Preparativos en el estadio Maracaná para la ceremonia inaugural (Crédito: Richard Heathcote/Getty Images)

Nota del editor: Camilo Egaña es el conductor de Encuentro. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor.

Es la hora del vocerío, por tanto muy pocos van a recordar por estos días en Río de Janeiro que todo eso se lo debemos a los griegos; que fueron ellos los que inventaron los Juegos Olímpicos, no para ensalzar la belleza como sostienen los cursis, aunque es cierto que los atletas  competían desnudos, sino para celebrar de otro modo, la fuerza física ( entiéndase la violencia). Sin embargo, durante las Olimpiadas se detenían las guerras.

Los Juegos de Río podrían pasar a la historia como los juegos que estuvieron a punto de no celebrarse.

Menos de veinte jefes de Estado o de gobierno han participado en la recepción que ofreció el presidente interino de Brasil, Michel Temer. Casi un centenar de jefes de estado participaron en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y de los de Pekín 2008.

Las obras se han terminado a trompicones. Que nadie se extrañe si todavía se topa con pintura fresca en las paredes. Y con el mal sabor de que miles de brasileños que creen que la plata invertida en estos juegos debió disponerse para mejorar sus vidas. Y de trasfondo: un tufillo persistente a recelo político. Brasil es un país que apenas cree en sus políticos. Y pensar que los juegos olímpicos, como cualquier otra competencia deportiva siempre ha sido usada por los gobernantes para pavonearse y garantizar la hipnosis colectiva aunque sea por dos semanas como es el caso.

Hagan este ejercicio que no cuesta nada: pasada la euforia y la reverberación del aullido, investiguemos qué pasará con lo que se ha construido para estos juegos y sobre los hombres de quiénes quedara la deuda contraída. Casi siempre ha sido así, pero ni modo, como dicen los mexicanos…

Al margen de quienes se lleven a casa esas  528 medallas en juego,  Río 2016, antes de empezar es lo más parecido a los Juegos de la derrota.

 

Pasada la euforia y la reverberación del aullido, investiguemos qué pasará con lo que se ha construido para estos juegos y sobre los hombres de quiénes quedara la deuda contraída.

Camilo Egaña