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Noticias de EE.UU.

La reina Isabel II, una figura insumergible

Por Timothy Stanley

Nota del editor: Timothy Stanley es historiador y columnista del diario británico Daily Telegraph. Él es el autor de “Citizen Hollywood: How the Collaboration Between L.A. and D.C. Revolutionized American Politics” (Ciudadano de Hollywood: cómo la colaboración entre Los Ángeles y D.C. revolucionó la política). Las opiniones expresadas en este comentario son únicamente las del autor.

(CNN) — Este miércoles, una mujer hace historia simplemente por vivir el tiempo suficiente. La reina Isabel II se convertirá en la monarca británica que más tiempo lleva en el cargo.

Su logro es un tributo a una institución que ha desafiado cada capricho para la democracia y el igualitarismo. Sin embargo, la monarquía británica podría haber enfrentado muchos más problemas a finales del siglo XX, de no haber tenido a Isabel en el trono.

Por una mezcla de instinto y sofisticación, esta notable dama ha logrado que algo medieval parezca moderno. Isabel II es un gran ejemplo de “ha llegado la hora, han llegado las mujeres”.

La monarquía es una criatura contraria. Por un lado, los partidarios la justifican como una disposición constitucional puramente pragmática, que proporciona estabilidad al elevar al jefe de Estado por encima de la política. Por otro lado, en el centro de la monarquía está una personalidad… y es esta personalidad, más que sus funciones, la que realmente define la impresión que la gente tiene de su cargo.

Tomemos el ejemplo de la reina Victoria, la monarca que anteriormente tenía más tiempo en el cargo. Victoria era una dama deliberada y a veces difícil. Cuando su amado esposo, el príncipe Alberto, murió en 1861, Victoria se puso de luto, se negó a aparecer en público durante años y se vistió de negro hasta el final de su vida. Sin embargo, ella todavía intervenía en la vida diaria con gusto, escribiendo cartas a los periódicos sobre los asuntos que le preocupaban y publicando dos colecciones de sus diarios.

La reina Victoria vivió en una época en la que la monarquía era restringida por una democracia emergente. Pero la familia real no quería extinguirse gradualmente. Se esforzó mucho para influir en las decisiones de los primeros ministros y comenzó una ofensiva publicitaria para crear un vínculo entre la corona y el electorado en expansión. El hijo de Victoria, el rey Eduardo VII, se lanzó a la diplomacia antes de la Primera Guerra Mundial y utilizó su encanto libertino para suavizar las tensiones sociales de la época.

Sin embargo, la incertidumbre de la posición de la monarquía fue expuesta en la década de 1930, cuando la vida amorosa del rey Eduardo VIII llevó a una crisis constitucional. Edward había ganado algunos amigos al interferir de manera despreocupada en la política, sobre todo cuando causó alboroto por sus indicios de simpatía hacia la Alemania nazi. Su abdicación para casarse con la mujer de sus sueños, la divorciada estadounidense Wallis Simpson, no solo fue voluntaria sino forzada por la clase dirigente. Fue un golpe muy británico: educado y sin derramamiento de sangre. Pero no podemos sobreestimar cuánto influyó en la forma en que los miembros de la realeza abordaron su cargo.

Así que, cuando Isabel II se convirtió en reina en 1952, heredó una monarquía que pasaba por una transición vacilante. Una joven de 25 años de edad, sin experiencia en política, instintivamente tenía que actuar a cierta distancia del gobierno… además, debía evitar los errores de Eduardo VIII. A medida que Gran Bretaña entraba en la década de 1960, el cambio estaba en todas partes. La asistencia a la iglesia se desplomó, el respeto hacia las figuras públicas se vino abajo y el imperio cerró sus puertas. Si la monarquía se tornaba muy abiertamente política y muy resistente al cambio, entonces corría el riesgo de ser destituida como un obstáculo para el progreso.

La única esperanza de Isabel era reestructurar la monarquía, redefinirla como algo con un propósito que sirviera a un país que clamaba por algún punto de estabilidad. Tenía que convertirse en —por usar esa horrible frase— una “buena relación calidad-precio”.

Bajo el mandato de Isabel, la monarquía se ubicó en el centro de una nueva comunidad de naciones independientes… una que a menudo era dirigida por los socialistas que aprendieron a apreciar su tranquila diplomacia tras bastidores. Elizabeth también les ofreció un grado de apoyo emocional a los primeros ministros británicos. El Partido Laborista de Harold Wilson describía las reuniones semanales con ella para detallar la legislación como “ir a ver a la madre”. John Major, cuyo conservador gobierno en la década de 1990 fue destrozado por revueltas de los diputados sin cargo oficial y por escándalos sexuales, compartió sus problemas con ella y se convirtió en un buen amigo.

El Primer Ministro, Jim Callaghan, describió su estilo como “cordial, pero no una amistad”, lo cual es adecuado, ya que la monarca no puede crear un vínculo muy estrecho con los políticos que van y vienen. Sin embargo, no debemos confundir el decoro de Elizabeth con la pasividad. Por el contrario, existe evidencia anecdótica de que la reina ha encontrado formas de señalar su desacuerdo cuando podría haberlo considerado absolutamente necesario.

El periodista Simon Heffer afirma que durante una revisión de los gastos de defensa en la década de 1990, un ministro fue invitado al palacio para una audiencia con la reina. “El duque de Edimburgo [el príncipe Felipe] también estuvo presente. Su Majestad supuestamente casi no dijo nada; su consorte le dio al ministro los dos cañones. “El encuentro no afectó la toma de decisiones del gobierno, pero la presencia de la reina habría sido un indicio no muy sutil de que ella estaba de acuerdo con su esposo.

Más allá de la política, Isabel ha ayudado a establecer el papel de la monarquía como una parte cotidiana de la vida británica… inauguradora eterna de nuevos hospitales, atracción turística para los pacientes y una fuente de interminables conversaciones.

“Tienen que verme para que crean en mí”, supuestamente dijo una vez. Esa voluntad de ser visible, de siempre aparecer en la pantalla y siempre estar sonriente, no es egoísta. Más bien dice: “Tenemos el privilegio y el precio del privilegio es que tenemos que cumplir con nuestro deber… y que nos vean haciendo nuestro deber”.

Es una idea muy democrática de monarquía. Han pasado muchos años desde que la reina Victoria se escondía tras la muerte de su esposo o desde que Eduardo VIII huyó con la Sra. Simpson. Mientras la monarquía británica moderna conserva su esplendor del pan de oro, eso se defiere a los contribuyentes. Al permanecer tan constantemente en el ojo público, Isabel se ha convertido en lo que la monarquía debe ser para sobrevivir: indispensable. Ella es parte de la identidad británica ahora, como el té y el mal clima. Es difícil imaginar la vida sin ella.

Por supuesto, es incluso de mal gusto intentarlo hacer cuando estamos ocupados celebrando su longevidad. Un puñado de republicanos se burla de que vivir una larga vida no es para celebrar, pero están equivocados, como siempre.

Una larga vida que se ha vivido al servicio de los demás podría ser un testimonio de la virtud. Al igual que Juan Pablo II fue un ejemplo para millones de católicos por la forma en que logró llegar hasta al final con estoicismo, de igual modo el ajetreo de la reina nos recuerda los mejores aspectos de lo británico. Nunca se queja. Sigue adelante con las cosas que hay que hacer. Sabiendo siempre cómo arreglárselas.