(CNN Español) - Tal vez muchos pensaban que el astro argentino Lionel Messi estaba mutando en su fútbol, que se estaba volviendo más frío, calculador, menos explosivo. Pues bien, el domingo volvió a dar muestras de por qué es considerado como un monstruo futbolístico.

La víctima fue el Espanyol, en una edición más del clásico catalán, uno de los más desiguales en el mundo futbolero. En medio de la goleada que le propinaron los blaugranas a sus rivales de ciudad por 4-1 en el Camp Nou, el Picasso argentino dejó dos pinceladas de esas que hacen suspirar incluso al más antifutbolero.

En el minuto 67, dejó prácticamente como estatuas a cuatro jugadores del Espanyol para luego rematar a puerta. El portero Diego López soltó el balón y el uruguayo Luis Suárez decretó el 2-0 parcial.

Apenas un minuto después, el genio rosarino volvió a salir de la lámpara y de nuevo cuatro postes espanyolistas fueron testigos de su magia, pero otra vez la acción no acabó en gol. Fue Jordi Alba quien empujó la pelota al fondo, pero los aplausos bajaron de la grada para el argentino.

Era una sensación parecida a la que tuvo Pelé tras el famoso ‘ocho’ al golero uruguayo Ladislao Mazurkiewicz en el Mundial de México’70.

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La recompensa llegó, pero fue mucho más ‘terrenal’. En el 89, desbordó por derecha, le pasó el balón a Suárez, este se lo devolvió ‘bombeado’ y el argentino, sin piedad de Diego López, lo mandó a guardar. Era el 4-1 y el punto final a una noche de dos ‘casi-goles’ fantásticos.

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