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Mundo

Mujeres que venden a sus hijas como esclavas sexuales

Por CNN en Español

Por Tim Hume, Lisa Cohen y Mira Sorvino

PHNOM PENH, Camboya (CNN) — Cuando una familia pobre de Camboya cayó en las garras de los usureros, la madre le pidió a su hija menor que buscara un empleo. Pero no se trataba de un empleo cualquiera.

Llevaron al hospital a la niña, de nombre Kieu, para que un médico la examinara y emitiera un “certificado de virginidad”. Luego la llevaron a un hotel, en donde un hombre la violó durante dos días. Kieu tenía 12 años.

“No sabía de qué se trataba el empleo”, cuenta Kieu, quien ahora tiene 14 años y vive en una casa de seguridad. Dice que regresó a su casa “devastada” por la experiencia. Pero su sufrimiento aún no terminaba.

Luego de que vendieran su virginidad, su madre la llevó a un burdel en donde “me mantuvieron como si estuviera en prisión”, cuenta.

La mantuvieron allí por tres días, la violaban entre tres y seis hombres al día. Cuando regresó a casa, la madre la envió a pasar algunas temporadas en dos burdeles más; uno de ellos se encontraba en la frontera con Tailandia, a 400 kilómetros de allí. Cuando descubrió que su madre pensaba venderla de nuevo, esta vez por seis meses, se dio cuenta de que tenía que escapar de su casa.

“Fue devastador vender a mi hija, pero ¿qué puedo decir?”, relata la madre de Kieu, Neoung, en entrevista con un equipo de CNN que viajó a Phnom Penh para escuchar su historia.

Al igual que otras de las mujeres locales con las que habló CNN, dice que la pobreza la orilló a vender a su hija y que la crisis económica la llevó a las garras de los traficantes que viven de acechar a los niños camboyanos.

“Fue por las deudas, por eso tuve que venderla”, dice. “Ahora no sé qué hacer, porque no puedo regresar al pasado”.

Este es el aspecto del indignante tráfico sexual de niños que Don Brewster, habitante estadounidense del vecindario, encuentra más difícil de aceptar.

“No puedo imaginar lo que se siente que tu madre te venda, que tu madre espere en el auto mientras recibe dinero para que te violen”, dice. “No es que la hayan robado de los brazos de su madre… su madre permitió a la gente que la violaran”.

Brewster, quien fue pastor en California, se mudó a Camboya con su esposa Bridget en 2009, tras una perturbadora misión de investigación en el vecindario en el que Kieu creció: Svay Pak, epicentro del tráfico infantil en el país del sureste asiático.

“Svay Pak es famoso en todo el mundo por ser el lugar al que los pedófilos acuden para conseguir niñitas”, dice Brewster, cuya organización, Agape International Missions (AIM), tiene a su cuidado niñas de apenas cuatro años a las que rescataron de los traficantes y a las que someten a rehabilitación en sus casas de seguridad.

Brewster señala que en las últimas décadas, esta empobrecida aldea de pescadores —en donde la virginidad de una hija se considera con frecuencia un bien valioso para la familia— se ha vuelto un notorio centro del sexo infantil.

“Cuando llegamos a vivir aquí, hace tres años, el 100% de los niños de entre 8 y 12 años eran víctimas del tráfico”, cuenta Brewster. El negocio local del sexo comprende a niños del vecindario —a los que sus padres venden, como el caso de Kieu— y a niños procedentes del campo o del otro lado de la frontera con Vietnam. No lo creíamos hasta que vimos una vagoneta llena de niños”.

El centro mundial de la pedofilia

La laxa aplicación de la ley, la corrupción, la pobreza desgarradora y las instituciones sociales fracturadas a causa de los turbulentos acontecimientos recientes en el país han contribuido a que Camboya tenga una mala reputación de tráfico infantil, de acuerdo con los expertos.

La UNICEF estima que los niños representan una tercera parte de las entre 40.000 y 100.000 personas que forman parte del negocio del sexo en el país.

Svay Pak, un pueblucho polvoriento a las afueras de Phnom Penh, la capital de Camboya, está en el centro de esta explotación.

Es uno de los vecindarios más desfavorecidos en uno de los países más pobres de Asia —casi la mitad de la población vive con menos de dos dólares (unos 25 pesos) al día—, por lo que la pobreza es abrumadora. Los habitantes son principalmente inmigrantes vietnamitas y en su mayoría viven en destartaladas casas flotantes en el turbio río Tonle Sap, ganándose la vida apenas por medio de la pesca con redes adheridas a sus casas.

