Nota del editor: Alice Driver es una periodista y traductora independiente cuyo trabajo se centra en la inmigración, los derechos humanos y la igualdad de género. Actualmente se encuentra en Ciudad de México. Driver es la autora de "More or less dead: Feminicide, Haunting y Ethics of Representation in Mexico". Los comentarios expresados en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

(CNN) –– Imagínate que eres un niño que está lejos de casa. Sin ningún aviso, agentes federales te despiertan en medio de la noche, te ponen en un autobús y te envían por todo Estados Unidos a vivir en un centro de detención del gobierno compuesto por tiendas de campañas, construido en un desierto baldío donde las temperaturas en el verano rondan los 37 grados centígrados.

No te proporcionarán escolarización, ningún tipo de clases o libros. Pasarás los próximos meses junto a miles de otros niños, preguntándote si algún día podrás recuperar tu niñez.

Has escapado de una violencia inimaginable, has cruzado países enteros solo, únicamente para descubrir que tu derecho a solicitar un asilo exige que primero sobrevivas a un campamento que se asemeja más a un lugar para recibir a prisioneros que a niños.

Según el diario The New York Times, esta es la realidad que viven alrededor de 13.000 niños inmigrantes que están recluidos en centros de detención a lo largo del país. La agresividad de las políticas del gobierno de Trump hacia los niños inmigrantes ha creado un nuevo término –refugios para la edad temprana–, lenguaje que irónicamente ofusca la realidad acerca del negocio de retener a niños en refugios administrados por las mismas compañías privadas que operan las prisiones. Un negocio que les reporta de miles de millones de dólares.

A medida que el gobierno de Trump acelera la construcción de campamentos, queda claro que el gran negocio de los centros de detención para niños migrantes continuará creciendo y que hay pocas garantías para la salud y bienestar de esos menores.

Lo que torna esto particularmente pernicioso es que los niños protagonistas de esta historia huyen de situaciones de una gravedad inimaginable. "Me vestí como un hombre", me dijo Milexi, de 16 años. Ella huyó de Honduras, atravesó sola Guatemala y México y subió y bajó de trenes en su ruta hacia la frontera entre EE.UU, y México. Milexi tomó la difícil decisión de escapar de su realidad: ser violada desde que tenía 7 años y amenazada por numerosas pandillas.

Ella es menuda, pero decidida y me dice que es muy buena con los mapas y direcciones. En agosto, cuando hablé con Milexi en Reinosa, México, ella planeaba entrar a EE.UU. y solicitar asilo. Ha sobrevivido a muchas cosas, pero aun así temí que pudiera sufrir con las políticas actuales de inmigración del gobierno de Trump.

En Tornillo, Texas, donde está uno de los mayores campamentos de detención, los niños viven en un espacio cercado por una valla de tela metálica coronada con alambre de púas. El centro de detención del gobierno compuesto por tiendas de campañas, que reúne a tantos niños sin ofrecerles ninguna estructura, pudiera convertirse en una escena de El señor de las moscas. Para poner esta situación en contexto, Tornillo fue concebido para albergar 450 menores, pero ahora el gobierno planea tener allí hasta 3.800 menores.

Esperaba poder visitar el campamento cuando estaba reportando desde la frontera en junio, pero a los representantes de la prensa no se les ha permitido recorrer el campamento. The New York Times informó que el acceso a la asistencia jurídica en Tornillo es limitado.

Molly Crabapple ha reportado exhaustivamente cómo el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) ha intentado impedirles a los periodistas informar sobre los inmigrantes detenidos. Y muchos funcionarios de esos centros de detenciones para menores han sido acusados de abusos sexuales, de manera que podemos imaginarnos los horrores que ocurren allí a diario sin el control y el equilibrio que garantiza una prensa libre en estas situaciones. El ICE ha negado las acusaciones de abusos e incluso un funcionario del gobierno de Trump llegó a decir que estos campamentos se asemejan más a los campamentos de verano.

Si se me permitiera entrevistar a los niños en Tornillo, descubriría qué significa esa aseveración, porque nosotros como ciudadanos estadounidenses necesitamos conocer cómo están siendo vulnerados los derechos de esos niños y cuáles son las implicaciones para los registros de esta administración en materia de derechos humanos.

Cuando pienso en estos menores, pienso en los tantos niños inmigrantes, como Milexi, que he entrevistado como periodista. Algunos con tan solo 8 años han viajado solos desde El Salvador, Honduras, Guatemala y México hacia EE.UU.

También pienso en Alexis, de 15 años, de Puebla, México. Viajó a EE.UU. para reunirse con su papá en agosto. Cruzó la frontera desde Reynosa hasta McAllen, Texas, donde fue detenido por la Patrulla Fronteriza y deportado a Reynosa. Cuando lo entrevisté en agosto, vivía en un refugio para menores migrantes en Reynosa.

¿Quién pudiera culpar a un niño de querer reunirse con sus padres? Desconozco un marco de derechos humanos donde el castigo para esos transgresores sea enviar a los niños a vivir en un campamento en el desierto rodeado por una cerca de alambre de púas, o incluso vivir transitando por la frontera entre EE.UU. y México. Pero, si vamos a detener niños, debemos hacerlo con humanidad y proporcionarles pleno apoyo jurídico.

Como Trump y sus simpatizantes han señalado, el gobierno de Barack Obama también albergó algunos niños en campamentos. La diferencia está en que Obama lo hizo temporalmente en el apogeo de la crisis de menores inmigrantes no acompañados, en 2014, mientras que Trump lo ha convertido en una práctica habitual. El incremento constante de la cantidad de niños detenidos aumentó de 2.400 a 13.00 durante el último año, duplicando el tiempo que los menores pasan en reclusión y creando condiciones similares a las carcelarias, en lugar de ubicar a los niños en hogares de adopción o con familiares.

Un vocero del Departamento de Salud y Servicios Humanos le dijo a The New York Times que el incremento en detenciones de menores es "un síntoma de un problema más grave, un sistema de inmigración que no funciona" y que es por ello que el organismo se suma a la petición del presidente Donald Trump al Congreso fr reformar cuanto antes el sistema.

Mientras tanto, sin embargo, deberíamos hacer una nueva prueba: ¿Enviaría el presidente Donald Trump a sus nietos a vivir en Tornillo? Si no, EE.UU. no debería enviar a los niños a vivir en condiciones tan inhóspitas.

Mucho de lo que ocurre en la vida de estos niños migrantes es determinado por fuerzas que escapan a su control; su pecado original es haber nacido en un lugar donde la violencia los obligó a huir. Lo irónico es que niños como Milexi tienen los recursos, la inteligencia y la fortaleza para recorrer solos Centroamérica, pero pueden ser maltratados por el actual sistema de migración de EE.UU.

Si EE.UU. continúa tratando a los niños como prisioneros, la cuestión no es si morirán bajo estas condiciones, sino cuando empezarán a hacerlo.