(CNN) – Preparan comidas improvisadas en los microondas de sus habitaciones de hotel, hacen las tareas en el lobby y todavía están aprendiendo a utilizar el metro.

Cada día representa una nueva adaptación para Liz Cruz y su familia en esta ciudad invernal y desconocida, a más de 2.574 kilómetros de su hogar.

La familia –desarraigada a principios de diciembre de un Puerto Rico devastado por el huracán María– ha estado viviendo en el hotel Fairfield Inn & Suites, en el bajo Manhattan. Durante sus primeras horas en Nueva York, caminaron 9,6 kilómetros bajo el inclemente frío hasta un centro comunitario de East Harlem que asiste a las familias desplazadas. Les tomó dos horas y media.

“Estos niños han aprendido el significado del sacrificio”, señaló Cruz, quien guarda una gruesa carpeta de documentos que narran el viaje de su familia desde Isabela, al noroccidente de Puerto Rico, hasta la parte continental de Estados Unidos.

Cuatro meses después de que el huracán María azotara la isla, Cruz y su familia están entre los más de 3.000 puertorriqueños desplazados que viven en hoteles de 40 estados de la parte continental de EE.UU., según la Agencia Federal para Manejo de Emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés).

Su elegibilidad para una vivienda temporal es evaluada cada 30 días. Y mientras esperan tener un hogar a largo plazo, en medio de habitaciones pagadas por el programa de Asistencia de Refugio Transitorio de la FEMA, su futuro aquí es incierto.

“La gente está desesperada”, dijo Edwin Melendez, director del Centro de Estudios Puertorriqueños en el Hunter College de Nueva York. “Estas familias tendrán que decidir si van quedarse o a regresar a Puerto Rico”, completó.

Liz Cruz, a la derecha, su esposo Elvin González y sus tres hijos en el lobby de su hotel de Manhattan.

Un ‘apocalipsis zombie sin los zombies’

Para la mayoría de las familias, quedarse en Puerto Rico después de que María lo devastara en septiembre pasado no era una opción viable.

Gran parte de la isla aún sigue sin electricidad y agua corriente. Casi medio millón de personas todavía no tienen energía, de acuerdo a la autoridad encargada.

En las secuelas del huracán, la comida y los suministros eran escasos.

“Me despertaba todos los días sin saber cómo iba a alimentar a mis hijos”, relató Cruz, de 34 años.

María azotó una isla donde sus 3,4 millones de ciudadanos ya estaban luchando con el desempleo y la pobreza. Miles fueron evacuados de la ciudad en la que vivía la familia cuando se reportaron grietas en la represa cercana de Guajataca, tras el huracán.

“Fue literalmente el apocalipsis zombie sin los zombies”, soltó la hija mayor de Cruz, Yadaliz Morales, de 17 años.

Más de 170 personas todavía viven en nueve refugios de la isla, según el gobierno de Puerto Rico. FEMA ha llevado a casi 900 más a los hoteles.

Lucia Alicea y su esposo Bienvenido Ramirez han estado en el hotel desde diciembre pasado.

“Todo ha sido excepcional”, señaló Mike Byrne, coordinador federal de FEMA, refiriéndose a la distribución sostenida de alimentos, combustible y agua más larga en la historia de la agencia. “Hemos superado todos los récords para la respuesta que hemos tenido ante cualquier otro desastre”, detalló.

Mientras tanto, varios miles de puertorriqueños permanecen en el limbo en Estados Unidos, viviendo en refugios, en hoteles o con sus familiares. Y se espera que la isla experimente una disminución acumulada del 19% de su población durante los próximos cinco años, según cálculos del gobierno.

Muchos de quienes huyan de la devastación que dejó María terminarán en Florida, Nueva York, Connecticut y Massachusetts, en lo que según los expertos podría ser el mayor éxodo al continente de EE.UU. desde la década de 1950.

Más de 10.300 estudiantes puertorriqueños se han matriculado en los distritos escolares de la Florida, según una encuesta del Centro de Estudios Puertorriqueños. Otros 2.050 estudiantes desplazados de la isla fueron inscritos en distritos escolares en el estado de Nueva York, señaló Meléndez, citando cifras del departamento de educación del estado.