Es una vida precaria. El río es caprichoso, las casas flotantes con techos de lámina son frágiles. La mayoría de las familias de la localidad ganan menos de un dólar (aproximadamente 12.6 pesos) al día y no tienen una red de seguridad  para cuando las cosas se ponen feas, como cuando el padre de Kieu enfermó gravemente de tuberculosis; estaba demasiado enfermo como para cuidar las redes que contenían su medio de subsistencia. La familia se atrasó con los pagos de una deuda.

En su desesperación, Neoung —la madre de Kieu— vendió la virginidad de su hija a un hombre camboyano que “tal vez tenía más de 50 años” y tenía tres hijos, cuenta Kieu. Con la transacción, la familia ganó solo 500 dólares (unos 6,300 pesos), más de los 200 que pidieron prestados inicialmente pero mucho menos de los miles que debían a un usurero.

Entonces, Neoung envió a su hija a un burdel para que ganara más dinero.

“Me dijeron que cuando el cliente llega tenía que ponerme unos shorts y una blusa ligera”, cuenta Kieu. “Pero no quise ponérmelos y luego me culparon”. Dice que sus clientes eran hombres tailandeses y camboyanos que sabían que ella era muy joven.

“Cuando duermen conmigo se sienten muy felices”, dice. “Pero yo me siento muy mal”.

Los hombres que abusan de los niños de Svay Pak cumplen con varios perfiles. Entre ellos hay pedófilos, turistas sexuales que buscan tener sexo con niños preadolescentes y agresores sexuales ocasionales que aprovechan la oportunidad de tener sexo con adolescentes en los burdeles.

Los turistas sexuales suelen provenir de países ricos: países del Occidente, Corea del Sur, Japón y China; sin embargo, las investigaciones indican que los hombres camboyanos siguen siendo los principales explotadores de las niñas prostitutas en su país.

Mark Capaldi es investigador sénior de Ecpat International, una organización comprometida con el combate a la explotación sexual infantil.

“En la mayoría de los casos, si hablamos de explotación sexual infantil, se desarrolla dentro del negocio del sexo en adultos”, explica Capaldi. “Tendemos a escuchar reportes sobre la pedofilia en los medios, sobre la explotación de niños muy pequeños. Pero la mayoría de las víctimas de la explotación sexual infantil son adolescentes y eso ocurre en sitios donde se comercializa el sexo”.

A menudo, los abusadores son delincuentes sexuales oportunistas, dice. Las investigaciones indican que algunos de los perpetradores asiáticos son “buscadores de vírgenes” para quienes las creencias relacionadas con las supuestas cualidades restauradoras o protectoras de las vírgenes son factor que desata su interés en tener sexo con niños.

Sin importar cuál sea el perfil del perpetrador, el abuso que infligen a sus víctimas —tanto niñas como niños— es horrible.

Los niños víctimas del tráfico en Camboya se han visto sujeto a violaciones de agresores múltiples, los han filmado mientras ejecutan actos sexuales y los dejan con lesiones físicas —sin mencionar el trauma emocional—, según las investigaciones.

En los últimos años, las muchas campañas en Svay Pak han hecho mella en el negocio, pero también lo han empujado hacia la clandestinidad. Actualmente, dice Brewster, hay más de una docena de bares de karaoke que operan como burdeles a lo largo del camino que lleva al vecindario, mientras que hace dos años no había ninguno. Calcula que ahora la mayoría de las niñas de Svay Pak son víctimas del tráfico.

Vírgenes en venta

Sephak, una familiar de Kieu, vive cerca de allí y es una sobreviviente más. (CNN da los nombres de las víctimas de este caso a petición de las mismas niñas, ya que quieren alzar la voz contra la práctica del tráfico sexual infantil).

Sephak tenía 13 años cuando la llevaron al hospital para que emitieran un certificado en el que se confirmaba su virginidad; luego la enviaron con un chino que esperaba en una habitación de un hotel en Phnom Penh. Regresó después de tres noches. Sephak dice que su madre recibió 800 dólares.

“Cuando tuve relaciones sexuales con él, me sentí vacía por dentro. Me dolía y me sentí muy débil”, dice. “Fue muy difícil. Pensé en por qué hacía esto y en por qué mi madre me había hecho esto”. Cuando regresó, su madre empezó a presionarla para que trabajara en un burdel.

