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Opinión

OPINIÓN: Mi encuentro con el racismo anti-Latino

Por Juan Andrés Muñoz

Por Nick Valencia

Nota del editor: Nick Valencia es editor de la mesa nacional de noticias de CNN. Ha informado extensamente sobre la guerra contra el narcotráfico en México para CNN. También es presidente del capítulo de Atlanta de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos.

“¡Vete a casa!”, me gritó en inglés. “¿Por qué no vuelves a tu casa en México antes de que estropees este país como estropeaste el tuyo!”.

Estaba con un grupo de personas en el festival de música de Midtown, en Atlanta, la ciudad donde vivo. Unos minutos antes había conocido a un grupo de cinco personas que estaban de pie delante de mí, procedentes de la Ciudad de México, y habíamos empezado a hablar en español.

Atlanta cuenta con una creciente comunidad latina y yo estoy activamente involucrado en ella. Siempre que tengo oportunidad de hablar con alguien en español, me presento. Mis nuevos conocidos hablaban conmigo sobre lo bien que se lo estaban pasando y lo bien que lo había hecho Atlanta al recuperar el festival de música en el Piedmont Park.

Fue entonces cuando escuché los gritos de la mujer que estaba a mi lado. Por si el “vete a casa” en inglés no fuera suficientemente claro para mí, la mujer, blanca, de unos veintitantos, repitió las palabras en español.

“¡Vete!”

Me quedé congelado. No sabía qué decir y no quería creer que me estaba hablando a mí o al grupo de personas que acababa de conocer.

Como mexicano-estadounidense de tercera generación criado en Los Angeles, nunca me encontré con semejante racismo. De hecho, como mi familia llevaba mucho tiempo asimilada a la cultura de este país, entre mis amigos latinos siempre me consideraban el “pocho” o “el blanco” del grupo (mientras escribo esto, una parte de mí sabe que algún amigo mío en Los Angeles estará orgulloso de que alguien me considere lo suficientemente mexicano como para gritarme “vete a casa”).

Mis amigos mexicanos me recuerdan que primero era estadounidense y después mexicano y que mi inglés es mejor que mi español.

“Sí”, les digo. “Pero nunca podré entrar en un sitio y ser blanco”.

Evidentemente, para algunos el color más oscuro de mi piel significa que ni siquiera soy estadounidense. Mis amigos y mi familia me dicen que lo que experimenté esa noche es un microcosmos de lo que está pasando con los latinos en todo el país. No hace falta buscar mucho para encontrarlo. En las noticias, en el discurso político, en los programas de radio, en la conversación cotidiana parece que ya es aceptable tratar a los latinos de una forma negativa o antagónica, ya sean nuevos inmigrantes o afincados en Estados Unidos desde hace tiempo. La legislación anti-inmigrante que se ha propagado por el país ha dejado esto claro. Los hispanos de mi círculo han percibido el cambio. Y ahora entiendo lo que quieren decir.

Como muchos estadounidenses hijos o nietos de extranjeros, vivo en la intersección de mis dos culturas. Como tacos y me encantan las hamburguesas. Bailo salsa y escucho rock and roll. Hablo inglés y español, y dependiendo del grupo, a veces hasta Spanglish. Me encanta mi país y la cultura de mi comunidad. Mi dualidad es una realidad, como la de otros 50 millones de latinos en Estados Unidos.

He tenido más suerte que otros. Antes de este incidente, lo más cerca que había vivido el racismo había sido en la secundaria. Estaba en una banda de jazz y tocaba la trompeta. Un día, nuestro profesor de jazz invitó a su predecesor, una leyenda local que había hecho famoso el programa de jazz de la Escuela Eagle Rock en la década de los 80.

El instructor visitante me apuntó y me pidió que tocara 16 baras de música. Lo hice, pero enseguida me interrumpió.

“Alto, alto, alto. No quiero escuchar música mariachi. Esto es jazz”, dijo.

No le di mucha importancia. Por el contrario, me sentó mal que a la leyenda que tenía delante no le pareciera suficientemente bueno. Me fui a casa esa noche y, como hacíamos cada noche, a las 6:30 de la tarde, mi familia se sentó a cenar y a hablar de lo que había sido el día.

“¿Cómo te fue Nicky?”, me preguntó mi padre.

Así que se lo conté. Indignado, al día siguiente acudió al director de la escuela y presentó una queja formal. Aquella leyenda nunca volvió a visitar el programa de jazz. Meses después recibí una carta suya en la que me pedía disculpas por sus comentarios insensibles. Mi familia guardó la carta.

Mi padre era muy sensible con los temas relacionados con la identidad étnica y un hombre muy orgulloso de su origen latino. Hijo de un inmigrante salvadoreño nacionalizado y de madre mexicana de Texas, creció en Los Angeles en una época de tensiones raciales. De adolescente, me contaba historias sobre los disturbios raciales en su colegio, la violencia contra las personas de color y otros relatos espeluznantes de lo que tuvo que pasar como adolescente mexicano-estadounidense en los 60.

Murió cuando yo tenía 17 años, y una de las frases que me implantó en la cabeza antes de morir fue la famosa frase de César Chávez:

“Si se puede” — “Yes you can.”

Y ahora, aquí estaba yo, con 28 años, y esa desconocida gritándome que me fuera. Allí estaba yo, de pie, entre la multitud, en una tarde de Atlanta, sin entender nada mientras el aire se llenaba con las vibraciones de “Yellow”, de Coldplay.

No dije nada.

No tuve que hacerlo.

La multitud a nuestro alrededor se quedó mirando a la mujer, atónita. Algunos si dirigieron a ella, y le dijeron que se equivocaba al hablar así. El grupo de personas de la Ciudad de México la miró con disgusto, percatándose por mi mirada de que no estaba acostumbrado a escuchar eso, y me dieron su apoyo.

Uno de ellos me agarró la mano y la alzó.

“Estamos aqui”, dijo en español.

Fue el momento “sí se puede”.

La mujer siguió provocándonos, pero como no le respondimos a su odio, se calló.

La banda tocó algunas canciones más antes de que acabara el concierto y la multitud se dispersara.

Al marcharme, intercambié la mirada con la mujer.

“No creo que sepas a quién le dijiste eso”, le dije. Pensé para mí: soy tan estadounidense como tú.

“¿Qué?”, me dijo riendo. “¿Eres famoso o qué?”, se mofó.

No, pero al igual que los mexicanos con los que estaba, soy un ser humano. Y estoy en mi casa.

(Las opiniones expresadas en este comentario son exclusivamente de Nick Valencia)

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