Nota del Editor: Pedro Brieger es un periodista y sociólogo argentino, autor de más de siete libros y colaborador en publicaciones sobre temas internacionales. Actualmente se desempeña como director de NODAL, un portal dedicado exclusivamente a las noticias de América Latina y el Caribe. Colaboró con diferentes medios argentinos como Clarín, El Cronista, La Nación, Página/12, Perfil y para revistas como Noticias, Somos, Le Monde Diplomatique y Panorama. A lo largo de su trayectoria Brieger ganó importantes premios por su labor informativa en la radio y televisión de Argentina. Los comentarios expresados en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN Español) - El domingo 22 de julio, Jair Bolsonaro lanzó oficialmente su candidatura a la presidencia de Brasil.

Lo hace en un contexto de profunda crisis política y moral, el expresidente Lula da Silva preso, al igual que varios exdiputados, y un presidente como Michel Temer que no fue electo al cargo por el voto popular y tiene un muy bajo índice de aprobación. Bolsonaro emerge y se presenta como si fuera el único honesto entre un aparente mar de corruptos de izquierda a derecha.

La situación de casi anomia que vive Brasil a pocas semanas de las elecciones del 7 de octubre es llamativa. El actual presidente pensó que podría presentar su candidatura y utilizar el aparato del Estado para mostrar obras y triunfar; pero tuvo que aceptar que su escasa popularidad representaba un escollo insalvable y declinó presentarse. Lula sigue preso y todavía no se sabe si el Tribunal Supremo Electoral avalará su candidatura, si su partido le dará los votos a otro candidato o si llamará a boicotear las elecciones si le impiden participar.

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Varios partidos de centro y de derecha están postulando a Gerardo Alckmin, exgobernador de Sao Paulo, pero nada garantiza que su figura pueda crecer en el poco tiempo que queda.

El candidato electoral de Brasil Jair Bolsonaro en una imagen de 2017. (Crédito: APU GOMES/AFP/Getty Images)

El candidato electoral de Brasil Jair Bolsonaro en una imagen de 2017. (Crédito: APU GOMES/AFP/Getty Images)

En este contexto, el disruptivo Bolsonaro parte con ventaja. La mayoría de las encuestas le da una intención de voto cercana al 15%, una cifra nada despreciable. Este excapitán del ejército y diputado desde 1990 es de los pocos políticos brasileños que abiertamente reivindica la dictadura militar de los años sesenta y setenta del siglo pasado.

Desconocido para el gran público dentro y fuera de Brasil, muchos lo descubrieron durante la votación del juicio político contra la presidenta Dilma Rousseff, cuando la destituyeron. Ese día de agosto de 2016 justificó el voto “contra el comunismo” y por la memoria de un coronel que participó en la represión y torturó en persona a Dilma Rousseff durante la dictadura, en un claro mensaje ofensivo hacia ella, que estuvo presa tres años, y a todos los defensores de los derechos humanos.

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Bolsonaro no sólo reivindica la dictadura sino que propone dotar de armas a los civiles y le gusta provocar, por eso sus expresiones racistas y misóginas tienen tanto efecto. Es lo que hizo en un acto de campaña con una niña en brazos simulando con sus dedos que ella tenía un arma de fuego en sus manos disparando contra delincuentes. A sus seguidores les encantó. Y a varios sectores empresariales que comienzan a apoyarlo no parecen disgustarles demasiado sus declaraciones altisonantes.

El voto a Bolsonaro puede ser un voto de frustración y desencanto con el sistema político. Presentarse como “antisistema” parece redituarle porque dice encarnar la ética perdida de Brasil. Mientras sus seguidores ya dicen que es un “mito”, algunos de sus detractores aseguran que es un fascista más “primitivo” que Donald Trump.

En el contexto de descomposición política del Brasil nadie puede decir que no cumplirá su sueño. Todo es posible.

Mientras sus seguidores ya dicen que es un “mito”, algunos de sus detractores aseguran que es un fascista más “primitivo” que Donald Trump

Pedro Brieger