Manifestantes protestan frente a la sede del GEO Group en Boca Ratón, Florida, el 4 de mayo de 2015 (Crédito: Joe Raedle/Getty Images)
Manifestantes protestan frente a la sede del GEO Group en Boca Ratón, Florida, el 4 de mayo de 2015 (Crédito: Joe Raedle/Getty Images)

Nota del editor: Jorge Dávila Miguel es periodista, escritor, columnista de diario El Nuevo Herald y colaborador de CNN en Español. Ha sido reportero y corresponsal extranjero en Cuba, España y Estados Unidos. Las opiniones expresadas en este artículo le corresponden exclusivamente al autor.

La reciente visita del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, a la prisión federal de Reno, en Oklahoma, no es un hecho aislado, sino otra señal de que el mandatario quiere dejar, como parte de su legado, la reforma del sistema de justicia penal del país. Es la primera vez que un presidente en funciones visita una prisión federal.

Estados Unidos, la nación de la libertad, es el país con más presos en el mundo. Unas 2.240.000 personas o casi el 25 % de la población carcelaria universal.

La causa más horrible de este fenómeno fue el nacimiento de las "prisiones privadas" durante el gobierno de Ronald Reagan en los años 80. Cárceles que crecieron muy saludablemente después, bajo la administración de Bill Clinton y hasta hoy, en una industria cuya materia prima es el castigo.

Así, el sistema carcelario se convirtió, gracias al espíritu empresarial, en una suculenta promesa comercial. Hoy en día, Geo Group y Corrections Corporation of America (CCA), dos grandes corporaciones de cárceles privadas, incluso cotizan en la bolsa.

Corrections Corporation of America, en su arrogancia por las utilidades, llegó a proponer en 2012 a los gobernadores de 48 estados, comprar prisiones públicas si firmaban un contrato que les garantizara el 90 por ciento de la ocupación durante 20 años. De lo contrario, los estados tendrían que pagar por las celdas vacías.

Las gobernaciones rechazaron la propuesta, pero en Arizona, tres de las prisiones de CCA han logrado acuerdos para que el gobierno le garantice ocupación total. Algo parecido sucede en Louisiana, Oklahoma y Virginia. Es fácil imaginar el posible nexo entre este tipo de acuerdos y la saturación de algunas cárceles.

Otra causa importante está en las "condenas mínimas obligatorias", un estricto código que no dejó a los jueces mucho espacio en los últimos años para sentenciar según su criterio y mostrar, cuando fuera justo, la clemencia necesaria. Esas tercas reglas fueron implementadas durante el mandato del presidente Bill Clinton, quien ha reconocido su papel en el problema de la superpoblación penal.

En los años 90, las cárceles privadas tuvieron un impulso notable con la demanda de espacio para los convictos que no cesaban de llegar.

Estos dos elementos perniciosos -junto con votantes que consideran que mientras más se castigue al criminal menos crimen hay- han causado decenas de miles de condenas absurdas y desproporcionadas, haciendo de la justicia penal, en demasiadas ocasiones, un indeseable crimen social.

Anthony Graves había sido sentenciado a muerte por asesinato. Cumplió 18 años de cárcel, 16 de ellos en confinamiento solitario: 6.640 días. La celda era de dos por tres metros y medio. Graves era inocente. Fue exonerado de su condena. "Te quiebra la voluntad de vivir… hasta que no sabes ya quién eres", declaró Graves, ya en libertad.

La Unión de Libertades Civiles Estadounidense (ACLU) estima que, diariamente, hay 80.000 prisioneros en celdas de confinamiento solitario. La mayor cantidad de los condenados a largas sentencias por crímenes no violentos en EE.UU. son negros y hispanos. Cinco gramos de crack te pueden costar 5 años, en promedio.

Y respecto al sistema judicial, se comenta: no siempre gana la verdad, sino el abogado más caro. Hay dos dichos populares para los condenados a prisión en Estados Unidos. Uno, que se van a vivir casi a "hoteles de lujo", y otra reza así: "Enciérralo, tira la llave y olvídate de él".

Habría que preguntarse -sin renunciar a las bondades de un sistema penitenciario que aparte al delincuente- qué es más beneficioso para la sociedad: un sistema que castigue con venganza y sin clemencia al culpable u otro que ayude a rehabilitarlo.

Esa parece ser otra vertiente de las reformas al sistema de justicia criminal que se perfilan. Y Barack Obama parece no estar solo en el empeño. Varios miembros de ambos partidos y diversos factores económicos y sociales caminan en la misma dirección.

Para la absurda empresa carcelaria privada, que a veces gana millones manteniendo a los reclusos con lo mínimo, el crimen es una bendición porque les paga. Pero no para la sociedad. Quizás Estados Unidos se encamine ahora, mediante estas reformas, hacia un futuro en que la rehabilitación, las condenas proporcionadas y la fiscalización del negocio carcelario sustituyan a la sorda y oculta injusticia en este triste mundo de crimen y castigo.

 

EE.UU., la nación de la libertad, es el país con más presos en el mundo. Unas 2.240.000 personas o casi el 25 % de la población carcelaria universal

Jorge Dávila Miguel