Se supone que el programa de asistencia para refugio de FEMA es un puente hacia la vivienda a largo plazo, que ya de por sí es escasa en muchas de las ciudades que acogen a los recién llegados. El programa fue extendido hasta el 20 de marzo.

“La vivienda es un problema complejo y, en esta etapa del evento, es el mayor desafío”, reconoció Byrne de FEMA. “Nadie con una familia quiere vivir en la habitación de un hotel”, añadió.

“No puedo hacer esto, mami”

Un puñado de familias puertorriqueñas viven en el nada lujoso hotel Fairfield Inn & Suites, cerca de Chinatown, a la sombra del puente de Manhattan. Sus habitaciones insulsas cuentan con una mini-nevera y microondas. Las familias suelen reunirse en la planta baja para el desayuno gratuito con huevos revueltos, tocino y salchichas, café y jugo.

Milagros Bosse, una veterana de la Marina que tiene 32 años, llegó a finales de diciembre con sus cuatro hijos pequeños.

Bosse proviene del municipio de Juncos, en el centro-este de Puerto Rico. Su casa de alquiler fue dañada por el huracán Irma, que pasó por la parte norte de la isla días antes que María.

Después de María, Bosse relató que debió dormir con sus hijos en la sala de la casa de su madre, donde había varias goteras. No contaban suficientes almohadas o mantas. Las comidas consistían en cereales para el desayuno, alimentos prefabricados del gobierno para el almuerzo y todo lo que podían buscar para la cena. No había energía. Les tocaba hervir agua de lluvia para poder beber algo.

Una tarde, a principios de diciembre, su hija de nueve años Taina –“la más fuerte”, según Bosse– se derrumbó. La noche ya se había puesto y el viento aullaba.

“No puedo hacer esto, mami”, le dijo Taina a su madre. “Necesitamos luz. Necesitamos agua. ¿Por qué a nadie le importa? ¿Por qué no podemos simplemente vivir de forma normal?”, insistió.

En lágrimas, la madre de Bosse le imploró a su hija que abandonara la isla por el bien de los niños.

Las organizaciones de socorro ayudaron a Bosse a comprar boletos de avión hasta Miami, y los familiares reunieron dinero para un viaje en tren de Amtrak a Nueva York.

Milagros Bosse con sus cuatro hijos (de izquierda a derecha): Tron, Julian, Taina y Terence.

‘Estamos a salvo. Estamos calientes’

Con poco dinero disponible, después de permanecer en un hostal por más de una semana, Bosse solicitó el refugio transitorio de FEMA. La familia se registró en el hotel de Manhattan unos días antes de Navidad, narró.

“A los niños no les importaba que no hubiera regalos”, dijo Bosse. “No había árbol de Navidad. Lo único que les importaba era que tuviéramos luz. Tenemos agua. Estamos seguros. Estamos calientes”, continuó.

En el hotel, ella y sus hijos comparten un par de camas tamaño queen. Las luces permanecen encendidas durante la noche porque Taina le teme a la oscuridad.

La niña y sus hermanos –Tron de 11 años, Terence de 8 y Julián de 7– acaban de comenzar la escuela en Manhattan. Sus maletines, cuadernos y lápices fueron donados. Los trabajadores del hotel les dieron ropa.

Bosse explicó que espera alquilar un apartamento a través de un programa federal para veteranos sin hogar. Su estancia en el hotel se acaba el Día de San Valentín.

En la cafetería de Fairfield Inn & Suites, donde las familias desplazadas desayunan, Bosse ayuda a sus hijos con la tarea.

“Les gusta la rutina”, señaló. “Trato de hacerlo lo más normal posible para ellos”.

Bosse busca trabajo mientras los niños están en la escuela. Ella también ayuda al ama de llaves del hotel a aspirar y a tender las camas.

“Extraño tener un hogar y hacer pequeñas cosas”, añadió. “Extraño limpiar, cocinar y lavar los platos”.

