Nota del editor: Jill Filipovic es una periodista que trabaja en Nueva York y en Nairobi, Kenia. Es autora del libro "The H-Spot: The Feminist Pursuit of Happiness". La puedes seguir en Twitter. Los comentarios expresados en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

(CNN) – Lava que explota cuando se derrama en el mar. Automóviles devorados por un torrente calcinante. Vapor que se alza como una nube enorme cuando las entrañas de la Tierra se encuentran con el océano.

Hay algo hipnótico en el poder del volcán Kilauea en Hawai, magnífico y malévolo a la vez: un recordatorio de que pese a todo nuestro progreso y nuestra modernidad, la naturaleza tiene poderes inmensos que no podemos dominar. En todo el mundo, pero especialmente en Estados Unidos, la gente está mirando extasiada al volcán.

Este despliegue de furia natural es casi un alivio. Curiosamente, alcanza un punto distinto pero igualmente catártico al de la boda real del pasado fin de semana, otra oportunidad necesaria para alejarnos del caos social y político que inunda nuestras fuentes de noticias.

Cuando Enrique y Meghan se casaron, nos maravilló el despliegue conmovedor y decoroso de amor genuino, de tradiciones afroestadounidenses mezclándose con las costumbres británicas más pesadas: una mujer estadounidense biracial casándose con un príncipe de de la vida real; la promesa de que el progreso sí existe y de que el mundo puede cambiar para bien.

Ciertamente, el Kilauea no es un despliegue de amor. Pero también nos causa admiración. Es un recordatorio necesario de que pese a los increíbles avances de la humanidad, somos muy pequeños, insignificantes y en últimas existimos por capricho de la Madre Naturaleza.

Esto es una especie de bálsamo psíquico. Mientras pasamos nuestros días haciendo clics de los escándalos políticos a las tragedias masivas y de vuelta los escándalos políticos, creando distracciones temporales con cuestionarios en línea y paseando por las redes sociales, el lento y constante avance de la lava tiene algo que nos paraliza.

En nuestro mundo hiperansioso, tratamos de controlar todo lo que nos rodea. Sufrimos si nuestro teléfono anuncia un mensaje que no podemos leer inmediatamente, revisamos cuidadosamente lo que publicamos en Instagram y Facebook para proyectar una imagen #auténtica, cuando en realidad es filtrada y adaptada.

Al mismo tiempo, quienes ponemos atención empezamos a entender que ese control es solo una ilusión, con poderosas empresas tecnológicas que cada vez tienen más control sobre las noticias y la información que consumimos (aunque creamos que estamos eligiendo con nuestros clics) y con una realidad política actual que nos expone lo frágil que puede ser la democracia estadounidense.

La lava que se desliza hacia el océano, destruyendo todo a su paso y emanando gases tóxicos, es catastrófica: una amenaza salvaje que surge de las entrañas de la tierra. Es extrañamente unificadora porque no perdona a nada ni a nadie a su paso. Tiene el control.

A veces pensamos que gran parte de lo que sucede en el mundo se sale de nuestras manos, que depende de Dios o que orar es la respuesta, que lo que va a pasar, pasará, o que todo ocurre por algo. Y esto no suele ser cierto. La verdad es que las políticas moldean nuestra forma de ver el mundo todos los días: todo desde la delincuencia, las adicciones, la movilidad económica hasta la salud física o el medio ambiente.

Para muchos, la ansiedad surge de saber que las cosas podrían ser diferentes. Nos preocupa no tener el control sobre una situación política desastrosa y esperamos que alguien competente esté dirgiendo barco… aunque nos estamos dando cuenta de que no es así.

Como nuestros teléfonos inteligentes y nuestras computadoras moldean gran parte de nuestra vida, desde hace mucho asumimos que la gente y las instituciones que dirigen nuestras conexiones con los demás son figuras benévolas que simplemente nos ofrecen más opciones. Nos estamos dando cuenta de que no es así y de que no entendemos del todo el alcance de lo que nuestra era tecnológica ha traído consigo.

Al Kilauea no le importa.

Nos deja trasladar nuestra atención a una fuerza indiscriminada sobre la que no podemos hacer absolutamente nada, salvo mirar (y cerrar las plantas geotérmicas), maravillarnos con esta poderosa fuerza de la naturaleza que llega de lo más profundo del mundo que compartimos. En este Estados Unidos de la actualidad, es un alivio curiosamente reconfortante.