Nota del editor: Deana Haggag es presidenta ejecutiva de United States Artists, una organización nacional de financiación de las artes con sede en Chicago. Las opiniones en esta pieza pertenecen al autor. Las opiniones pertenecen solamente al autor.

(CNN) - La cultura es una herramienta poderosa. Es la manera como cambiamos el mundo. Y durante ocho años, tuvimos una presidencia en Estados Unidos que sabía esto muy bien.

Como lo demostraron una y otra vez, Barack y Michelle Obama fueron adeptos a usar la cultura para comunicarse con el público de manera significativa.

Durante su tiempo en la Casa Blanca, el presidente Obama literal y figuradamente soltó el micrófono, se tomó un café en un auto con comediantes, hizo públicas sus listas de canciones en Spotify y cantó ‘Amazing Grace’ para calmarnos cuando más lo necesitábamos.

También teníamos una primera dama que les cantaba rap a los niños en el colegio, hablaba sobre los alimentos saludables en Plaza Sésamo, se unió a Missy Elliot para cantar en el ‘Carpool Karaoke’ y bailó en The Tonight Show.

Juntos, se mantuvieron cercanos a artistas y músicos y organizaron foros con figuras culturales destacadas.

Retrato del expresidente Barack Obama por Kehinde Wiley. (Crédito: courtesy de la Galería Nacional de Retratos)

También llenaron su hogar con obras de artistas como Alma Thomas, Glenn Ligon y William H. Johnson, lo que indica no solo buen gusto, sino un compromiso para construir una Casa Blanca más representativa.

Los Obama sabían cómo desplegar cultura. Y en esos momentos, fuimos testigos de una administración que no tenía miedo de cambiar con la tradición mientras, al mismo tiempo, respetaba la santidad del gobierno y de sus instituciones. La exprimera pareja pareció usar cada oportunidad a su disposición para impulsar la vida y cultura contemporáneas.

Y la presentación esta semana de sus retratos oficiales en la Galería Nacional de Retratos del Smithsonian no es la excepción.

Retrato de la exprimera dama de Estados Unidos, Michelle Obama por la artista Amy Sherald.(Crédito: courtesy de la Galería Nacional de Retratos)

Pintadas por el artista de Brooklyn Kehinde Wiley y la artista de Baltimore Amy Sherald, estos retratos tendrán un gran impacto en la sociedad estadounidense. Estos marcan un cambio trascendental en nuestro paisaje cultural, uno que nunca debió haber durado tanto tiempo, pero sin duda valió la pena haber esperado.

Para empezar, las pinturas son los primeros retratos presidenciales hechos por artistas negros en entrar a esta galería. Esta icónica ala del Smithsonian tiene ahora tiene un genio negro en su seno, y, tanto como el propio gobierno, la presencia de estos artistas en un espacio institucional que no debe ser subestimado.

“Retrato ecuestre de Felipe III” (2016) por el artista Kehinde Wiley. (Crédito: © Kehinde Wiley / Courtesy Sean Kelly, New York)

Por otra parte, tanto Wiley y Sherald son pintores contemporáneos estadounidenses con un don para honrar la tradición de su oficio, mientras que llevan sus límites a un verdadero estilo.

Tanto como los Obama, los artistas se muestran propensos a equilibrar lo esperado con lo vanguardista, ofreciendo un refrescante —y muy necesitado— cambio en las tradiciones de los retratos presidenciales.

Con esto, se marca otro ejemplo en el que el mundo del arte ha elegido moverse con la sociedad en lugar de permitir que se estanque.

Creo que sentiremos los efectos culturales del tiempo de los Obama en la Casa Blanca durante las próximas generaciones. Estos retratos marcan otro momento crucial tanto en su legado como en la historia de Estados Unidos. De muchas maneras, estos retratos me hacen sentir esperanza de que podemos vivir en un país que es verdaderamente representado por la diversidad de su gente.

También me hace sentir esperanzada de que podemos hacer una nación que cree en ofrecerles oportunidades a aquellos que se las merecen.

Y por tanto, recuerdo esas palabras del pintor expresionista abstracto Gerhard Richter: “El arte es la forma más elevada de la esperanza”. Durante años, he vuelto a esas palabras para recordarme que el cambio solo es posible cuando hay esperanza, y esa capacidad del arte de desplegar esperanza no tiene límites.

Estoy de acuerdo con Richter y encuentro su sentimiento particularmente apto en el contexto de un gobierno cuya campaña presidencial estuvo basada en la esperanza, y ganó.

Siempre ha sido trabajo de arte registrar los momentos. Hacemos arte para contar nuestras historias y reforzar nuestras historias. Pero también, a menudo, hacemos arte para presentar el mundo como debería ser, no siempre como es. No hay límite para el poder de una obra de arte que pueda postular ideas para una sociedad mejor y más justa. De nuevo, es la forma en que cambiamos el mundo.

Cultural, social y políticamente, estamos en un momento de profunda expansión como país.

Estos desarrollos vienen con nuestros propios dolores de crecimiento, que parecen ponernos a prueba cada día. Sin embargo, son momentos como la puesta en marcha de estos retratos lo que me recuerda que podemos, tenemos y seguiremos adelante.

Es momento para tener esperanza en el futuro y volver a comprometernos para construir una identidad cultural que sea verdaderamente representativa de la gente y la promesa de nuestra nación.