No lejos de la casa de la familia de Sephak se encuentra la casa flotante en la que Toha creció y que está conectada a la costa por medio de un enredado pasillo de tablas que se sumergen en el agua a cada paso.

Toha es la segunda de ocho hijos; ninguno de ellos asiste a la escuela. Su madre la vendió cuando tenía 14 años. El proceso se repitió: certificado médico, hotel, violación.

Toha cuenta que unas dos semanas después de que regresara a Svay Pak, el hombre que compró su virginidad empezó a llamar y pedía verla de nuevo. Su madre la urgió a que fuera. La presión la llevó a la desesperación.

“Fui al baño y me hice cortes en los brazos. Me corté las muñecas porque quería matarme”, cuenta Toha. Una amiga tiró la puerta del baño y llegó en su ayuda.

Las madres como traficantes sexuales

CNN se reunió con las madres de Kieu, Sephak y Toha en Svay Pak para escuchar su versión de por qué eligieron exponer a sus hijas a la explotación sexual.

La madre de Kieu, Noung, llegó a Svay Pak procedente del sur del país en busca de una vida mejor cuando Kieu era tan solo un bebé. Sin embargo, la vida en Svay Pak no era fácil, como descubrió más tarde.

Cuando la tuberculosis que padecía su esposo se agravó tanto que no podía cuidar adecuadamente de las redes en el estanque de peces de la familia, pidieron a un usurero un préstamo de 200 dólares (unos 2,520 pesos) a un interés exorbitante. Ahora, deben más de 9.000 dólares. “La deuda de mi esposo es demasiado grande, no podemos pagarla”, dice. “¿Qué puedes hacer en una situación como esta?”.

“La venta de virginidades” era común en el país y Neoung pensó que era una opción legítima para ganar algo de dinero. “Piensan que es normal”, dice. “Le dije: ‘Kieu, tu padre está enfermo y no puede trabajar… ¿Estás de acuerdo en tomar un empleo para colaborar con tus padres?'”.

“Ahora sé que hice mal y me arrepiento, pero, ¿qué puedo hacer?”, dice. “No podemos regresar al pasado”.

Sin embargo, agrega que no lo volvería a hacer.

La madre de Sephak, Ann, tiene una historia similar. Ann se mudó a Svay Pak cuando su padre llegó a trabajar como piscicultor. Ella y su esposo tienen problemas de salud graves.

“Somos muy pobres, así que tengo que esforzarme”, dice. “No es suficiente para sobrevivir y estamos enfermos todo el tiempo”.

La familia cayó en crisis. Cuando una tormenta azotó la región, su casa resultó gravemente dañada, sus peces escaparon y no tenían dinero para comprar comida. En medio de la crisis, la familia pidió un préstamo que finalmente se volvió una deuda de unos 6.000 dólares, cuenta.

Los prestamistas iban a su casa a amenazarla, así que Ann decidió aceptar la oferta de una mujer que se le acercó y le prometió mucho dinero por la virginidad de su hija.

“Vi que otras personas lo hacían así que no lo pensé”, recuerda. “Si hubiera sabido lo que ahora sé, no le habría hecho eso a mi hija”.

En su casa flotante, mientras las ráfagas de viento y la lluvia azotan el río, Ngao, la madre de Toha, se sienta descalza frente a la televisión, en el lugar más prominente de la sala, y manifiesta un arrepentimiento similar. En los muros cuelgan varios retratos de su esposo y de sus ocho hijos, retocados digitalmente. Visten prendas elegantes y detrás de ellos se ve una variedad de fondos de fantasía: una motocicleta costosa, una playa tropical y una mansión estilo estadounidense.

La vida con tantos hijos es difícil, dice, así que le pidió a su hija que fuera con los hombres.

No volvería a hacer lo mismo, explica, ya que ahora tiene acceso a un mejor apoyo: Agape International Missions ofrece préstamos de reestructuración de deuda sin intereses para que las familias salgan de las trampas de las deudas y ofrece empleos industriales para las hijas rescatadas y sus madres.

Ngao cuenta que la noticia de que traicionó a su hija provocó reacciones contradictorias en los vecinos. Algunos se burlan de ella por ofrecer a su hija, mientras que otros entienden su situación. Algunos creen que no hay nada de malo en lo que hizo.

