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Mantener a cada prisionero en Guantánamo cuesta 900.000 dólares

Por CNN en Español

Guantanamo Bay, Cuba (CNN) – Cada día, los trabajadores de la cocina de Guantanamo Bay cocinan tres menús para los detenidos. Y cada días 100 de los 166 reclusos que allí están confinados, los mandan de vuelta. Están en huelga de hambre desde hace 100 días en protesta por su encarcelamiento. Guantánamo no sólo se ha convertido en un pararrayos para las críticas de Estados Unidos, además mantener la prisión es un costo astronómico para los contribuyentes estadounidenses. Mantener la prisión le cuesta al Pentágono más de 150 millones de dólares al año – más de 900.000 dólares al año por cada uno de los 166 detenidos en la instalación, que se encuentra en una base de la Marina en el extremo oriental de Cuba.

Un derroche, en comparación con los costes de un típico recluso penitenciario federal que suponen 25.000 dólares al año en una prisión convencional y pueden llegar a 60.000 en una prisión de alta seguridad como la de Colorado donde hay terroristas nacionales como Eric Rudolph y Ted Kaczynski.

Y a pesar de los intentos realizados por el propio presidente Barack Obama para cerrar las instalaciones abiertas desde hace 11 años, el ejército está a punto de gastar más millones para actualizar el campo de prisioneros.

Los planes de renovación incluyen una revisión de 50 millones de dólares para el Campamento VII, la parte más secreta del complejo. Entre los presos allí recluidos están Khalid Sheikh Mohammed, el organizador confeso de los atentados del 11 S contra Nueva York y Washington, y los acusados de ​​cómplices Walid bin Attash y Ramzi Bin al-Shahb, y Abd al-Rahim al-Nashiri, el hombre acusado de dirigir el complot para bombardear el destructor USS Cole en Yemen, donde murieron 17 marineros estadounidenses.

Se enfrentan a un juicio por cargos de crímenes de guerra ante los tribunales militares creados para juzgar a los criminales de Al Qaeda y los talibanes. La mayor parte del resto de los prisioneros no tienen ningún cargo en absoluto.

Debido a que las instalaciones fueron construidas a toda prisa y sin intención de que fueran permanentes, la prisión puede necesitar hasta 170.000.000 dólares más en reparaciones, dijo el general John Kelly, el jefe de las fuerzas de EE.UU. en la región.

Las cocinas están “literalmente cayéndose a pedazos”, dijo Kelly, y los cuarteles que albergan las 1.900 tropas asignadas al campo de prisioneros necesitan ser reemplazados. Y puesto que todo tiene que ser traído de fuera, todo cuesta el doble, dijo.

Los decrépitos restos de las unidades anteriores – el campo original de X-Ray, donde los detenidos fueron alojados por primera vez en jaulas, y los campamentos sucesivos I-IV – siguen en pie cuando se avanza camino a la enfermería. Las malas hierbas crecen entre las puertas oxidadas, atalayas vacías y aparatos de gimnasia abandonados, todo dentro de las instalaciones de una milla donde se ubican los prisioneros restantes.

Un total de 86 de los 166 detenidos han sido aprobados para ser trasladados, pero tanto el gobierno de Obama y el Congreso han detenido los movimientos. La última transferencia se llevó a cabo en septiembre, y la oficina del Departamento de Estado encargada de la búsqueda de países que tendrían que albergar al resto se cerró en enero.

Y el encarcelamiento indefinido de los detenidos ha alimentado la ola de huelgas de hambre, que han progresado hasta el punto en el que unos 30 presos están siendo alimentados a la fuerza.

“Es una misión difícil”, dijo el oficial médico del campamento, que fue entrevistado con la condición de guardar el anonimato por razones de seguridad, dijo a CNN.

Los reclusos reciben una última oportunidad para tomar un suplemento alimenticio antes de ser alimentados a la fuerza. Si se niegan, están atados a una silla y un tubo de plástico se les mete por la nariz hasta la garganta y el estómago.

El Pentágono dice que el programa de alimentación es legal y humano. Los reclusos reciben un gel anestésico y los tubos delgados son lubricados antes de ser insertados en los reclusos, dicen.

“Nadie se quejó de que esto doliera”, dijo el oficial médico.

Pero Cori Crider, abogada de huelga de hambre Samir Moqbel, lo calificó como “un proceso increíblemente doloroso”. “Los tubos ni siquiera les han llegado a la garganta y las lágrimas ya están recorriendo su cara … Dijo que nunca había sentido tanto dolor en su vida”, dijo.

La práctica ha sido condenada por grupos de derechos humanos y de la Asociación Médica de Estados Unidos, que dice que cada paciente tiene el derecho de rechazar, incluso tratamiento de soporte vital. Pero el oficial médico de alto rango dijo que cuando un preso está a punto de hacerse daño a sí mismo, “no es una decisión muy abstracto”.

“Es muy fácil para la gente fuera de este lugar opinar sobre qué decidiones y qué políticas implementarían en nuestro lugar”, dijo.

“Hay mucha política involucrada” añadió.