Donald Trump, en una inusual fotografía tomada en la Casa Blanca esta semana. (Crédito: Mark Wilson/Getty Images)

Nota del editor: Pedro Brieger es un periodista y sociólogo argentino, autor de más de siete libros y colaborador en publicaciones sobre temas internacionales. Actualmente se desempeña como director de NODAL, un portal dedicado exclusivamente a las noticias de América Latina y el Caribe. Colaboró con diferentes medios nacionales como Clarín, El Cronista, La Nación, Página/12, Perfil y para revistas como Noticias, Somos, Le Monde Diplomatique y Panorama. A lo largo de su trayectoria Brieger ganó importantes premios por su labor informativa en la radio y televisión argentina.

(CNN Español) - La posición de liderazgo de EE.UU. como primera potencia mundial es fruto de su capacidad económica, militar y política desarrollada durante décadas; pero también de los atributos de quien ocupe el salón oval de la Casa Blanca. El factor político necesita de la figura de un presidente con capacidad para lograr el respeto internacional en primer lugar, de aquellos socios con afinidad ideológica y la voluntad de ser liderados por EE.UU. Esto fue así durante los años de la llamada Guerra Fría con la Unión Soviética, liderando el autodenominado “mundo libre”. Y lo sigue siendo hoy, casi treinta años después de la caída del Muro de Berlín, en un mundo de reacomodamientos múltiples por el fortalecimiento de Rusia y China como actores globales.

Pero la llegada de Donald Trump trastocó los papeles. Sus declaraciones altisonantes, erráticas y contradictorias provocan asombro, cuando no estupor y rechazo incluso en sus aliados naturales de Europa occidental como Alemania, Francia y Reino Unido. No en vano el calificativo “foe” que utilizó respecto de Europa, justo antes de la reunión con el presidente ruso Vladimir Putin, fue traducido como “enemigo”, cuando bien podría haberse utilizado correctamente “adversario”, “rival” o “antagonista”. Pero viniendo de Trump todo se resignifica, y por lo general, de la peor manera. Un día destroza a la OTAN (Organización para el Tratado del Atlántico Norte) y al día siguiente revaloriza su importancia militar. Puede afirmar muy suelto de cuerpo que Alemania es rehén de los rusos por comprar su gas y agregar fuertes críticas a los rusos, para elogiarlos a todos horas después. Lo mismo con Corea del Norte, país al que amenaza con borrar de la faz de la tierra para luego hablar de su amistad con el líder norcoreano.

La cumbre con Putin en Helsinki el 16 de julio se realizó en el marco del cuestionamiento del liderazgo de EE.UU. por su política comercial que —en un mundo tan interrelacionado— desconcierta y afecta a todos. Y estos cuestionamientos no provienen de países pequeños y periféricos con retórica “antiimperialista”, sino de los principales actores económicos y políticos del mundo, como Alemania, Japón y China.

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Finalizada la cumbre Trump-Putin, el oficialista portal chino “Pueblo en Línea” calificaba a E.UU. de “quebrantador de las reglas de la comunidad internacional” que “pone a la economía mundial a merced del desorden”, permitiéndose incluso el lujo de dictar lecciones sobre el significado del “libre mercado” al país adalid del libre mercado, diciendo que era “aislacionista y populista”. Ver para creer.

En la misma semana de la cumbre, Japón y la Unión Europea firmaron un acuerdo para una zona de libre comercio que representa más del 30% del comercio mundial en términos de valores de producto interno bruto y cuyo principal objetivo es contrarrestar el proteccionismo que impulsa Donald Trump y dejar de depender del mercado estadounidense.

Vladimir Putin se sintió en su salsa en la cumbre con el presentador de televisión devenido presidente. Tanto en Rusia como en EE.UU. hubo un reconocimiento de que Rusia fue la mayor beneficiada de la reunión, aunque todavía no consiguió que Washington levantara las sanciones que pesan sobre Moscú por su intervención en la península de Crimea y Ucrania.

Antes de la cumbre Trump había afirmado que la relación entre ambos países nunca había sido tan mala, para luego asegurar que todo había cambiado gracias a su persona, aunque, a muchos europeos no los sedujo una puesta en escena donde Rusia apareció otra vez como una gran superpotencia, a la par de EE.UU.

Algunos, piensan que simplemente hay que tomarse un tiempo y esperar que Trump deje la presidencia para luego volver a la “normalidad”. La pregunta es cómo quedará el liderazgo de EE.UU. una vez que se vaya a su casa después de cuatro u ocho años...

Sus declaraciones altisonantes, erráticas y contradictorias provocan asombro, cuando no estupor y rechazo incluso en sus aliados naturales de Europa occidental como Alemania, Francia y Reino Unido".

Pedro Brieger