Por Phillip M. Thompson, especial para CNN

Nota del editor: Phillip M. Thompson es director ejecutivo del Centro de Teología Aquinas de la Universidad Emory.

(CNN)  Con la elección del cardenal Jorge Mario Bergoglio, quién será conocido como el papa Francisco, los cardenales anunciaron a la Iglesia la forma en la que los católicos deberían vivir en el mundo.

Se sabe que Bergoglio es buen administrador. Vive una vida sencilla en un departamento pequeño y usa el autobús. Es famoso por su compromiso con la justicia social y la defensa de los pobres. De hecho, con el nombre que eligió honra a San Francisco de Asís, una persona humilde y muy piadosa. Si se parece en algo a su homónimo, entonces esta elección es ciertamente una buena noticia.

Ahora que fue nombrado papa, Francisco se enfrentará a una avalancha de consejos. Algunas personas llamarán a que se mejore la administración, a encontrar una forma de atraer nuevos católicos a la Iglesia en los lugares en los que está en decadencia y a ampliar las relaciones con otras tradiciones de la fe.

Otros entendidos piensan en grande. Entre los progresistas, hay algunos que piensan que la Iglesia debería iniciar una revolución valiente al aceptar que haya sacerdotisas, aceptar la homosexualidad, etc.

Aunque es más probable que los Cachorros de Chicago ganen la Serie Mundial de beisbol. Si se llega a dar un cambio en los temas controvertidos, este será lento y gradual, ya que la Iglesia está sujeta a los requisitos de la tradición y los precedentes.

Desde el lado tradicional del catolicismo, que se manifestó en una columna de George Weigel en el diario The Wall Street Journal, se esperaba que se eligiera un papa "carismático, guerrero de la cultura misionera, que rete a las democracias del mundo a reconstruir sus cimientos morales".

El problema es que en Estados Unidos, la mayor parte de las tropas no sigue a los generales. Por ejemplo: el 90% de los católicos usan medidas anticonceptivas y el 82% cree que es moralmente aceptable. Más aún, muchos católicos estadounidenses son más devotos a las posturas políticas liberales o conservadoras que a las enseñanzas de la Iglesia.

Esto representa un grave problema. La Iglesia tiene posturas conservadoras sobre la sexualidad humana y la bioética, entre otras cosas, pero tiene posturas liberales en temas como la regulación económica, la pena de muerte y la inmigración. Una Iglesia dividida probablemente no renovará sus estructuras políticas o culturales.

Así, en vez de idear planes grandiosos pero aparentemente ineficaces, yo sugeriría que se hicieran una serie de propuestas mucho más modestas pero factibles para enfrentar la crisis espiritual de la falta de confianza en la Iglesia como institución. En una encuesta reciente que la Fundación Pew aplicó entre los católicos de Estados Unidos, casi la mitad de los encuestados mencionaron el escándalo de abuso sexual de parte de sacerdotes y la pérdida de la confianza como los problemas que necesitan abordarse en la Iglesia.

¿Qué puede hacer la Iglesia para resolver el problema de la confianza? ¿Por qué no empezar con una ofensiva de transparencia y empoderamiento? La transparencia podría mejorar si el Vaticano pusiera a expertos laicos a cargo de las investigaciones de los abusos de los sacerdotes. No se recuperará la confianza si el clero investiga y juzga al clero. Ocurriría lo que pasó con el cardenal Bernard Law, quien transfirió y protegió a los sacerdotes pedófilos y recibió un puesto honorífico en Roma.

Esta clase de decisiones ha erosionado gravemente la confianza entre los feligreses. En Estados Unidos, la Iglesia católica despertó finalmente e inició un proceso laico de revisión. La jueza y los investigadores laicos recuperaron parte de la confianza. Hay que llevar ese modelo a Roma.

La eliminación del Banco del Vaticano, fuente de escándalos durante muchas décadas, también incrementaría la transparencia y el enfoque institucional. La Iglesia está mejor con los depósitos de fe que con la fe en los depósitos. Entreguen los fondos a bancos confiables sujetos a las regulaciones internacionales.

La solución de estos problemas de transparencia yace en parte en el empoderamiento de los laicos y en la ampliación de sus facultades. Además, hay otras posibilidades de empoderamiento. La Iglesia podría dar más flexibilidad a los obispos y a las parroquias que pueden responder de forma creativa a las condiciones locales. En una Iglesia mundial, esto ayudará a la evangelización eficaz.

¿Por qué no permitir que las mujeres sean diáconos? Esto incrementaría el personal de la Iglesia que podría hacerse cargo de funciones esenciales en las localidades en las que no hay suficientes sacerdotes. Eso garantizaría mayor acceso a los sacramentos y daría un papel importante a una población generalmente alienada que puede ofrecer cosas nuevas a la administración de la Iglesia. Otro papel que las mujeres podrían cubrir es el de miembros de la junta de asesores del papa, para que lo aconsejen sobre el rol de las mujeres y los problemas de las mujeres en la Iglesia.

Estas propuestas para la transparencia y el empoderamiento son formas realistas de restaurar la fe, la esperanza y la caridad en el gobierno de la Iglesia. Permitirían a la Iglesia cumplir con su misión espiritual más eficazmente y usar plenamente los regalos que le dan las mujeres que a ella pertenecen. Estas propuestas pueden tener éxito porque no requieren de un cambio radical en la teología, la tradición o el derecho canónico. No requieren de un cambio radical en la doctrina.

Tengo una última sugerencia para restaurar la esperanza y la confianza. La Iglesia, partiendo del ejemplo del papa Francisco, debe personificar la virtud de la humildad. Debe escuchar, además de predicar.

Tomen en consideración el ejemplo del cardenal de Filipinas, Luis Antonio Tagle, quien no posee un auto y come con los empleados. Sus palabras coinciden con su estilo de vida humilde. Él ha dicho: "Puedes decir lo correcto pero la gente no escuchará si la forma en la que te comunicas les recuerda a una institución triunfalista y sabelotodo". Amén.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Phillip M. Thompson.