Nota del editor: Peter Bergen es analista de seguridad nacional de CNN, vicepresidente de New America Foundation y profesor de práctica de la Universidad Estatal de Arizona. Es el autor de "Manhunt: The Ten-Year Search for Bin Laden – From 09/11 to Abbottabad" y de “United States of Jihad: Investigating America’s Homegrown Terrorists”. Esta es una versión actualizada de esta columna que fue publicada el mes pasado. 

(CNN) - Los estadounidenses suelen verse a sí mismos como miembros de una nación excepcional y, de muchas maneras, lo son. Pertenecen a una sociedad tolerante y multicultural que ha llevado al mundo a un futuro más innovador y más incluyente, a través de nuevas tecnologías y de una aceptación realmente única de diversas culturas.

Pero Estados Unidos también ha liderado el mundo de muchas otras formas que no coinciden con la complaciente autoconcepción que muchos estadounidenses tienen de su propio país. Estados Unidos tiene a más personas presas, proporcionalmente hablando, que cualquier otro país en el mundo, incluyendo regímenes autoritarios como Rusia y China, según el Centro Internacional de Estudios Penitenciarios.

También es líder en otra estadística cuestionable: es el país desarrollado en el que más ciudadanos son asesinados por conciudadanos armados, según el Estudio de Armas Pequeñas.

Solo en 2011, según las estadísticas del FBI, más de 11.000 estadounidenses fueron asesinados con armas de fuego en Estados Unidos (y esta cifra no incluye suicidios).

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A pesar de todas las preocupaciones razonables que hay en Estados Unidos sobre el terrorismo yijadista, en un año cualquiera los estadounidenses tienen 2.000 veces más probabilidades de ser asesinados por otros estadounidenses armados que por un terrorista yihadista. Desde los ataques del 11 de septiembre del 2001, 103 estadounidenses han sido asesinados por terroristas yihadistas, en promedio seis estadounidenses por año, según información de New America. Solo la semana pasada ocho personas murieron en un ataque terrorista en el Bajo Manhattan.

En contraste, en Gran Bretaña, un país similar a Estados Unidos en términos de leyes y cultura, sufre entre 50 y 60 muertes con armas cada año. Y se trata de un país que tiene casi una quinta parte de la población total de Estados Unidos. En otras palabras, en Estados Unidos tienes 40 veces más probabilidades que en Gran Bretaña de ser asesinado por una persona con un arma.

Sí, en Europa hay ataques ocasionales que dejan muchas víctimas y son llevados a cabo por personas armadas, como el neonazi Anders Breivik, quien mató a 77 personas en Noruega en 2011, o el ataque en un colegio de Dunblane (Escocia), donde murieron 16 niños en 1996, pero esas son excepciones a la regla.

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Aún no sabemos qué motivó a Stephen Paddock, quien el mes pasado llevó a cabo el tiroteo masivo más mortífero de la historia moderna de Estados Unidos, matando al menos a 58 personas y dejando heridas a más de 500, pero lo que sí sabemos, hasta el momento, es que tenía al menos 10 rifles en la habitación desde la que lanzó el ataque.

Paddock, además, es de Nevada, un estado que permite que sus habitantes muestren públicamente sus armas. ¿Qué otro país civilizado permite que sus ciudadanos lleven y muestren públicamente, digamos en un lugar cualquiera como un Starbucks, armas semiautomáticas?

Texas es otro estado donde los cuidados pueden llevar abiertamente rifles y armas. Y este domingo un hombre armado mató a al menos 26 personas en una iglesia de Sutherland Springs, Texas. Los detalles de esta masacre aún no se conocen.

Un hombre que vive cerca de la iglesia que tiene su propio rifle le disparó al tirador, según Freeman Martin, un funcionario de seguridad estatal de Texas. “El sospechoso lanzó su arma, que era un rifle de asalto tipo Ruger AR y huyó de la iglesia”, según Martin.

Claro, la Segunda Enmienda es la Segunda Enmienda, así que las leyes permiten que los ciudadanos posean armas. Pero es muy poco probable que la intención de los llamados padres fundadores de la patria fuera permitir que ciudadanos estadounidenses perturbados adquieran arsenales y asesinen a tantos ciudadanos estadounidenses como sea posible.

Con cada nuevo ataque —desde la masacre de Sandy Hook hasta la masacre en el bar Pulse de Orlando— surge un examen de conciencia del público estadounidense y de algunos formuladores de políticas sobre la cultura de las armas que se ha desarrollado en Estados Unidos en los últimos años. Pero el momento de autorreflexión también pasa rápidamente.

Esto beneficia al músculo político de la Asociación Nacional del Rifle, que defiende la Segunda Enmienda con un absolutismo que permite que incluso los menos de 1.000 estadounidenses que están excluidos de la lista de personas que pueden adquirir legalmente armas semiautomáticas, lo hagan.

Solo podemos esperar que los eventos trágicos cambien esto. Sin embargo, dadas las tragedias anteriores que no cambiaron esta ecuación mortífera, tenemos muy pocas razones para ser optimistas.

Eso nos lleva a un futuro distópico en el que los que vayan a algo tan inocuo como una fiesta en San Bernardino en 2015, una discoteca en Orlando, en 2016, o un concierto de música country en Las Vegas, en 2017, o a la iglesia en un tranquilo pueblo de Texas, deben vivir con la realidad letal de que pueden convertirse en las víctimas inocentes de ciudadanos estadounidenses como ellos, muy bien armados.