(CNN) – Tras meses de un silencio inalterable sobre la estrella porno Stormy Daniels, el presidente de EE.UU. Donald Trump finalmente respondió esta semana una pregunta sobre la mujer que sostiene haber mantenido un encuentro sexual con él.

Este fue el intercambio entre el mandatario y algunos periodistas, el jueves, cuando estaban a bordo del avión Air Force One:

Periodista: ¿Sabía usted sobre el pago de 130.000 dólares a Stormy Daniels?
Trump: No.
Periodista: ¿Por qué Michael Cohen lo hizo?
Trump: Tendrían que preguntarle a Michael Cohen. Michael Cohen es mi abogado, tendrían que preguntarle a él.
Periodista: ¿Sabe de dónde obtuvo él el dinero para hacer ese pago?
Trump: No, no lo sé.

En efecto: no es mucho. Pero, si consideras que Trump no había pronunciado una palabra sobre Daniels ni el dinero que Cohen le pagó a cambio de que ella guardara silencio, es un avance significativo en la historia. Ahora quedó el registro de Trump negando que tenía conocimiento acerca del pago. Y eso es un asunto muy importante.

El abogado de Daniels, Michael Avenatti, aprovechó rápidamente los comentarios y publicó en su cuenta de Twitter: “Estamos ansiosos de poner a prueba la veracidad del señor Trump frente a su fingida falta de conocimiento sobre el pago de los 130.000 dólares, según lo declaró en el Air Force One. Como nos lo ha demostrado la historia, una cosa es engañar a la prensa y otra muy distinta hacerlo bajo juramento”.

Y es difícil imaginar que los abogados de Trump estuvieran particularmente complacidos al verlo hundirse en la tormenta de Stormy.

Entonces, ¿por qué lo hizo?

Mi experiencia en la cobertura sobre Trump me dice que la respuesta más simple suele ser la correcta. Y la razón más sencilla es esta: el presidente estaba de buen humor. Se sentía entusiasmado, así que decidió regresar a la cabina principal para hablar con los periodistas durante unos pocos minutos. Es probable que ni siquiera haya pensado en qué tipo de preguntas le harían.

Considera el contexto: Trump venía de pasar más de una hora en un evento en Virginia Occidental, aparentemente diseñado para promocionar la ley de reducción de impuestos. Tras haber visto todo el evento, puedo informar que se trató un idilio total y completo para el presidente: en el estrado había aproximadamente docena de personas con él –desde el gobernador del estado hasta personas normales– y cada uno de ellos lo alabó de aquí a la luna.

El presidente estaba claramente emocionado y permanecía sentado con una gran sonrisa, mientras los otros resaltaban lo que él había hecho por ellos. Cuando habló, la multitud se rió de todos sus chistes y aplaudió masivamente cuando terminó la intervención.

En pocas palabras: Trump estaba rodeado de sus amigos. (Él ganó el estado de Virginia Occidental por 43 puntos en la elección de 2016, uno de sus mayores márgenes en el país). Y amó cada minuto de lo que sucedió.

Entonces, el evento termina. El mandatario regresa al Air Force One. Se siente muy, muy bien, con lo que está pasando. Y, pese a todos sus ataques contra los medios, a él le gusta interactuar con los periodistas: le gusta el vaivén. Así que hacia allá se dirige.

Ahora, cuando surge la pregunta de Stormy Daniels –y se vuelve a poner en la conversación dos veces más– Trump reconsidera su decisión rápidamente.

Pero ya está atrapado. A diferencia de la Oficina Oval o el terreno de la Casa Blanca, fingir que no puedes oír las preguntas que te gritan los medios de comunicación no es realmente una opción en el espacio limitado de un avión.

El resultado: un comentario, aunque breve, sobre Stormy Daniels. Lo que, si conozco algo de Trump, convirtió un buen día para él en uno mucho menos agradable.