Nota del editor: Camilo Egaña es el conductor de Encuentro. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor.

El partido Republicano de Estados Unidos tiene un problema de imagen a tal punto que va camino de convertirse en el abanderado de la charlatanería política.

Dieciséis precandidatos republicanos se han lanzado al ruedo electoral y pugnan por un espacio, por un titular.

"Serían ridículos, si no fueran tristes”, ha dicho Obama sobre los comentarios de algunos republicanos.

Claro, que no son todos los que están ni están todos los que son, porque entre Jeb Bush y Donal Trump, hay una distancia sideral, inconmesurable, empezando porque el exgobernador de la Florida es un político.

Ante el aluvión de insultos, exageraciones y mistificaciones, el presidente Obama ha admitido que está emergiendo, como un hongo venenoso tras la lluvia, ‘’una cultura que no conduce a buenas políticas’’ y ha agregado que “el pueblo estadounidense merece algo mejor”. Como frase, funciona. Es más, queda bien donde quiera que se publique, pero ¿hasta qué punto los estadounidenses –y no hablo de las elites—, están dispuestos a formar parte de un verdadero debate político en una sociedad que balbucea en 140 caracteres?

Desde hace mucho en este país, y en buena parte del mundo de hoy, los ecos han suplantado a las voces y la algarabía a las palabras dichas con sosiego y sentido. Y tiene más peso la imagen que consiga vender un político que lo que esté dispuesto a hacer.

Cuando la descalificación se convierte en estrategia política, se abren de par en par las puertas hacia las posiciones más radicales, y comienza la orgía de los mediocres; ya no importan los argumentos del otro, sino la posibilidad de destruirlo a toda costa. El adversario se convierte en enemigo y la convivencia social se cuartea.

Entonces, comenzamos todos a perder.

Cuando la descalificación se convierte en estrategia política, se abren de par en par las puertas hacia las posiciones más radicales, y comienza la orgía de los mediocres; ya no importan los argumentos del otro, sino la posibilidad de destruirlo a toda costa

Camilo Egaña