En la víspera de Año Nuevo, ella acostó a los niños temprano pero los despertó a la medianoche.

“Los besé y le agradecí a Dios por permitirnos estar aquí”, completó.

Ver caricaturas y revisar Facebook

Bienvenido Ramirez revisa su teléfono inteligente para buscar de noticias sobre su hogar.

Dentro de una habitación en el segundo piso del Fairfield Inn & Suites, Bienvenido Ramírez, de 77 años, a veces hace sopa de salchicha de cerdo para él y su esposa, Lucia Alicea.

Pone el agua en el microondas hasta que esté bien caliente, luego le agrega fideos, ajo, cebolla, salsa, cilantro y salchichas. Después, lo vuelve a poner en el microondas un poco más.

Él y su esposa, de 71 años, llegaron a Nueva York el 7 de diciembre provenientes la ciudad costera de Lajas, en el sur de Puerto Rico.

En el aeropuerto de San Juan, el día en que se marcharon, otras 19 personas de su barrio estaban tomando vuelos al continente de Estados Unidos, dijo.

Ramírez, que alguna vez vivió en Nueva York por cinco años, explicó que su vuelo lo pagaron viejos amigos de una iglesia de East Harlem a la solía asistir.

Sus amigos están preocupados por su salud. Él camina con un bastón después de que una cirugía de rodilla lo dejara con un nervio comprimido. El marcapasos, implantado hace más de una década, ya necesita ser reemplazado.

“Me gustaría quedarme en Nueva York hasta que pueda resolver estos problemas de salud”, reconoció.

Alicea rara vez sale del hotel por el frío. Para pasar el tiempo, se ha dedicado a mirar dibujos animados.

“El huracán me ha devuelto a mi infancia”, explicó. “No me puedo quejar. El personal del hotel ha sido bueno con nosotros. Tenemos una habitación y desayuno”, añadió.

En su teléfono móvil, Ramírez reproduce música antigua de la isla. También pasa algún tiempo en Facebook, leyendo mensajes de vecinos y amigos en Lajas.

“Así es como me mantengo al tanto de todo lo que sucede en casa”, indicó.

Lucia Alicea explica que pasa tiempo en su habitación viendo dibujos animados.

La pareja se quedó con unos amigos en East Harlem durante algunos días antes de mudarse al hotel, donde ahora se relaciona con otras familias desplazadas.

“Hemos llegado a conocernos entre nosotros aquí”, relató Alicea. “Nos sentamos a desayunar y escuchamos lo que otros pasaron. Esto nos acerca”.

“¿Por qué tenemos que ser tratados así?”

Liz Cruz teme por el futuro de su familia. Está preocupada por los niños.

Su hija Yasmin Morales, de 13 años, se derrumbó durante una tormenta de nieve a principios de este mes, sollozando incontrolablemente en la modesta habitación que comparte con sus dos hermanos mayores. “Este es el huracán María otra vez”, le dijo a su madre.

“Mis hijos todavía están traumatizados”, aseveró Cruz.

Recientemente, sus tres hijos adolescentes comenzaron a ir a la escuela en Nueva York. Su padre de 79 años y su esposa viven en otra habitación del hotel.

Ella y su hija mayor visitaron hace poco una oficina gubernamental para solicitar cupones de alimentos. Su hija Yadaliz intentó traducir. El asistente social, frustrado por la barrera del idioma, les dijo: "No quiero este caso".

FEMA extendió su estadía en el hotel hasta el 14 de febrero. Pero lo que suceda después no está claro.

Su hija Yadaliz requiere un controles constantes por una condición cardíaca y de tiroides, dijo. Y Cruz supo la semana pasada que su hijo Kryss, de 14 años, tiene gripe.

El FEMA no discutirá casos individuales. Pero es posible que la familia sea forzada a salir a la calle.

“¿Por qué tenemos que ser tratados así?”, preguntó Cruz con sus ojos llenándose de lágrimas. “Solo queremos un techo sobre nuestras cabezas. Quiero trabajar. Quiero que mis hijos tengan lo que necesitan”, insistió.