Hollywood (CNN) – Mi intención no es abrumarlos desde ya con posibles candidatos a los Premios Oscar del próximo año. Entiendo que apenas nos estamos recuperando de la resaca cinematográfica de la pasada entrega. Pero la idea sí es compartir con ustedes la que considero, en pleno marzo, la primera gran película de 2018. Una que además viene acompañada de controversia, lo que puede eventualmente ayudarle o afectarle de forma negativa.

No se trata de Black Panther. Sí, es la más taquillera en lo que va corrido del año, pero dudo que la Academia decida premiarla algún día con una nominación a mejor película.

Me refiero entonces a Isle of Dogs (Isla de Perros), que además de tener los méritos técnicos de la anterior cuenta con los artísticos para dejar muy rezagada a su antecesora.

Isle of Dogs –que tendrá su gran estreno nacional el 6 de abril pues ahora solo se puede ver de forma limitada en algunas ciudades de Estados Unidos– es lo más reciente del realizador estadounidense Wes Anderson. Se trata de un director de culto que no suele hacer películas animadas, pero que en 2010 estuvo nominado al Oscar gracias a Fantastic Mr. Fox, su estreno en el género animado, en el que utilizó por primera vez la técnica de “stop motion”, una que demuestra no solo la gran habilidad de los artistas que intervienen en ella, sino también su paciencia por el tiempo que consume su elaboración.

En lo que se refiere a aspectos como el diseño de producción, el guión, la música y la dirección, Wes Anderson y su equipo de colaboradores siempre han demostrado ser maestros, pero Isle of Dogs tiene este otro punto a su favor muy apetecido por los productores: su capacidad de ser atractiva para grandes y chicos por igual.

La polémica

La controversia que ha protagonizado Isle of Dogs se centra en críticas que la acusan de contar una historia enmarcada en la cultura oriental, específicamente la japonesa, desde una perspectiva muy occidental. Otros creen que se aprovecha de una cultura milenaria para presentar a personajes que no encajan en ella.

Justin Chang, un crítico del diario Los Angeles Times, se preguntaba entonces si esta representación idiosincrásica de la sociedad del lejano oriente por parte de un director estadounidense de raza blanca representaba un homenaje sincero o una falta de sensibilidad.

A grandes rasgos, la película cuenta la relación entre un grupo de perros en exilio forzado debido a una cuarentena y un niño que buscar encontrar a su mascota abandonada en la isla japonesa, donde la población canina ha sido enviada por orden de un despiadado gobernante.

En el debate que esta cinta ha generado, Marc Bernardin, un columnista de la publicación The Hollywood Reporter, comparaba su situación personal pasada, cuando co-escribió su primera historia para un cómic sobre monstruos en una isla del Pacífico. Algo que en su momento implicó comparaciones con Godzilla, pero que nunca dudó en llevarlo a cabo pese a no tener un origen asiático.

En ese sentido, los ejemplos de libertades o interpretaciones artísticas abundan y si bien algunas han llegado a ser desafortunadas, otras cuentan con sellos de garantía que las hace legítimas.

El año pasado, con la euforia inicial ante su inminente estreno y sin haberla visto aún, preferí esperar a que los mexicanos se pronunciaran sobre Coco, una cinta de animación concebida en gran parte por un equipo estadounidense y que retrataba una de las tradiciones más veneradas por la cultura mexicana: el Día de Muertos. Al final, los mexicanos la alabaron y la hicieron suya, lo que a mí me permitió verla sin prejuicio alguno. Hasta la Academia se enamoró de ella y con dos premios Oscar la incluyó en sus libros de historia.

Wes Anderson tampoco será el primer director en generar este tipo de desconfianza, pero siendo lo más objetivo posible –porque me considero gran admirador suyo–, creo que su única intención aquí era honrar a una cultura foránea de la que, se nota, hubo un cuidadoso estudio previo.

Ahora, si los perros hablaran, creo que no negarían que la cinta también es un homenaje para ellos. Y también para sus amos. Sé que es parte de toda una estrategia de promoción, pero hoy, desde San Francisco hasta Dublín, humanos y canes han compartido juntos esta película en diversas proyecciones previas a su estreno comercial.

Por eso, recomiendo Isle of Dogs no solo a los amantes del cine sino también a los de los animales. La considero entrañable, divertida, inteligente y para nada irrespetuosa con la cultura japonesa. Sin embargo, como ocurrió con Coco, me gustaría ver cómo recibe Japón a Isle of Dogs. Para ello habrá que esperar hasta finales de mayo, cuando se estrena allí.