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Fútbol

El mal ejemplo que el escándalo de la FIFA le da a los niños futbolistas

Por Amy Bass

Nota del editor: Amy Bass, profesora de historia en el College of New Rochelle, ha escrito mucho sobre la historia cultural del deporte, por ejemplo en el libro “Not the Triumph but the Struggle: The 1968 Olympics and the Making of the Black Athlete”. Ella es una veterana de ocho Juegos Olímpicos como la supervisora del Olympic Research Room de NBC, por el que ganó un Emmy en 2012. Las opiniones expresadas en este comentario son exclusivamente las de la autora.

(CNN) — Fue como una escena de una película: funcionarios suizos entraron al hotel cinco estrellas Baur au Lac en Zúrich y arrestaron a varios líderes de la FIFA, el ente regulador del deporte más popular del mundo, el fútbol.

Esto viene como un fuerte recordatorio, con todo respeto al informe de Wells que resulta un tanto indeciso sobre el llamado Deflategate, en relación a que en el deporte, no siempre son los atletas y entrenadores quienes son acusados de hacer trampa.

En su acusación por 47 cargos, emitida en Brooklyn, el Departamento de Justicia de EE.UU. presentó cargos en relación a que más o menos 14 personas, muchas de ellas con cargos oficiales en la FIFA, participaron en un plan de corrupción de 24 años para llenarse las billeteras a expensas del deporte. Ellos presuntamente otorgaron acuerdos de mercadeo y transmisión —al igual que la elección de las sedes para el torneo, especialmente en 2018 y 2022— a cambio de pagos bajo la mesa.

Esta, por supuesto, no es la primera vez que tales cargos han salido a luz en el deporte mundial. El escándalo de soborno en torno a los Juegos Olímpicos de Invierno en Salt Lake en 2002 se dio a conocer antes de que se llevara a cabo la ceremonia de inauguración; muchas personas, entre ellas los estadounidenses Thomas Welch y David Johnson, fueron acusados de supuestamente sobornar a funcionarios del Comité Olímpico Internacional para obtener votos durante el proceso de selección para la ciudad sede. Welch y Johnson fueron absueltos en 2003.

Pero este es un escándalo de un orden distinto. La importancia del fútbol en el mundo no puede exagerarse: 3.500 millones de aficionados, 250 millones de jugadores, más de 200 países. Según U.S. Youth Soccer, más o menos 3.055.148 chicos estadounidenses están registrados oficialmente para jugar el deporte, con un porcentaje casi igual de niños y niñas.

Uno esperaría que tal popularidad conllevara responsabilidad. El año pasado en Brasil, en la edición no. 64 del Congreso de la FIFA, Joseph “Sepp” Blatter, presidente de la FIFA y a quien muchos consideran como la persona más poderosa en los deportes a escala mundial (la organización tiene más de 1.500 dólares en reservas) habló de la responsabilidad de la FIFA hacia sus aficionados, sus jugadores y el mundo:

“El fútbol debería ser una fuerza para el cambio positivo en el mundo, no un obstáculo para él”, dijo. “Y lo mismo debería ser la FIFA… Debemos hacer lo correcto, incluso si esto tiene un costo. Porque es nuestro deber. Es lo que el mundo espera. Si nosotros no lo hacemos, ¿quién lo hará?”

Sin embargo, desde hace mucho tiempo, la FIFA ha dado todo menos un buen ejemplo para cualquier persona, ni hablar de sus jugadores más jóvenes. Desde la perspectiva de Blatter en relación a la creciente popularidad del deporte femenino (las mujeres deberían usar “shorts más ajustados”), la controversia sobre el hecho de que a las mujeres se les obligó a jugar sobre césped artificial en la Copa del Mundo Femenina este verano, hasta las protestas generalizadas en relación al impacto económico que el torneo tuvo en Brasil el verano pasado, el récord inmediato no es bueno.

El hecho de haberle otorgado los derechos de la Copa del Mundo de 2022 a Qatar quizá fue la acción más inquietante que la FIFA ha tomado en años recientes. Las condiciones bajo las cuales 1,4 millones de trabajadores inmigrantes en Catar deben trabajar para construir la infraestructura de la Copa del Mundo son el componente principal de las campañas de derechos humanos. Y trasladarle esa historia al público no ha sido fácil, a pesar del hecho de que la FIFA opera bajo la Carta Olímpica, lo cual exige un acceso abierto a los medios de comunicación.

A principios de mayo, el periodista alemán de deportes, Florian Bauer, tuiteó lo siguiente: “Ahora es público. Nos arrestaron en #Catar, y fuimos interrogados por la policía y el servicio de inteligencia. No pudimos salir del país en varios días”. Unas pocas semanas después, un equipo de la BBC acabó en la cárcel durante días en Catar, mientras investigaban las condiciones laborales de la construcción del estadio.

Algunos calculan que más de un trabajador al día —en su mayoría provenientes de Nepal, India, Bangladesh, y Sri Lanka— muere en el trabajo. Aunque el país prometió exigir una serie de reformas en respuesta a la protesta luego de los informes de los periodistas investigadores, si es que se tiene planificado alguna, no se ha implementado. En total, la Confederación Sindical Internacional ha calculado que más de 4.000 trabajadores morirán antes de que se juegue el primer partido.

Entonces, si bien el Departamento de Justicia de EE.UU. debería ser elogiado por perseguir a estos sujetos al dar un primer paso hacia hacer del fútbol el deporte que queremos que sea para los jóvenes del mundo, es de importancia fundamental que recordemos que el soborno, el crimen organizado y las estafas electrónicas son solo una parte de los problemas de la FIFA cuando se trata de la imagen de la organización y de los próximos torneos de la Copa del Mundo.

De la misma forma en la que constantemente pedimos que nuestros atletas sean modelos a seguir para nuestros hijos, necesitamos pedirles lo mismo a quienes tienen el poder sobre nuestros juegos… quizás especialmente cuando del deporte más popular del mundo se trata.

Como le dijo Blatter, quien aún no ha sido acusado de ningún delito en medio de todo esto, a sus miembros el año pasado en Brasil, “Pocas organizaciones hacen lo que nosotros hacemos”.