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Arte

El hogar al que no se puede volver: reconstruyendo vidas tras Fukushima

Por Euan McKirdy

(CNN) — Pararse en medio de una calle abandonada en medio de un pueblo abandonado produce “un sentimiento muy extraño”, dice Guillaume Bression, periodista y camarógrafo radicado en Tokio.

Esta es una sensación que Bression y su socio creativo, Carlos Ayesta, han experimentado varios años en las áreas alrededor de Fukushima que hasta ahora están deshabitadas.

En el silencio y la desolación, rodeados por los aspectos conocidos de la vida moderna japonesa que se encuentran en deterioro, se percibe una sensación inquebrantable de pérdida, abandono y melancolía.

Los dos fotoperiodistas y documentalistas han hecho múltiples viajes al área desde que los pueblos y ciudades alrededor de la Compañía Eléctrica de Tokio (TEPCO) y los reactores Dai-ichi y Dai-ni fueran evacuados después del colapso de 2011.

Los fotógrafos Carlos Ayesta, a la izquierda, y Guillaume Bression.

En este último viaje, ellos han enfocado sus lentes en el sentimiento de pérdida experimentado por los antiguos habitantes de estos pueblos.

Han pasado casi cinco años desde que el colapso y la fuga de radiación masiva —ocasionada cuando el complejo fue inundado por agua de mar seguido por el fuerte terremoto del 2011 y el subsecuente tsunami— dieran lugar a la decisión del gobierno de evacuar. Ahora, las mismas autoridades están empezando a dejar que las personas se trasladen se vuelta a casa.

Si quieren.

Impacto social

A medida que los pueblos —al menos los que se encuentran más lejos del epicentro— están listos para ser repoblados, esa sensación de pérdida prevalece.

El más reciente proyecto de Bression y Ayesta, el cual será exhibido junto a otra serie realizada por la pareja en el elegante edificio emblemático de Chanel, el patrocinador, en el centro de Tokio, no se enfoca en el desastre en sí, sino en los problemas sociales que han surgido en medio de la reubicación masiva.

En parte es un ensayo fotográfico, en parte es un proyecto de arte. Los antiguos residentes aparecen en sus entornos cotidianos, dirigidos e iluminados por el dúo, lo que brinda un inquietante simulacro de la normalidad en medio de las ruinas.

Al invitar a las personas a regresar a los espacios ruinosos de sus vidas antiguas y al colocarlos en algún sentido de normalidad en medio de las ruinas y la decadencia de la zona de desastres, los fotógrafos ponen de manifiesto el costo humano de la tragedia.

Debido a que utilizan los espacios personales de los antiguos habitantes —una casa, el que solía ser su salón de belleza o los entornos cotidianos de un supermercado o el gimnasio de una escuela secundaria— la sensación de pérdida se percibe plenamente, y el efecto es discordante.

“Había un auto en una estación de trenes… había un dueño, quien probablemente murió… El auto cambia y se queda aquí. Cada vez que regresamos, el auto siempre estaba ahí, como un testimonio de los muertos, del accidente”, dice Ayesta vía correo electrónico, respecto a un conmovedor símbolo de lo que el área ha perdido y lo que aún permanece.

Las personas se sientan o se ponen de pie en medio de las ruinas de sus vidas antiguas, inmóviles viendo a la cámara, rodeados por una versión en deterioro de la vida normal: un rótulo en el supermercado que anuncia productos frescos, una mesa larga en un restaurante aún puesta para un banquete.

“Cuando traes personas, también es un sentimiento extraño. La mayor parte del tiempo ellos no entienden el proyecto porque son granjeros, personas de áreas rurales… primero tienes que convencerlos de que vayan, así que primero tienen que confiar en ti y luego puedes tomarles la foto”, le dice Bression a CNN por teléfono desde Tokio.

“Es como una fotografía de estudio. Usamos luces artificiales. Llevamos muchas cosas a su propio lugar. Las reacciones son interesantes. A veces ellos lloran, después se abren y en Japón, es difícil conocer realmente a las personas porque son tímidas e introvertidas”.

‘No sé cómo este lugar fue devastado’

Para los participantes, es igualmente desgarrador e impactante estar cara a cara con los restos en deterioro de algo tan conocido.

“Si no fuera por este proyecto, yo nunca habría visto esta zona prohibida con mis propios ojos”, dice Kanoko Sato, un residente de la ciudad cercana de Koriyama, mientras era fotografiada en un gimnasio en el barrio de Ukedo en Namie, justo al norte del reactor afectado.

“Koriyama está cerca, pero no sabía qué tan devastado estaba este lugar hasta ahora”.

Bression dice que el el proyecto podría haberse enfocado en cualquier crisis donde la gente ha tenido que dejar la seguridad de su propio hogar y la familiaridad de su entorno cotidiano.

“Lo que nosotros realmente queríamos es enfocar la discusión en lo que los habitantes expresan ahora mismo y tendrán que enfrentar en el futuro. El principal problema ahora es que 80.000 personas aún están evacuadas; viven en casas en malas condiciones o en departamentos que no son adecuados para ellos. Algunos quieren regresar. Algunos no. Queremos hablar sobre los problemas sociales que la crisis ha ocasionado, no de la crisis en sí”.

Una mezcla de deseo y miedo

Los desplazados vacilan entre un deseo de regresar y un temor de lo que prevalece, tanto en términos de la energía invisible que aún emite alertas en los contadores Geiger de los funcionarios —aunque la radiación finalmente está regresando a los niveles normales de fondo— y la degradación física de sus hogares y sus medios de subsistencia.

“Año con año, su punto de vista cambia. Yo diría que después del primer año, ellos verdaderamente creyeron en la descontaminación y creyeron que volvería a abrirse más temprano”, dice Bression.

“Quienes son mayores ya no le temen a la radiación, pero el problema ahora es que la ciudad ha permanecido abandonada durante cinco años y ellos han empezado a reconstruir sus vidas en otros lugares. Ellos saben que sus hijos no vendrán a visitarlos si se trasladan de vuelta”.

Para muchos, años después de que sus vidas fueron interrumpidas tan abruptamente, todo lo que queda en las secuelas del peor desastre nuclear de Japón son los recuerdos de la vida que dejaron atrás.

Carlos Ayesta es un fotógrafo radicado en París. Guillaume Bression es un fotógrafo radicado en Tokio.