Nota del editor: Camilo Egaña es el conductor de Camilo. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor.

(CNN Español) - Las plataformas digitales son como los Beatles: si no existieran habría que inventarlas ya mismo.

Si no fuera por esas trastiendas virtuales llenas de teleseries, películas y programas, los que ya están hartos de la televisión tradicional habrían tirado sus aparatos por la ventana como dicen los mitómanos que Hemingway tiraba su máquina de escribir cuando un adverbio mal nacido se le ponía por delante. Y los cinéfilos se habrían muerto de nostalgia.

Sergio & Serguei, será mi próximo pedido en una de esas plataformas.

Es una película cubanoespañola, dirigida por Ernesto Darana, un cineasta cubano que estudió para maestro y que, a su modo, enseña. Ganador del Premio Internacional de Periodismo Rey de España, Darana es el responsable de una cinta que tiene como eje la odisea de un cosmonauta que fue lanzado al espacio por los comunistas soviéticos y recibido diez meses después por los que ya habían acabado con el comunismo.

Serguei Konstantinovich Krikaliov se quedó a bordo de la estación espacial soviética MIR dando vueltas a allá arriba porque aquí abajo ni había plata ni se sabía qué hacer con un hombre que ya no representaba a un imperio, ni siquiera a un país, mucho menos a una idea.

¿Se imaginan lo solo que tiene que haberse sentido ese Serguei? Peor que el “Solitario George”, la última tortuga macho de su especie que murió de tristeza —digo yo— en Islas Galápagos en 2012. Se apareaba, pero los huevos no eran fértiles. Como no poder verte jamás en los ojos del otro.

¿Fue ese cosmonauta el último héroe soviético o el primer hombre de un nuevo mundo?

Nina llegó de Eslovaquia a los 16 años, tan sola como Serguei el cosmonauta, y hoy vive con Héctor en un Miami que nada tiene que ver con Liptovske Revuce, su pueblo de abedulares, viejitas con pañuelos y chimeneas humeantes.

Nina me contó lo que sucedió en su escuela un día después de que se desmoronara el comunismo en su país. Ella tenía siete años: no había libros de texto que explicaran lo que sucedía, ni paciencia para quitar los cuadros del Gran Líder ni borrar de las paredes las consignas que hedían a mentira.

Ella contaba y yo me imaginaba la alegría con la que la gente vivía aquello. Unos con alegría, otros con recelo mientras Serguei, el cosmonauta, seguía sobrevolando un mundo que tampoco le pertenecía. Como un espectador más, como nos pasa a todos.