Nota del editor: Karina Vargas es una sobreviviente de la violencia con armas de Aurora, Colorado. Es miembro de Everytown Survivor Network, una comunidad de sobrevivientes por la violencia con armas. Los puntos de vista expresados en esta columna son de la autora.

(CNN) - El sábado, gente de todo el país —jóvenes y viejos, de grandes ciudades y pueblos pequeños, de todas las razas, religiones y credos— se tomarán las calles para decir que hemos tenido suficiente. Como parte de la Marcha por Nuestras Vidas le mostraremos al mundo que los estadounidenses ya no toleraremos la violencia con armas, que ha devastado comunidades y ha arrasado vidas casi a diario.

Dicho esto, no caminaré durante la marcha. En cambio, iré en mi silla de ruedas por las calles de Denver, rodeada por mi familia y amigos, mientras pedimos leyes que protejan nuestras comunidades, en vez de al lobby de armas.

Esta marcha es personal para mí porque hace casi ochos años recibí un disparo en un tiroteo mientras estaba parada afuera de mi escuela secundaria. La bala que permanece alojada en mi espina dorsal me paralizó la mitad inferior del cuerpo.

Karina Vargas, víctima de violencia con armas en Colorado, Estados Unidos.

Tenía 16 años en ese momento y estaba en el penúltimo año la escuela en la secundaria Aurora Central. Había acabado de terminar mi última clase del día y estaba ansiosa por salir de clases para recibir a mi nueva perrita pastor australiano, Barbie, para mostrársela a todos mis amigos. Era tan pequeña que cabía en el bolsillo frontal de mi suéter.

Mientras mis amigos y yo pasábamos el rato jugando con la perrita fuera de nuestra escuela, un auto negro hizo de repente un giro en U directo a nosotros. Cuando nos dispersamos para quitarnos del camino, recuerdo escuchar el disparo… y luego todo se oscureció.

Desperté en el piso, con un zumbido en los oídos, incapaz de mover mi cabeza o mi cuerpo. Solo pude escuchar a mis amigos ir de un lado para el otro, y escuché a alguien gritar mi nombre. Sentí a mi perrita temblar en el bolsillo frontal de mi suéter.

Pero no sentía mis piernas. Mi visión era borrosa. Ahí fue cuando un amigo me levantó, me puso sobre sus hombros y me llevó al hospital. Con intervalos de inconsciencia durante el viaje en auto, estaba aterrorizada. Le susurraba a mi amigo “voy a morir”.

Desperté de nuevo en el cuarto de un hospital, con aparatos alrededor de mi cuello y pecho, un tubo de oxígeno en mi nariz y varias intravenosas en mi brazo. Después, los médicos me dijeron que probablemente nunca podría volver a caminar nunca. No hay un solo momento en el que no desee poder caminar.

En el juicio, los fiscales entendieron que yo simplemente estuve en el lugar equivocado en el momento equivocado. El atacante buscaba dispararle a gente que se cree es de su banda rival, que estaban cerca a donde yo estaba, pero erróneamente me disparó a mí.

Cuento todo esto para decir que aunque ya no sea capaz de pararme físicamente por mis propios medios, estoy levantando mi voz porque este país —y específicamente nuestros legisladores— necesitan entender cómo la violencia con armas afecta a personas jóvenes y a sus familias en comunidades de todo el país.

Muy a menudo vemos titulares sobre eventos trágicos en iglesias, conciertos y escuelas como la mía —como en Charleston, Carolina del Sur; Las Vegas; Parkland, Florida–, o en cualquier lado. Pero eventualmente las cámaras y reporteros se van y los sobrevivientes como yo debemos seguir. Pero nuestra frustración crece particularmente mientras vemos tan poca acción de nuestros legisladores locales, estatales y federales.

Esta vez, creo que la tendencia ha cambiado, gracias en gran parte a estudiantes de todo el país que se rehúsan a tener un no como respuesta. Esos estudiantes están dándole lecciones a los senadores en televisión nacional y haciendo frente al “todopoderoso” y peligroso lobby de armas. Ellos están fortaleciendo la reforma de control de armas y haciendo que los poderosos rindan cuentas.

Este sábado, llevaré un cartel que he estado colgando en la pared de mi cuarto durante seis años. Es un recuerdo de las diversas manifestaciones y audiencias a las que he asistido a lo largo de los años, mientras defendía la prevención de la violencia con armas de fuego en Colorado.

Dice: “Déjennos vivir”.