Nota del editor: Camilo Egaña es el conductor de Camilo. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor.

Lo contaba Paco Umbral, cuyos artículos vestían cualquier periódico que los publicara; que Rafael Sánchez Mazas, el intelectual falangista que acuñó la consigna ¡Arriba España!, le dijo una vez a alguien: “Con el trabajo que le cuesta a usted fingir una cultura que no tiene, podría haberse hecho una cultura de verdad”.

Debe ser terrible para los políticos que no se leen ni la palma de la mano, acudir a una Feria del Libro y echar mano de una cultura portátil. Debe ser como andar con una prótesis que te queda estrecha.

Al presidente mexicano le seguirá hasta el último aliento aquella escena que protagonizó en 2011 en la Feria del Libro de Guadalajara.

Enrique Peña Nieto era entonces el candidato presidencial del PRI y las encuestas decían que tenía todas las de ganar. Le pidieron que citara tres libros que hubieran sido importantes en su vida. Incapaz de decir algo como Dios manda balbuceó que había leído la Biblia, “pero no toda”.

Después confundió a Enrique Krauze con Carlos Fuentes; la gente murmuraba y Peña Nieto miraba a sus colaboradores buscando algún tipo de apoyo. Fueron cinco minutos que parecieron cinco siglos.

Ya sé que no todo es orégano en el huerto. Justin Trudeau, el primer ministro canadiense, por el que mi sobrina suspira y mi esposa sonríe, es filólogo y habla de libros y escritores con la misma energía que Donald Trump habla bien de sí mismo y mal de los que no le aplauden.

Y Lenín Moreno, me demostró en Quito hace poco, que es un lector voraz que va de la literatura latinoamericana contemporánea a la física cuántica como yo voy del arroz congrí a la yuca con mojo: sin transición y con alegría.

Pero salvo esas excepciones egregias, que no hacen sino confirmar la regla, algunos políticos creen que los libros muerden. Sin embargo, en el colmo del despropósito se permiten opinar sobre, por ejemplo, la crueldad de ciertas historias infantiles.

Lo que deberían hacer además de leer, es trabajar con ahínco para que la realidad deje de imitar tales historias. Que a la Bella Durmiente no hay quien la despierte de tanto opiáceo en sangre… Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de EE.UU. calculan que, cada día, la epidemia de adicción a los opiáceos con receta médica, mata a unas 91 personas en el país.

Pero esa es otra historia y yo quería hablar de libros y se han colado, una vez más los políticos. Uf…

Algunos políticos creen que los libros muerden. Sin embargo, en el colmo del despropósito se permiten opinar sobre, por ejemplo, la crueldad de ciertas historias infantiles

Camilo Egaña