“Algunas personas dicen: ‘Está bien… solo lleva a tu hija (con los traficantes) para que puedas pagar la deuda y te sientas mejor'”, cuenta Ngao.

Un futuro nuevo

Poco después de su intento de suicidio, enviaron a Toha a un burdel en el sur de Camboya. Soportó más de 20 días allá antes de arreglárselas para tener acceso a un teléfono. Llamó a una amiga: le dijo que contactara al grupo de Brewster, que organizó una redada en el establecimiento.

Aunque se pueden encontrar niños en muchos burdeles a lo largo de Camboya —en un estudio de 2009 sobre los locales en donde se comercia con el sexo se descubrió que el 75% ofrece sexo con niños— las redadas no son frecuentes.

La infraestructura de protección a los niños es débil y en las instituciones gubernamentales reina la corrupción.

La ley antitráfico de Camboya ni siquiera permite que la policía vigile a los sospechosos de tráfico. El general Pol Phie They, director de la fuerza antitráfico de Camboya que se estableció en 2007 para abordar el asunto, dice que su unidad está en desventaja ante los traficantes.

“Seguimos limitados para perseguir estas violaciones, en primer lugar porque carecemos de experiencia y en segundo lugar porque carecemos del equipo técnico”, dice. “A veces vemos una violación pero no podemos recolectar las pruebas necesarias para juzgar al delincuente”.

Reconoce que la corrupción en la policía de su país —que ocupó el lugar 160 de 175 en el Índice de Percepciones de Corrupción de Transparencia Internacional— obstaculiza los esfuerzos contra el tráfico en Svay Pak. “La policía de esa zona probablemente tiene conexiones con los dueños de los burdeles”, reconoce.

Brewster cree que la corrupción fue la causa de que casi se frustrara el rescate de Toha. En octubre de 2012, luego de que Toha llamara para pedir ayuda, AIM trazó un plan con otra organización para rescatar a la adolescente e involucraron a la policía.

“Teníamos una orden para clausurar el lugar”, recuerda Brewster. “Quince minutos después, Toha llamó y dijo: ‘No sé qué ocurrió, la policía acaba de venir a ver al dueño y nos llevaron a un sitio nuevo. Estoy encerrada y no sé en dónde estoy'”.

Afortunadamente, el equipo de rescate dio con la nueva ubicación de Toha y la liberaron junto con otras víctimas; arrestaron a los gerentes del burdel, aunque los dueños escaparon a Vietnam. El testimonio de Toha contra los gerentes del burdel sirvió para juzgarlos.

El mes pasado, en el Tribunal Municipal del Phnom Penh, se encontró a Heng Vy y Nguyeng Thi Hong culpables de procurar la prostitución y los condenaron a tres años de prisión. Se les ordenó pagar 1.250 dólares al tribunal, 5.000 a Toha y cantidades menores a tres víctimas más.

Brewster asistió a la lectura de la sentencia. Fue una pequeña victoria en el contexto del problema de tráfico infantil en Camboya, pero una victoria al fin.

“Toha es una chica asombrosamente valiente”, dijo en la escalinata del tribunal, poco después de que llevaran a los gerentes del burdel a sus celdas.

“Buscar un teléfono para pedir ayuda mientras estaba atrapada en un burdel, decir que declararía ante la policía… Se defendió y ahora algunas personas pagarán el precio y se protegerá a las niñas. Esto provocará que surjan más Tohas, más niñas dispuestas a hablar, a clausurar lugares, a encerrar a los malos”.

Al igual que las demás víctimas, Toha vive ahora en una casa de seguridad de AIM, asiste a la escuela y se mantiene tejiendo brazaletes que se venden en Occidente para dar empleo a los niños víctimas de tráfico.

A los ojos de la comunidad, el tener un empleo ha ayudado a que las niñas recuperen una parte de la dignidad que les arrebataron al venderlas a los traficantes, dice Brewster.

También les proporciona independencia de sus familias y, con ello, la oportunidad de construirse una realidad mejor a la que les tocó. Ahora Sephak planea volverse maestra y Kieu quiere ser peinadora.

Por su parte, Toha mantiene contacto con su madre e incluso apoya económicamente a su familia con sus ganancias, pero depende de sí misma. Quiere ser trabajadora social, dice, para ayudar a las niñas que han pasado por el mismo infierno que ella.

“(Toha) está ganándose la vida y sueña con volverse consejera y poder ayudar a otras niñas”, dice Brewster. “Puedes ver la transformación que ocurrió en ella”.