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Mundo

Un exlíder comunista y un activista ciego desafían al Partido Comunista de China

Por CNN en Español

(CNN) — Se trata de dos hombres separados por un mar de poder y privilegios. Uno proviene del Partido Comunista chino, hijo de un héroe de la Revolución y aparentemente destinado a forjar el destino de China; el otro ha vivido a la sombra del Estado, pobre, perseguido y ciego.

El activista Cheng Guangcheng y el “heredero” Bo Xilai se encuentran en el ojo de una tormenta que expone al reservado país como no sucedía desde hace décadas.

La economía de China se desacelera y la población se inquieta justo en el momento en que el todopoderoso Partido Comunista se prepara para un cambio generacional en su dirigencia.

No sorprende que algunos de los observadores más constantes de China, como el autor y experiodista James Macgregor, perciban una nueva debilidad en el país asiático. “Están muy nerviosos. No había visto a China tan nerviosa después de Tiananmen en 1990-91”, señaló Macgregor. “No quieren que las chispas se salgan de control y están sofocando todo lo que pueda causar problemas».

Chen pasó más de cuatro años en prisión a consecuencia de su campaña en contra de los supuestos abortos y esterilizaciones forzados. Luego se sometió a un arresto domiciliario y estuvo bajo vigilancia constante. Ahora está libre tras su escapada nocturna de la semana pasada y aguarda con expectación a los líderes de China.

Chen publicó un video en internet en el que denuncia la brutalidad de las fuerzas de seguridad del Estado. Acusó a los guardias que lo custodiaban de haberlo atacado violentamente a él, a su esposa y a su madre, ya anciana. Aseguró que se jactaban de ser intocables y de estar por encima de la ley.

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Chen se dirigió directamente al premier Wen Jiabao y le exigió una respuesta concreta: “Premier Wen, todos estos actos ilegales desconciertan a muchas personas. ¿Se trata solo de oficiales locales que violan flagrantemente la ley o reciben apoyo del gobierno central? Espero que responda con claridad».

Hasta el momento, China ha respondido con la interrupción del flujo de información y el arresto de más disidentes. Los medios estatales no publican la historia de Chen; Weibo, el servicio de microblogs similar a Twitter de China ha sufrido una fuerte censura y el bloqueo de ciertos criterios de búsqueda.

El nombre de usuario de uno de nuestros productores ha sido vedado; algunas palabras como “ciego” o “embajada de Estados Unidos” han sido bloqueadas. Sin embargo, muchos chinos parecen no darse cuenta del drama que se está desarrollando.

CNN habló con cerca de 40 personas en las calles de Beijing y solo pudo encontrar a dos que sabían quién es Chen —o por lo menos eso decían. Un hombre dijo: “Apareció en Weibo y muchas personas lo siguen publicando. Circuló por un rato hasta que el tema empezó a ser censurado». No obstante, la odisea de Chen ocupa los titulares en el resto del mundo.

De acuerdo con sus simpatizantes, Chen buscó refugio en la Embajada de Estados Unidos en Beijing. Hasta el momento, ni China ni Estados Unidos han hecho una declaración pública.

En privado, las fuentes declaran que se están llevando a cabo frenéticos esfuerzos diplomáticos tras bambalinas para desactivar la bomba de tiempo política que amenaza con romper las de por sí frágiles relaciones entre ambas potencias.

La secretaria de Estado, Hillary Clinton, se encuentra en Beijing esta semana; ha apoyado la causa de Chen con anterioridad. Su visita genera preguntas delicadas: ¿Exigirá su liberación? ¿Acusará China a Estados Unidos de albergar a un hombre que es considerado enemigo del Estado?

Chen no es el único indicador de alerta en China. Bo Xilai, miembro del partido, permanece en arresto domiciliario. El destituido jefe de Chongquing, la metrópoli más grande de China, está siendo investigado por violar las normas disciplinarias del partido. Paralelamente, su esposa es sospechosa en el asesinato del empresario británico y socio cercano, Neil Heywood.

Como en el caso de Chen, Estados Unidos se ha visto envuelto en el escándalo protagonizado por Bo. El hombre de confianza del exjefe del partido escapó a un consulado estadounidense a principios de este año; al parecer temía por su vida.

Fuentes diplomáticas, empresariales y políticas aseguran que Wang Lijun cayó de la gracia de su jefe tras expresar sus sospechas de que Gu Kailai, esposa de Bo, estaba involucrada en el asesinato de Heywood. Wang se entregó a las autoridades chinas y no ha sido visto desde entonces.

Wang Kang conoce Chongquing, a Bo y a su familia. Declaró a CNN que Bo se hizo de enemigos dentro del partido tras promover el retorno a la revolución de Mao valiéndose de consignas y manifestaciones masivas en las que se cantaron canciones rojas. Wang cree que esto acentúa la grieta en la estructura del partido. Por un lado, están Bo y sus simpatizantes de la línea dura; por el otro están aquellos en favor de las reformas.

Wang insinúa que la investigación en curso debe ser considerada parte de una batalla ideológica mayor. “El caso de Bo es muy delicado para que el gobierno lo maneje”, declaró. “No se pueden enfocar solo en la violación de la disciplina, la corrupción y el asesinato aunque por mucho que estas faltas sean graves. Deben ampliar el enfoque, de otra forma, los simpatizantes de Bo no cederán».

China se encuentra al descubierto por la difícil situación de dos hombres procedentes de mundos diferentes dentro del mismo país fracturado: por un lado está Chen, abogado autodidacta que ha dado voz a los pobres y desvalidos; por el otro tenemos a Bo, el heredero ambicioso e implacable.

La unión de sus historias encapsulan lo que para los críticos es lo peor de China, país en donde los pobres carecen de la protección de la ley, en donde la persecución es algo común, la censura y la corrupción no tienen freno, y el poder y las fortunas se heredan, no se ganan. Si a Chen y a Bo los define el sistema, lo que les ocurra podría redefinir el sistema mismo.

El Partido Comunista se ha vuelto en contra de uno de los suyos en un momento en el que una voz solitaria y largamente acallada cuestiona sus principios. Tal vez la respuesta no decidirá solo el futuro de Chen, sino el futuro del país.