Nota del editor: Jay Parini, poeta y novelista, enseña en el Middlebury College. Su libro más reciente es "The Way of Jesus: Living a Spiritual and Ethical Life" ("El camino de Jesús: viviendo una vida espiritual y ética"). Las opiniones expresadas en este comentario son suyas.

(CNN) - Todos los ojos del mundo están puestos en Tailandia ahora, mientras observamos a los valientes buceadores que arriesgan sus vidas para llevar a un equipo de niños futbolistas y a su joven entrenador, atrapados en un red de cuevas, a un lugar seguro.

Nuestros corazones están con estos rescatistas, que han demostrado no solo gran coraje sino increíbles habilidades. Es difícil de imaginar la dificultad de este rescate, que se lleva a cabo a gran profundidad en zonas imposiblemente estrechas y dentadas, con poderosas corrientes que empujan a buzos que deben realizar una tarea compleja con visibilidad casi nula en varias partes.

Es inspirador ver este esfuerzo en parte, sospecho, debido a la composición internacional del equipo de rescate, con buceadores británicos, estadounidenses, australianos y japoneses (entre otros) que se unen a buceadores tailandeses. Este esfuerzo conjunto es simbólico y sugiere un mundo donde, al menos por un tiempo, es posible trabajar juntos de una manera constructiva hacia un objetivo común.

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En la cueva tailandesa no hay colores de piel, diferencias religiosas o cuestiones de identidad sexual. Nadie se está envolviendo en una bandera o cuestionando algo. Es uno de esos raros momentos en los que vemos cuánto podemos lograr contra las adversidades cuando las personas trabajan al unísono, desinteresadamente, para algo importante.

Priorizar el bienestar de estos niños, en sí mismo, es admirable. Todos hemos cometido errores y ocasionalmente se necesita un pueblo para compensar esos errores.

Rescatistas de distintas nacionalidades juntan esfuerzos para que el rescate de todos los niños atrapados en las cuevas de Tailandia, y su profesor, sea exitoso.

No creo que nadie, en ningún lado, esté hablando sobre la cantidad de dinero que costará rescatar a una docena de niños y su entrenador. Lo que es interesante para mí es que nadie lo hace. Todos saben que el valor de la vida no se puede medir en dinero.

Y todos están en deuda con Saman Gunan, el buzo tailandés que perdió la vida hace unos días mientras salía del complejo de cuevas de Tham Luang. Su disposición a arriesgar su vida por los niños atrapados y su entrenador fue notable. Mostró coraje en su forma más pura.

No me sorprende que innumerables personas de todo el mundo estén clavadas en sus pantallas, esperando que los chicos salgan uno a uno, ansiosos por saber que los buceadores también están bien y que el entrenador también es rescatado con buena salud.

Aquí hay un gran drama, por supuesto: los rescates subterráneos siempre llaman nuestra atención.

Recuerdo estar pegado al televisor durante el desastre de la mina chilena de 2010, cuando 33 mineros fueron rescatados bajo lo que en ese momento parecían circunstancias imposibles. Estuvieron atrapados bajo tierra y en gran peligro durante 69 días, y el mundo (aproximadamente mil millones de personas) observó el rescate.

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El hecho de que todo el planeta esté mirando y orando por estos niños en Tailandia es parte del drama. Todos saben que cada uno de estos niños, y su entrenador, es importante para sus familias.

Tengo tres hijos y solo puedo imaginar el miedo en los hogares mientras los padres y otros miembros de la familia esperan noticias. El dolor de la separación entre padres e hijos es intolerable, y algo que apreciarán todas las personas con una pizca de humanidad en sus corazones.

Esperemos que este esfuerzo internacional para rescatar a una docena de niños y su entrenador en una cueva remota en Tailandia nos levante el espíritu a todos, trayéndonos de vuelta a la luz donde podamos estar juntos y agradecidos por aquellos que nos enseñan a que nos importe algo tanto.