(CNN Español) - Fueron unos cuántos segundos, después de las 13:14 de otro 19 de septiembre. La Ciudad de México de pronto se quedó en silencio, como un respiro contenido.

Pasado el estupor, el miedo y la incertidumbre, un ejército de voluntarios llenaron las calles y comenzaron a distribuirse en los lugares donde pensaron que podrían ser necesarios. Y lo eran.

El terremoto entonces se convirtió en un asunto de todos.

Una señora con una pequeña lámpara roja organizaba el tránsito en un sector de la Avenida Insurgentes, la más larga de la capital, que cruza de norte a sur.

Otros más realizaban cercos humanos para impedir el paso hacia las zonas que podrían resultar peligrosas.

En las colonias Roma y Condesa, dos de las más afectadas, los vecinos se multiplicaron. De pronto tenían en sus manos guantes de carnaza, picos, palas.

Otros en tanto, organizaban improvisados albergues y otros más recolectaban comestibles y agua, nadie sabe bien de dónde porque la mayor parte de las tiendas habían cerrado sus puertas.

También dispusieron de servicios gratuitos de veterinarios, psicólogos, constructoras con equipos, hasta los que ofrecían un teléfono para buscar a familiares.

Así por horas, ayudando a mover piedra por piedra, en la urgencia que impone saber qué hay personas atrapadas y que cada instante cuenta.

Ellos, posponiendo el duelo, porque la ciudad también duele, dejando el corazón en las aceras, levantando el puño cuando los rescatistas pedían silencio, o alertando ante las múltiples fugas de gas que se registraron.

Un terremoto de 7,1 para recordar no solo la fragilidad sino la entereza y las múltiples formas que aquí existen de abrazar profunda y generosamente.