Nota del Editor: Jorge Gómez Barata es columnista, periodista y exfuncionario del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y exvicepresidente de la Agencia de noticias Prensa Latina. Las opiniones expresadas en este texto corresponden exclusivamente al autor.

La necesidad compulsó a los seres humanos a comunicarse entre sí y a nombrar las cosas, las personas y los sentimientos, lo cual hicieron mediante los sonidos que emitían. Hablar es atribuirles significado y escribir, dibujarlos.

La humanidad, una magnifica combinación de evolución orgánica y progreso cultural, avanzó porque aprendió a registrar su andadura y sus inventos mediante la escritura. Además de realizaciones materiales como pirámides, acueductos, puentes, edificios y otras, la herencia cultural se forma con palabras y números.

Relatar historias forma la maravilla de la conversación, escribir es hacer visible las ideas y leer, un placer indescriptible. Cada generación necesita dejar testimonio escrito de su desempeño y la siguiente, leer lo realizado por la anterior.

El analfabetismo paraliza el ciclo y anula la memoria histórica. La alfabetización es el fundamento del progreso. Ahora bien, cómo hacerlo, cuándo, como ocurre en América Latina, los adultos iletrados suman millones.

Se necesita voluntad política, recursos, y un método viable.

Una pedagoga cubana, Leonela Inés Relys Díaz* (†)  que en su juventud había sido alfabetizadora, se percató de un extraño fenómeno cultural. Muchas personas que no saben leer y escribir conocen los números, saben contar y son capaces de realizar cálculos aritméticos simples. Por ejemplo, manejar dinero, hacer compras, pagar y contar el cambio.

Incluso siendo ágrafas, es decir, sin saber escribir, pueden comprender el significado de los números, e incluso dibujarlos. En América Latina no es extraño que individuos analfabetos desempeñen oficios que, como la carpintería o las ventas al menudeo, requieren conocimientos de pesas y medidas. No son pocas las personas iletradas que poseen pequeños negocios.

La profesora reparó además en que los analfabetos comprenden algo tan abstracto como el tiempo y saben medirlo. Es decir, para ellos, víctimas de la ignorancia, existen las horas, las semanas y los meses. Todos saben contar sus años y nunca se equivocan en los de sus hijos.

A partir de esas y otras observaciones, la maestra elaboró un método de alfabetización para enseñar a personas adultas denominado “Yo, sí puedo”*, cuyo punto de partida está en los conocimientos que “naturalmente” poseen las personas iletradas para inculcarles nuevos saberes.

La esencia del sistema y su primer paso, realizado mediante un soporte visual elemental, consiste en asociar los números conocidos con las letras y los sonidos. El 1 es la A y el 30 la W. Las vocales son: 1, 2, 3, 4 y 5. La M es el 9. Por tanto 9 con 1 equivale a MA, repetido es mamá. ¡Santa palabra!

Con apoyo gubernamental, la maestra formó un equipo y en 2002 creó el método de alfabetizar que se aplica actualmente en varios países, y ha sido acogido por la UNESCO. Con él, han sido alfabetizada ya más de 10 millones de personas.

El procedimiento, además de aprovechar los antecedentes culturales que poseen los adultos, es flexible para adaptarse a los entornos y contextos sociales de quienes aprenden y enseñan, puede utilizar la radio y es óptimo cuando se emplea la televisión o el video. Se aplica en cualquier idioma, en algunos momentos incorpora juegos y se ha creado una aplicación en Braille.

“Saber leer ―reflexionó José Martí― es saber andar, saber escribir es saber ascender…”.

*Leonela Inés Relys Díaz (1947-2015). Alfabetizadora, maestra primaria, doctora en Pedagogía, autora y coautora de más de veinte libros. Falleció en La Habana en 2015.     

Muchas personas que no saben leer y escribir conocen los números, saben contar y son capaces de realizar cálculos aritméticos simples

Jorge Gómez Barata