Nota del editor: Azeem Ibrahim es profesor emérito del Center for Global Policy y es autor del libro “The Rohingyas: Inside Myanmar’s Hidden Genocide” ("Los rohinyás: dentro del genocidio oculto de Myanmar"). Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente del autor.

(CNN) - La crisis de los rohinyás en Myanmar se describe ampliamente a estas alturas como una limpieza étnica. Pero la situación ha ido evolucionando. Y ahora, parece que ya no podemos evitar la conclusión que todos hemos estado temiendo. Esto es un genocidio. Y nosotros, en la comunidad internacional, debemos reconocerlo como tal.

El Artículo II de la Convención contra el Genocidio de la Organización de Naciones Unidas de 1948 describe al genocidio como “cualquiera de los actos a continuación cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso: matar a los miembros del grupo; causarles serios daños, físicos o mentales, a los miembros de un grupo; imponer de manera deliberada a ese grupo condiciones de vida que acarrearían su destrucción física, parcial o total; imponer medidas con la intención de prevenir la natalidad dentro del grupo, y trasladar de manera forzosa a niños del grupo a otro grupo”.

Aunque la situación de los rohinyás cumple muchos de los criterios citados para ser descrita como un genocidio bajo la legislación internacional hace ya varios años, la etiqueta ha sido resistida hasta ahora porque pensamos que un genocidio es un acto de violencia frenética, como la locura del machete en Ruanda o las cámaras de gas de la Alemania nazi.

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Pero en todos los casos históricos, la cumbre máxima de la violencia es apenas la punta visible del iceberg. Y el estallido final solo ocurre una vez que ya se ha convertido en inevitable por el contexto político.

En Ruanda, durante años se difundió en emisoras de radio y revistas la propaganda de la tribu hutu refiriéndose a los tutsis como cucarachas y como una amenaza mortal para los hutus, que necesitaba ser eliminada para que los hutus no murieran. Era matar o morir. La frenética matanza no fue algo que se les ocurrió a los hutus un día en abril de 1994. Fue la conclusión lógica de una campaña de deshumanización y paranoia que duró muchos años.

Lo mismo ocurrió con el Holocausto judío. El genocidio nazi inició lentamente y tuvo unos pocos brotes distintivos de violencia para delinear dónde terminaba un grado de crimen contra la humanidad y dónde comenzaba otro.

En conjunto, ese genocidio se desarrolló y desplegó en un periodo de más de 10 años. La mayor parte de ese tiempo no se tomó con la matanza de judíos, gitanos y los demás “subhumanos”. Más bien se utilizó para la fabricación de la categoría “subhumanos” por parte de la propaganda estatal. Una vez que el problema fue fabricado y vendido a la población en general, la “solución final” se hizo viable.

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El patrón del genocidio moderno

En Myanmar, monjes budistas extremistas han estado predicando que los rohinyás son la reencarnación de víboras e insectos. Asesinarlos no se consideraría un crimen contra la humanidad, aseguran, sino que más bien sería como hacer un control de plagas.

Y un control de plagas necesario. Al igual que la conspiración tutsi para matar a todos los hutus o los Protocolos de los Sabios de Sión, se supone que los rohinyás son agentes de una conspiración islámica global que pretende controlar el mundo y establecer a la fuerza un califato global. El deber de cualquier buen budista que quiera mantener el carácter nacional y religioso de Myanmar es evitar que los islamistas tomen el poder y, por lo tanto, eliminar la amenaza que representan las “alimañas”.

Todo genocidio moderno ha seguido este patrón. Años de campañas de deshumanización son el prerrequisito absolutamente necesario para cometer los asesinatos masivos al final. Usualmente, estas campañas son impulsadas por gobiernos represivos, pero otras fuerzas políticas también juegan un papel. Tal fue el caso en Bosnia, Darfur y Ruanda. Y también lo es en Myanmar.

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La campaña de deshumanización contra los rohinyás ha estado ocurriendo por décadas y la situación ciertamente tomó un giro inequívoco hacia el genocidio, por lo menos desde el estallido de la violencia contra la comunidad en 2012. Estos enfrentamientos y los que tuvieron lugar en los años siguientes, expulsaron de Myanmar entre 200.000 y 300.000 rohinyás.

Pero de alguna manera, a ese ritmo de desgaste y en el contexto del supuesto avance de Myanmar hacia la democracia, con la elección de la Premio Nobel de Paz Aung San Suu Kyi a finales de 2015, los líderes mundiales han anidado la esperanza de que la situación podría revertirse.

Ahora, la realidad de un éxodo de otras 600.000 personas en un periodo de seis semanas, la evidencia incontrovertible de la quema de las aldeas a gran escala por parte del ejército de Myanmar que los militares llaman operaciones de limpieza de terroristas, y los informes de asesinatos extrajudiciales generalizados contra civiles que huyen de la violencia por parte de las fuerzas federales del país, hacen aún más difícil evitar la conclusión: esto es un genocidio. Ya no tenemos solamente el ambiente genocida de lenta combustión que arrastra a un pueblo a su extinción final.

Ahora nos estamos enfrentando a la fuerte explosión final. ¡Más de la mitad de la población total ha sido expulsada de sus tierras ancestrales en tan solo ocho semanas!

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La tragedia es que la comunidad internacional será cómplice de esto. El Consejo de Seguridad de la ONU se negará a responder a la situación con la seriedad que requiere. Si la situación es definida por el Consejo como “genocidio”, entonces la ONU queda legalmente obligada a intervenir, con una misión de paz y etcétera. Esta es la razón por la que los países occidentales estarán reacios a tomar este camino y China, que está construyendo una parte de su infraestructura de la Nueva Ruta de la Seda a través del estado de Rakhine para acceder al puerto de Sittwe, probablemente vetará cualquier propuesta de este tipo.

Al igual que lo hicimos con Ruanda, al igual que lo hicimos en los Balcanes, estamos nuevamente viendo un genocidio ocurrir frente a nuestros ojos y no haremos nada al respecto. Enterraremos nuestras cabezas en la arena y cuando nuestros hijos nos pregunten porqué permitimos que esto ocurriera, alegaremos ignorancia. Una vez comienza la matanza final, generalmente es demasiado tarde. Para los rohinyás, el acto final está en pleno apogeo y todavía estamos negando lo que está sucediendo.