Nota del editor: Tanzina Vega cubre temas de raza y desigualdad para CNNMoney y actualmente está de licencia y hace parte del programa de profesores de periodismo de la Universidad de Princeton. Puedes seguirla en @tanzinavega. Las opiniones expresadas en este texto son exclusivas de la autora.

(CNN) - Mientras los estadounidenses veían la devastación en Puerto Rico, la semana pasada, yo leí, escuché y publiqué información en mis cuentas de redes sociales. Luego comenzaron a llegar burbujas de texto a la pantalla de mi teléfono celular:

“¿Tu familia está bien?”, preguntaban.

“Estoy rezando por ti”, decían.

Me sentí en conflicto sobre cómo responder. De alguna manera, las cosas están “bien”. Los pocos miembros más cercanos de la familia que tengo en la isla están vivos. Algunos capearon el paso del huracán María desde el continente y están tratando de volver a sus comunidades para evaluar las ruinas que los esperan.

Sin embargo, muchos puertorriqueños en la isla y en la enorme diáspora tenemos un largo camino que recorrer antes de volver a estar “bien”.

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El famoso barrio de La Perla, en San Juan, es uno de los más afectados por el paso del huracán María, que es es el primero de categoría 4 o más cuyo ojo toca tierra en Puerto Rico en 85 años. (Crédito: Alex Wroblewski/Getty Images).

El estatus de la isla como territorio de Estados Unidos y, por extensión, su peculiar y colonial relación con EE.UU.– quedó expuesta al resto del mundo como las raíces de los árboles que quedaron desnudos por la fuerza de los vientos y la lluvia provocados por el huracán. En un devastador comunicado público, un grupo de intelectuales y activistas de Puerto Rico dijo: “El mundo ha descubierto en los últimos días lo que nuestra historia siempre ha hecho visible, obstinadamente, para nosotros”.

Los efectos del huracán María forzarán a algunos habitantes a dejar la isla y sus hogares. La actual crisis fiscal ya precipitó una masiva pérdida de talento en la isla. Podríamos estar en el precipicio de otra gran crisis de migración hacia el continente.

Pero la crisis también podría significa un nuevo despertar político entre los puertorriqueños ansiosos de revisar el estatus colonial de la isla y de prevenir una mayor degradación económica y cultural.

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Muchos estadounidenses no son conscientes de la pobreza que los puertorriqueños que están en la isla han soportado. Los ingresos familiares anuales promedio en Puerto Rico son de aproximadamente 19.000 dólares y cerca del 43,5% de la población vive en la pobreza.

Algunos, incluso, todavía no saben que somos ciudadanos estadounidenses o que tenemos una larga historia de haber servido en el Ejército de Estados Unidos. (Mi abuelo materno, por ejemplo, estuvo en la Segunda Guerra Mundial). Y aunque los puertorriqueños que viven en la isla están exentos de pagar el impuesto sobre la renta, pagan miles de millones de dólares cada año en otros impuestos federales.

La isla se prepara ahora para su mayor reconstrucción, y sus efectos culturales, económicos y psicológicos tardarán años en verse.

Los puertorriqueños siempre han tenido una relación desequilibrada cn Estados Unidos: es un estado permanente de sí, pero no. Somos ciudadanos estadounidenses de nacimiento, pero los que viven en la isla tienen derechos limitados. No pueden votar para presidente y no tienen voto en el Congreso. Políticas obsoletas como la Ley Jones, que exige que todos los bienes transportados entre puertos estadounidenses sean movilizados en barcos construidos, poseídos y operados por estadounidenses, han lastimado aún más la economía de la isla.

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Son reportera nacional de CNN y ahora enseño en Princeton, pero también soy una mujer puertorriqueña de Nueva York, una nuyorriqueña, una boricua. Pasé la mitad de mi infancia visitando a mi familia en la isla en muchas de las ciudades que quedaron destruidas por el huracán María, incluyendo Utuado y Arecibo.

Generaciones de mi familia han vivido y muerto en la isla. Muchos de mi generación crecieron con íconos puertorriqueños como Sonia Sotomayor, Jennifer Lopez, Ricky Martin y Lin-Manuel Miranda. Yo daba por hecho que el Puerto Rico que conocía siempre iba a existir. Como mis abuelos, pensaba que algún día podría volver y tener allí mi pequeña porción de paraíso.

Después de María, un horroroso informe de The Washington Post describió a Utuado como una “prisión” con habitantes atrapados por deslizamientos de tierra, vías intransitables y escasez de alimentos, agua potable y energía eléctrica.

¿Algo bueno?

La respuesta al paso de María también podría hacer que los puertorriqueños se comprometan más en lo político. “Es una llamada de atención para los puertorriqueños en la diáspora”, dijo Elizabeth Aranda, profesora de Sociología de la Universidad del Sur de Florida y autora del libro "Puentes emocionales hacia Puerto Rico". “Lo que les afecta a ellos en la isla, nos afecta a nosotros”, asegura.

Según Aranda, los puertorriqueños pagan impuestos, pagan precios muy altos por bienes de consumo y sirven como campo de prueba de todo tipo de experimentos. De hecho, las mujeres de Puerto Rico fueron usadas, particularmente, para las pruebas de productos farmacéuticos que van desde el control de la natalidad hasta opioides como el OxyContin.

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Durante su visita a la isla, la semana pasada, el presidente Donald Trump tiró rollos de toallas de papel a la multitud y destacó cruelmente cómo pocas personas habían muerto y cuánto le costarían a Estados Unidos los esfuerzos de recuperación. Añadió más dolor al dolor que los puertorriqueños ya estaban sintiendo, en una forma que Aranda describe como “violencia simbólica”.

Muchos puertorriqueños pueden estarse preguntando ahora: ¿realmente este es mi país?

Los veranos que pasé en Puerto Rico hacen parte de los mejores momentos de mi infancia. Eran un escape a la presión que muchos de nosotros experimentábamos en el continente.

Cuando murió mi abuelo en Utuado, yo llevaba cerca de un año de haber publicado mi primer artículo en The New York Times. Pasé el día anterior al funeral limpiando los cajones de su cuarto y encontré muchos papeles que él guardó por décadas, incluyendo un certificado de cuando estudió inglés de noche en Nueva York y recibos de clases de cómo reparar lavadoras y otros electrodomésticos. Incluso fue mesero en la cafetería del New York Times. Y aunque su inglés no fuera muy avanzado como para leer el periódico, a veces llevaba una edición a su casa para que su primo la leyera.

Cuando murió, puse en el ataúd un periódico cuya primera página tenía una historia escrita por mí. “Lo logramos, abuelo”, le dije.

Hoy, mientras veo cómo la isla que amo trata de reconstruirse, solo puedo esperar que lo hagamos de nuevo.