pérdida de relaciones, el estrés postraumático, la duda, la culpa de sobreviviente…

No todos estamos de acuerdo sobre la mejor manera de mantener seguras a nuestras familias y comunidades, pero la mayoría de nosotros sí estamos de acuerdo en muchas cosas. Como que las armas diseñadas para matanzas masivas no deberían estar en manos de civiles. Y que las leyes de registro de antecedentes deben mejorar. Y que, por amor de Dios, las víctimas necesitan atención médica. Avancemos con amor y certeza de que podemos prevenir la violencia armada, y que lo haremos.